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Hágase
mi voluntad
(a pesar de todos)
Diego Heller
Camilo José Cela, María Félix, Rafael Alberti
y Marguerite Duras, entre otros, decidieron desheredar a su familia.
Crónica de las disputas legales que surgieron al conocerse sus testamentos.
"Tenemos que hablar. Está
el testamento". Agobiada por los sedantes y haciendo un generoso
aporte a este valle de lágrimas, Marina Castaño le
dirigió la palabra al Camilo José Cela que seguía
en este mundo. El otro, el último prohombre de la literatura
española, llevaba un día en ese limbo del que nada
sabemos, de alias Más Allá. Cela hijo andaba ceñudo.
Minutos antes, al ver que no tenía un asiento reservado en
la primera fila del funeral, había puesto el grito en el
mismo cielo al que estaba habituándose su padre. Un último
incordio para cerrar una crónica de desavenencias, el clásico
español "Cela vs Cela".
"Se dice que dejó ocho millones de euros", cuchicheaba
un comedido. "Los Cela peleaban más que la familia de
Pascual Duarte, y eso es mucho decir", acotaba otro. "No
sé qué voy a hacer cuando me acueste y no esté
a mi lado", sollozaba Castaño, la viuda doliente. "¿Sabes
cómo le dicen? Marina Mercante", reía el chistoso
de rigor. En la cacofonía postoración fúnebre,
el 17 de enero pasado, se prenunciaban futuros conflictos entre
la viuda -una periodista 57 años menor que su difunto esposo-
y el hijo nada pródigo del Nobel de Literatura.
Estaba
el testamento, decía Castaño, y estuvo. Para delicia
de los chismosos, las últimas disposiciones del autor de
La colmena hicieron arder Troya. A Cela junior -que en 1995
había sido denunciado por su padre por su "ingratitud
manifiesta"- no le tocó ni un duro. Todo el patrimonio
del escritor iría a parar a la Fundación Cela, presidida
por Castaño. Sangrando por la herida -y molesto porque su
padre sólo le legó un cuadro de Joan Miró que
ya le había regalado en vida-, el hijo vociferó su
enfado. "Mi padre murió convencido de que yo era idiota",
protestó, mientras escribía contrarreloj un libro
que se llamó Mi padre pero que bien podría haberse
titulado Contra esa arpía. El pleito entre la viuda y el
vástago profesor de Filosofía está lejos de
ser un caso cerrado. El Miró adorna una pared en una estación
de esquí italiana -"Lo vendí porque me hacía
mal verlo; me recordaba el divorcio de mis padres"- y Cela
hijo se va desmarañando en los vericuetos del derecho hereditario.
"Pelearé por los derechos de mi hija de 13 años",
dice. La nena se llama -¿cómo si no?- Camila.
Mi hijo, el secretario
Como para hacer más fáciles las necrológicas,
María Félix comprobó si era cierto lo del llavero
de San Pedro el mismo día en que cumplía 88 años,
el 8 de abril pasado, una jornada tórrida para el DF mexicano.
Al conocer cómo había dispuesto su legado, los parientes
de La Doña le dijeron de todo menos "María bonita".
¿Quién era ese tal Luis Martínez de Anda, de
28 años? ¿Qué había hecho para merecer
las cuatro casas de la diva y, de ñapa, la mitad del dinero
que ella tenía en el banco? "Era su única compañía
desde hace diez años, y lo quería como a un hijo",
explicó Ernesto Alonso, actor y amigo personal de la actriz.
Enrique
Alvarez, el único hijo de la protagonista de Doña
Bárbara, no podría haber recibido un centavo por
una simple razón: su cuerpo descansa en el panteón
familiar desde 1996. El que, despechado, sí se animó
a todo fue Benjamín, el hermano menor de la Félix.
"En los últimos años no fue posible que la viera",
quiso explicar lo inexplicable, cuando le criticaron por haber obligado
a exhumar el cuerpo de su hermana para someterlo a análisis.
Benjamín sospechaba que alguien -¿Luisito?- había
envenenado a La Doña. Pero el veredicto fue terminante: la
causa de la muerte había sido un infarto de miocardio.
"¿Y la otra mitad del dinero?", se dirán.
Fue legada a Antoine Tazapoff, el pintor francés que fue
la última pareja de la diva. El hombre cobró. Y dejó
descansar en paz a su gran amor.
Un año
de cambios
Cuando ya hacía rato que había pasado el listón
de los ochenta, a Jorge Luis Borges dejó de afligirle la
idea de llegar al siglo de vida. En diciembre de 1985, con el diagnóstico
de un tumor abdominal en la valija y María Kodama de la mano,
el eterno postergado al Nobel de Literatura voló rumbo a
Suiza. Sería su último viaje. El y Kodama -su amiga,
su lazarillo, su compañera inseparable- se alojaron en cuartos
contiguos del hotel L'Arbalete, en Ginebra. En mayo de 1986, para
sorpresa de propios y extraños, se supo que el escritor de
86 años y María -49 abriles- habían dado el
"sí, quiero" lejos del país de los cantones.
Se habían casado mediante un poder en el Registro Civil de
Colonia Rojas Silva, un caserío perdido en el chaco paraguayo.
Durante ese último y ajetreado año, no sólo
de estado civil cambió Borges. Meses antes de partir rumbo
a Suiza, habría rectificado su testamento. El 22 de noviembre
de 1985, y frente a un circunspecto escribano, el escritor habría
anulado la que hasta entonces era su última voluntad. El
primer documento, fechado en 1979, habría estipulado que
el cincuenta por ciento de los bienes sería legado a Epifanía
Uveda de Robledo, su empleada doméstica. Según el
segundo testamento -el único válido-, María
Kodama sería la heredera universal de Borges y a Fanny le
correspondería una donación menor. El 14 de junio
de 1986, una parcela del cementerio ginebrino de Plainpalais recibió
los restos del escritor. Desde entonces, muchas voces -algunas,
de familiares de "Georgie"- se alzaron para discutir cuán
justo era que Kodama lo heredara. Pero era demasiado tarde para
lágrimas.
El recetario de
la discordia
"No tiene dignidad. Lo pongo de patitas en la calle y vuelve.
Si se queda por dinero, se lo advierto, Yann, no tendrá nada,
nada en absoluto". Marguerite Duras se había resistido
durante años al acoso de Yann Andréa, un aprendiz
de escritor al que le llevaba 49 años. Hasta que una noche
de 1980 se encontraron en un bar de París y él se
transformó en la sombra de la autora de El amante.
El era homosexual, y su secretario todoterreno; ella, su pasional
enemiga íntima. Vivieron juntos 16 años, para espanto
de Jean, el único hijo de la escritora.
El 3 de marzo de 1996 Marguerite dio el suspiro final y Andréa
ya no tuvo al objeto de su sumisión. Sobre la mesa, una nota
manuscrita daba cuenta de sus últimos deseos. Decía
el testamento: "Instituyo como heredero universal a mi hijo
Jean Mascolo y, como ejecutor literario, al señor Yann Andréa,
a quien le corresponderá el 10% de mis derechos de autor".
Todo fue bien hasta que, en 1999 y valiéndose de ese título
de ejecutor literario, Andréa editó La cocina de
Marguerite, un libro que a Mascolo le provocó urticaria.
"Mi madre jamás hubiera editado un recetario",
gritó frente al juez. "El es el hijo de Marguerite Donnadieu
-el verdadero nombre de la escritora-; no el heredero de Marguerite
Duras", se defendió Andréa. "Este sujeto
inventó 17 páginas de Eso es todo, la novela
póstuma de mamá", contraatacó Mascolo.
El magistrado, salomónico, prohibió la reedición
del libro de recetas, pero le permitió a Andréa cobrar
su porcentaje por derechos de autor. Desde entonces, los hijos de
Duras -el natural y el postizo- no se pueden ni ver.
Los
antiguos testamentos
"Nadie aprecia que Rafael tuvo la suerte de encontrar una mujer
mucho más joven, capaz de amarlo y cuidarlo hasta el final.
Prefieren alimentar la versión machista de la aprovechada".
María Asunción Mateo, la viuda de Rafael Alberti,
está harta de ser víctima de los maledicentes. Sobre
todo, no soporta más a Aitana, la hija del poeta granadino,
que la acusa de haber manejado a su padre como a un títere.
Sucede que, desde que se casó con Mateo, a los 87 años,
el poeta español pareció empeñado en batir
el récord mundial de testamentos. Entre el 9 de mayo de 1991
y el 10 de diciembre de 1996, firmó diez: dos de ellos, con
sólo 24 horas de diferencia. En el último, aunque
el escribano que dio fe deslizó que "el poeta firmó
sin leer", Alberti le dejó todos sus bienes -"mis
casas y su contenido"- y la totalidad de los derechos de autor
de su obra a Mateo y los hijos de ésta, Marta y David.
"A su edad, firmaba lo que le ponían delante",
gritó a quien quisiera oírla una indignada Aitana
apenas supo que sólo recibiría algunos cuadros y cartas
de su padre, fallecido en 1999, a los 96 años. "Todo
eso ya me lo había regalado estando vivo", dijo en Tribunales.
La disputa recién empieza.
Lo tuyo es mío
Giorgio Bassani escribió una novela espléndida, El
jardín de los Finzi-Contini, pero suele ser más
recordado con dos apelativos: "El editor de El Gatopardo"
y "el pobre tipo que cayó en las redes de Portia Prebys".
Prebys es una estudiante estadounidense que enamoró al escritor
en 1987, y mantuvo una guerra legal con la ex de Bassani, Valeria
Senigallia.
Para 1993, cuando se hizo patente que el ex editor sufría
de Alzheimer, Senigallia -en nombre de sus hijos con Bassani, Enrico
y Paola- llevó por primera vez a Portia a los estrados. Con
diversos cargos leguleyos, la acusaba de querer quedarse con el
dinero de alguien incapaz de "querer a alguien o decidir algo".
Entre apelaciones y fallos, pasó el tiempo. En 1996, la ex
venció en la primera batalla: el juez puso un tutor para
que autorizara "cada gasto" de Bassani. Un año
más tarde, Senigallia e hijos ganaron la guerra. En julio
de 1997, frente al juez, el escritor modificó su testamento
y le legó todo a sus dos hijos.
Prebys parecía haber aceptado la derrota con dignidad, y
cuidó de su marido hasta el final. El 13 de abril de 2000,
la Parca visitó a Bassani; su viuda, llorosa y con pinta
de sufrir una pena mortal, hizo mutis por el foro. Meses más
tarde, la policía romana allanó una habitación
de hotel que estaba a nombre de la viuda desheredada. Los peritos
calculan que las obras de arte y manuscritos inéditos que
hallaron valen unos diez millones de dólares. Prebys, dijo
el fiscal, "creía haber tomado lo que le correspondía".
Clarín
Ver también en Encuentros:
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- Casablanca cumple 60
años
- ...Y a usted, ¿su
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"Se acabó la noche para mí"
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