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Las ganas de Aristóbulo
Mirtha Rivero
Ninguna de mis amigas y ninguna de mis
tres hermanas quiere atender a mis llamadas por teléfono. Se niegan.
Parece que se pusieron de acuerdo, y sin aviso y sin protesta tomaron
distancia. Alegan que no quieren
ser protagonistas de otras crónicas. Una vez está bien, me han dicho,
pero hablar de uno todo el tiempo es como demasiado, por más que,
a veces, cambies los nombres. Porque hasta ahora -me regañan- las
cosas no se han complicado, y los asuntos registrados no han pasado
a mayores; pero qué tal si se te ocurre sacar los trapos sucios.
Si por casualidad, cualquier domingo salen publicadas las andanzas
de fulano, que es un refunfuñón, o de zutana, que es una amargada,
o de mengano, que duerme con los ojos abiertos. ¡No!, dijeron todas.
Y para no arriesgarse, apenas intuyeron que se acercaba la fecha
de entrega de mi crónica se negaron a responder a mis llamados y
mis súplicas. Resolvieron dejarme en cuarentena, para ver si aprendo
y respeto la vida privada. Mi desconsuelo no podía ser mayor. Nada
se me ocurría, y no era como para ponerme a inventar aventuras.
Esa no es la tónica. Además, nunca he tenido mucha imaginación,
y a lo más que puedo llegar es a recrear o camuflar historias de
los demás. Por eso mi sensación de desamparo crecía, se acercaba
la fecha de entrega, y ni modo que le dijera a los jefes de la revista
que no entregaba la crónica porque no sabía qué escribir: ¿y por
qué ustedes no me cuentan algo de su vida? Tenía la mente y la pantalla
en blanco. Nada que decir. Miré el teclado como buscando alguna
clave, alguna ayuda, algo... no sé. Y en eso, al levantar la vista
me encuentro con que la pantalla de la computadora ya no estaba
en blanco sino en negro. Negro puro. ¡Esto era lo que faltaba! Que
se fuera la luz en todo el edificio. Que pasaran las horas (no sabía
cuándo reanudarían el suministro eléctrico) y se agotara el plazo
que tenía para presentar mis líneas. Respiré profundo, di unos cuantos
pasos e intenté calmarme... Entonces vi las cosas de otra manera.
Lo sucedido bien podía ser la disculpa perfecta. La ayuda que buscaba.
Sin electricidad no hay computadora y sin computadora no hay texto
que entregar. Ni modo. ¿Lo puedo entregar pasado mañana? Por un
instante creí tener escapatoria. Una tregua. Sin embargo, sólo imaginarme
la cara de incredulidad y desaprobación con que me mirarían al esgrimir
tamaña excusa, algo se revolvió dentro de mí y, en seguida, empecé
a recriminarme. ¡Qué descaro!, me dije, ya eres una mujer hecha
y derecha para ir por la vida inventando pretextos. Lo que tienes
que hacer es ponerte a trabajar; si por eso es que las cosas andan
tal mal en este mundo, porque la gente evade sus obligaciones y
pretende endilgarle el muerto a otro. Agarra lápiz y papel, y comienza
a garabatear, que algo saldrá; después verás si tienes computadora.
Asume, no seas floja, y empieza de una buena vez. Saca las ganas
de donde no las tengas. En esa etapa de autoflagelación estaba cuando,
al oírme pronunciar la palabra "ganas", recordé una anécdota que
hace ya bastante tiempo escuché a mi amigo Juancho. El cuento tenía
como figura principal a Aristóbulo, un sujeto gracioso y parrandero
que vivió en una población del occidente del país hasta principios
de los años ochenta. Al recordarlo, suspiré aliviada. ¡Me salvé!,
y de nuevo gracias a la historia de otro. Aristóbulo -pariente lejano
de mi amigo- era un tipo buen mozo, dicharachero y simpático que
gastaba su vida en juergas. Dotado de una potente y bonita voz,
desde que estaba muchacho, lo único que le gustó hacer era andar
de arriba abajo con una guitarra a cuestas. Cantando y dando serenatas
en donde le diera la gana y a quien se le atravesara en el camino.
Era el primer invitado a cuanta fiesta se hacía en su pueblo y eterno
visitante de todo lo que fuera botiquín, bingo bailable o feria
dominguera. Todo el mundo lo conocía y todos lo buscaban para animar
sus celebraciones. Para él la vida era un jolgorio, y así siguió
siendo hasta que llegó a viejo. Un día, su mamá -una viuda cansada
de tener que lidiar con ese hijo sin fundamento- le reprochó: mire
mi'jo ¿y es que a usted nunca le entran ganas de trabajar? Y Aristóbulo,
raudo y sinvergüenza, le respondió: claro que sí ¡pero me las aguanto!
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