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Un boxeador astuto
y con pegada

Joaquín Sabina es un artista cuya ficción consiste en hacer suponer que las canciones hablan de él. La primera persona lo ha llevado, entonces, a tomar cocaína sobre la foto de boda de su amante (Peor para el sol); a conocer a una mujer por la calle, llevarla a la cama y comprobar a la mañana siguiente que le ha robado "el ordenador" y "el corazón" (Medias negras); a quedar congelado en la madrugada en un bar de Madrid, Buenos Aires, La Habana o México DF. Las canciones de Sabina quieren ser una prolongación de su supuesta vida cotidiana. Sabina no sólo asume el riesgo de pasar del estereotipo a la caricatura, sino que además redobla la apuesta y profundiza la relación (y la confusión) entre ficción y realidad. Así, Sabina construye un personaje encantador: mujeriego, perdedor empedernido, melancólico profesional, borrachín, nómada, astuto, cultor del sexo, droga & rock and roll, con un poco de izquierda anarquista mezclada con la picaresca andaluza.
Ahora que tuvo que dejar la droga y parar con el whisky y el tabaco, gran parte de su estética podría quedarse sin sustento. "Si quieres ser Matusalén, vigila tu colesterol" cantaba en Pastilla para no soñar. Las nuevas canciones girarán alrededor de otras ironías: la misma frase de Matusalén y el colesterol, podría figurar en un disco futuro pero con la astuta resignificación del caso. Otra virtud del español es saber reírse de sí mismo.
Sabina solía decir que le interesa más contar la vida que la vida misma. Muchos de los cuentos que cuenta tienen una redondez implacable. Sabina es un artesano minucioso en el manejo de la palabra, un cronista nato e incontinente que va de anécdotas y fechorías amorosas a la derrota de un equipo de fútbol, pasando por la angustia existencial ante el paso del tiempo. Es ingenioso y hábil con la rima, y tiene enorme facilidad para la canción y el impacto.
Estas características las revalida en su nuevo disco, Dímelo en la calle. La mayoría de las canciones fueron compuestas antes de ser internado en agosto de 2001: no hay, entonces, mayores apelaciones a su nueva vida. Ya vendrán.
Sin hits furibundos, con algunas buenas canciones y cierta insistencia en la alternancia de ritmos calcados de otros discos (rumba flamenca + rock and roll + tanguito para Argentina + ranchera para México + salsita para Cuba + canción a lo Dylan), Sabina sigue de bares (El café de Nicanor), musicaliza un poema del subcomandante Marcos (Como un dolor de muelas), continúa siendo abandonado (Camas vacías y su frase final: Como pago al contado nunca me falta un beso / siempre que me confieso me doy la absolución / ya no cierro los bares ni hago tantos excesos / Cada vez son más tristes las canciones de amor), elige palabras baratas para titular algunos temas (69 punto G y Ya eyaculé) y enumera a lo largo de las 14 canciones a sus dioses paganos: Don Quijote, Torrente, Sherlock Holmes, Annie Hall, la Gioconda, Cantinflas, Bola de Nieve, Los tres mosqueteros, Charly García, Fito Páez, Jacques Brel, Ana Belén, Víctor Manuel...
El arte de tapa de Dímelo en la calle (algo así como Te espero en la esquina) no evita el símbolo obvio: se le ve como boxeador, con un corte en la cara pero sonriente y listo para dar pelea. En la contratapa la cicatriz está en un plano más cercano. Un cartelito dice: Lo peor ha pasado.
Nada ha cambiado: Joaquín Sabina continúa escribiendo supuestamente sobre sí mismo: la canción como embeleco y detalle de su suerte y destino. Igual, siempre la verdad se cuela. Todo parece indicar que Sabina va a morir en la suya. Y peleando.

Mariano del Mazo

Joaquín Sabina
"Se acabó la noche para mí"

Juan Carlos Algañaraz
Hace un año estuvo internado por un problema de irrigación en el cerebro. Ahora vuelve. Dice que dejó la cocaína, que casi no fuma ni toma whisky y cuenta cómo es su nueva vida.

En su vasto piso de Madrid, con paredes cubiertas de angelotes, cuadros, arte latinoamericano y agobiadas por filas interminables de libros, Joaquín Sabina aparece hecho un muchacho, descansado y lleno de energía. El noctámbulo empedernido, el bohemio total, ahora hace buena letra. Por otra parte, acaba de sacar un libro que reúne todas sus canciones y se ha convertido en un best-seller apenas llegó a los estantes de las librerías. Está en un momento de éxito como escritor, poeta y cantante. Además del libro de sus canciones y el de sus sonetos, ahora sale su nuevo disco, Dímelo en la calle.
"Estoy, como siempre, hiperactivo pero no en los bares sino en mi casa. Hago las mismas cosas que antes, pero más. No pierdo gloriosamente la noche hasta la madrugada hablando con un tipo que no tiene el menor interés, pero con el que te ríes mucho. ¡Esos fantasmas de bar, poetas malditos! Ahora selecciono más a mis amigos. Me sigo acostando a las seis de la mañana, pero paso la noche en casa. El resultado es que produzco mucho más. Cuando he estado enfermo he hecho un libro y dos discos, cosa que no había realizado jamás en mi vida", explica.
Cada vez que habla de su salud, de lo bien que está, se pronuncia la palabra sagrada con la que los artistas, sobre todo en Francia e Italia, se desean suerte: "¡merde, merde, merde!". Sabina se muere de risa y acompaña el rito, varias veces. Su cara se ensombrece cuando habla del "susto" que se llevó en agosto de 2001, cuando se le vinieron encima todos los "maltratos" a sí mismo. "Me desperté y tenía paralizados el brazo y la pierna derecha. Duró dos días. No dolía; pero las órdenes no llegaban al brazo y la pierna. Me angustié mucho. En una semana estaba como ahora, pero me queda una especie de miedo de vértigo.
¿Qué hiciste?
"Frené. Me asusté tanto que me encerré en casa, con la página en blanco, el micro en un estudio que tengo aquí, y me puse a trabajar. Durante los veinte años anteriores siempre me acusaba, soy muy judeo cristiano, de perder mucho tiempo, de no dedicarme a trabajar más. Ahora he podido sacar los sonetos, canciones, discos".
El libro y disco con sus sonetos, Cien volando de catorce, ya va por la cuarta edición. "Frenar para no vivir tan aprisa, no beber tan aprisa"... Pero, ¿qué es la poesía de Sabina, sus canciones, sin esa vida?
"A veces tengo la sensación de que iba de prostitutas y me tiraba la noche en los bares sólo para poder contarlo, como dice García Márquez. Los poetas y los cantantes que yo admiraba eran de la vieja bohemia de Baudelaire, Rimbaud, César Vallejo, el Polaco Goyeneche y Enrique Santos Discépolo, entre tantos otros. Vivieron y escribieron en los bares. El niño romántico de provincias que yo fui quería ser ese tipo de artista: bohemio, noctámbulo, canalla. Lo conseguí, pero ahora estoy retirado".
Pero la viviste...
"Sí, tienes razon. Viví la vida. Ahora apuesto por la vida y por asumir la edad, que es lo más fregado. Ahora me estoy fumando un cigarrito que prometí no volver a encender. Estuve ocho meses sin fumar y me controlo. Y también me tomo un whiskicito. Lo más importante: me he quitado radicalmente la coca, que llevaba veinte años tomando. Supongo que los dioses me darán un margen por haber sido bueno. Ahora disfruto de cosas más sosegadas, con amigos más razonables. Se acabó la noche para mí, eso de andar de bar en bar sin saber dónde y con quién iba a dormir y cómo me iba a despertar".
Esta nueva vida ¿cambia tu poesía?
"Ahora no, pero sospecho que a mediano plazo definitivamente sí, porque tendré otras cosas que contar. Aunque las canciones viven más en el territorio de la memoria. Me gusta decir en broma que lo único que siento ahora por las drogas es nostalgia. Así que tal vez esa nostalgia salga de alguna manera".
Asumiste tus 52 años...
"Eso no quiere decir que asuma la edad que tenía mi padre o la que tienen algunos de mis contemporáneos. Tengo otro modo de vivir al día, de apasionarme por cosas que no tienen que ver con la rutina ni los horarios. Si no tienes la vida, no tienes nada. No creo en las vidas ultraterrenas de ninguna clase. Ni siquiera en la de la celebridad. Me debo a mí mismo y a la gente que estos años ha escuchado mis canciones, para escribir algunas más. Y para esto hay que vivir".
¿Por qué el disco se llama Dímelo en la calle y estás vestido de boxeador, sangrando?
"Es que se me ocurrió la broma de que, ya que había estado malito (enfermo), quería salir como un boxeador sonado, vuelto un guiñapo por mil puñetazos. Alrededor de esa broma visual, y no es más que una broma, se me ocurrió la frase 'dímelo en la calle'. Siempre me han gustado las frases que le hablan directamente al que escucha o al lector. Además de lo que tiene de directo, este nuevo disco recupera el tono de algunas de las primeras canciones que hice, que eran muy callejeras. Como ahora me encuentro en una situación inversa, que estoy metido en casa y no salgo... pues 'dímelo en la calle' es un poco señalar: si quieres decir algo, vamos a pelear. Esta vez estoy con guantes de boxeo, pero de seda".
¿Has boxeado alguna vez?
"Nunca. Yo siempre fui y soy muy cobarde. Cuando dicen en las guerras: las mujeres y los niños al refugio... ahí me voy yo. Detesto la violencia física, me da pavor".
¿Este disco significa una nueva etapa?
"Creo que tiene más historias del corazón que de las calles. Es una vuelta a algunas de las canciones mas rockeritas de hace algunos años. Creo que hay más reposo. He tenido dos años en los que nunca había tenido tiempo para corregir las canciones despacio. No me he metido en un estudio, como otras veces, porque urgía sacar un disco para grabar veinte canciones en un mes, sino que las he ido grabando cuando me lo ha pedido el cuerpo, aquí en un estudio que tengo en casa".
Tu música, tus libros son un éxito. ¿Por qué crees que le llegas a la gente?
"Uno está demasiado ocupado en escribirlo para pensar en cómo hacer para llegar a la gente. No lo sé, pero a personas como a mí o como al 'Nano' (Joan Manuel Serrat), programas como Operación Triunfo y esas músicas de usar y tirar nos están dejando un hueco tremendo. Cuando alguien va en un taxi y oye una canción que está hecha más con el corazón que con la calculadora, se nota en seguida la diferencia con toda la música basura que se está oyendo. Estamos en medio de la cultura basura, la dictadura de la ignorancia, de las cosas de usar y tirar. Creo que eso hace que gente como Serrat o como yo hayamos encontrado ese hueco. Estamos bastante solos".
¿Por qué siempre dices que no cantas, cuentas?
"Porque es así. Los artistas que me gustan tampoco cantan sino cuentan. En el tango del disco hay una clarísima influencia del Polaco Goyeneche, cuyos discos he oído aquí casi a diario durante años. Me gustan Bob Dylan, Leonard Cohen, George Brassens y don Atahualpa Yupanqui. Nunca me interesaron los Plácido Domingo sino los que se pueden expresar realmente a pesar de su voz".
Hacen de defecto virtud...
"Cuando uno no puede vender voz, vende estilo. Me gusta el Goyeneche agónico del final, cuando no podía cantar, más que el de los años cuarenta cuando tenía una hermosa voz. En la medida en que fue perdiendo la voz fue ganando estilo. Es que nosotros no hacemos ópera sino canción popular, que no ha nacido en los conservatorios sino en los boliches. El tango contado es el que me gusta. Cuando las palabras no se cantan sino que se mastican, se escupen, se pronuncian. Goyeneche es uno de los que más me ha enseñado. Primero Dylan y después el Polaco".
En tu nuevo disco hay tango, Nicolás Guillén y mil cosas de América.
"Así es. Primero fue Argentina y después México, La Habana. Ahora Perú por razones más sentimentales. Tengo una novia peruana, Jimena".
¿De dónde sale tanto amor por Argentina?
"Argentina me volvió loco y no sólo por el tango. Es la gente... cómo quieren a los cantantes, a los artistas. Te devuelven lo que les das de una manera que no sabes cómo pagarlo. Además siempre tuve un buen enganche con el rock argentino. Estábamos aquí haciendo un rock mal traducido del americano y allá Charly García, Fito Páez, Luis Spinetta y mil más se inventaron un rock latino, cosmopolita y maravilloso. Y Andrés Calamaro, que tiene un pie aquí y otro allá. Un talento extraordinario. En Argentina se ha creado la música urbana más importante del siglo".
¿Estás preparando otro libro?
"Estoy preparando un libro de cartas en versos. Muy divertido. Por ejemplo: le escribo a Silvio Rodríguez unas décimas preguntándole por qué él y Pablo Milanés no son amigos y están peleados, y él me contesta en verso. También con el subcomandante Marcos. Cartas con actores, escritores".
¿Cartas con Fito Páez?
"En el libro publico las cartas que salieron mal en Buenos Aires. Las podrán leer tal como las escribí y lo que Fito me contestó".
¿Se reconciliaron?
"Hablamos por teléfono. No nos vemos seguido ni tomamos copas, pero somos amigos. Lo que no haremos jamás es grabar un disco juntos...". © Clarín



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