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Funesto día
Max Haines
Un momento de locura nos puede condenar para toda la vida

Andrea y Russell Yates siempre quisieron tener hijos. Desde que se conocieron en 1989, cuando ambos vivían en el mismo edificio de apartamentos de Houston, Texas, Andrea, enfermera diplomada, le confió a su novio que quería tener muchos hijos.
En 1993, después de un noviazgo prolongado, Andrea Kennedy se casó con Russell Yates, un graduado sobresaliente de la Universidad Auburn. Tres meses después del feliz acontecimiento, Andrea quedó embarazada. Noah nació en febrero de 1994. En poco tiempo, John, Paul y Luke llegaron a este mundo. Cuatro hijos para gran satisfacción de sus padres.
Después, algo se trastornó drásticamente. El 16 de junio de 1999, Russell, programador de sistemas informáticos, recibió una llamada telefónica desesperada de su esposa mientras él estaba en su puesto de trabajo en la NASA. Quería que lo dejara todo y fuera a la casa, lo que él hizo. Russell encontró a su mujer en estado de histeria. Consiguió calmarla y llevarla a casa de sus padres.
Al día siguiente, Andrea se tragó 40 comprimidos de un antidepresivo. Después de haberse tomado las pastillas, su madre la encontró inconsciente en la cama y llamó a los bomberos. Andrea fue trasladada urgentemente en ambulancia al Hospital Metodista.
Desde la fecha de su ataque de histeria, Andrea nunca fue la misma. Russell sugirió que no era otra cosa que una depresión postparto temporal. Un psiquiatra le prescribió otro medicamento y dio de alta a la paciente, que se quedó al cuidado de su madre. Andrea no se recuperó rápidamente. Cuando amenazó con quitarse la vida con una navaja, fue hospitalizada por segunda vez. Cuando ya estaba en el Hospital Memorial Spring Shadows Glen, se puso peor. Al final, un montón de medicamentos parecieron hacerle efecto y su estado mejoró mucho. Andrea fue dada de alta. Al mismo tiempo, Russell compró una nueva vivienda en el número 942 de la calle Beachcomber. La casa, de estilo español, tenía más que suficiente espacio: tres habitaciones y un jardín trasero para los niños.
La nueva vivienda pareció mejorar las cosas. Andrea fue recuperándose poco a poco. Retomó su pasión escolar por la natación. También le gustaba mucho hacer pasteles y era famosa por sus deliciosas tortas y galletas. Enseñaba a sus niños en su casa, tomaba sus antidepresivos diariamente e iba a ver a un trabajador social dos veces al mes. Parecía que la crisis de la familia Yates ya había quedado atrás.
En 2000, Andrea dio a luz a su quinto bebé. Por fin, una hija, Mary Deborah. Las cosas volvieron a ponerse feas. Además de la carga que para Andrea suponía criar a sus cinco hijos, su padre estaba en las últimas fases de la enfermedad de Alzheimer. Su salud se deterioró rápidamente y falleció en la primavera de 2001. La muerte de su padre afectó mucho a Andrea, que dada su fragilidad mental, se intentó consolar leyendo la Biblia. Reprendía a sus hijos por poca cosa, o incluso sin razón alguna. En poco tiempo, empezó a arrancarse el pelo y en general se comportaba de una manera irracional.
Tras la insistencia del médico de Andrea, Russell ingresó a su mujer en la Red de Tratamiento Devereux de Texas. Tuvieron que sacarla a rastras de su casa. En la institución, al principio se negó a firmar los documentos de admisión pero al final accedió. Durante casi una semana, se negó a comer. Cuando al final quiso comer, se pensó que era tan buena señal que le dieron de alta. Tanto Andrea como Russell estaban encantados.
Lidiar con sus cinco hijos resultó ser demasiado para Andrea. Russell sugirió que contrataran a alguien para ayudarles pero ella no quería ni oír hablar del asunto. En poco tiempo, Andrea volvió a deprimirse mucho.
Una vez más, fue ingresada en Devereux. Con un régimen estricto de antidepresivos mejoró un poco. Como si de un guión preestablecido se tratara, a Andrea le volvieron a dar de alta. Desde entonces, recibía tratamiento psiquiátrico como paciente externo. Pese a las dudas de Russell, el médico parecía contento con su evolución.
El 20 de junio de 2001, Andrea llamó a los bomberos, después de haber telefoneado a su esposo. Acababa de matar a sus cinco hijos. Esa mañana, llenó la bañera con agua. A Paul, de dos años, le sacó de la sillita y le metió fácilmente la cabeza debajo del agua. Luke, de tres años, corrió la misma suerte. John, de cinco años, fue el siguiente en ser ahogado, seguido por Mary, de seis meses.
Noah, de siete años, fue el último en morir. Andrea le pidió que fuera con ella al baño. Después de obedecer a su madre, vio a su hermana pequeña cabeza abajo en la bañera. Consciente de que algo irreparable había pasado, intentó escaparse. Andrea corrió detrás de su primogénito y lo arrastró hasta el cuarto de baño, donde lo metió en la bañera para ahogarlo al lado del cuerpo sin vida de su hermana. Andrea recogió el cadáver de su hija y lo llevó al dormitorio, donde lo colocó al lado de los de sus otros tres hijos. El cadáver de Noah lo dejó en la bañera.
Andrea fue detenida. Desde ese fatídico día en que les quitó la vida a sus cinco hijos, ha sido interrogada en repetidas ocasiones por detectives y psiquiatras. Siempre ha dicho que era una mala madre y quería librar a sus hijos de esa carga. Su recompensa es que ahora los cinco están en el cielo.
El caso de la mujer que mató a sus hijos recibió publicidad en todo el mundo, al igual que su juicio. Andrea, de 37 años, se declaró inocente en razón de su locura. Sus abogados arguyeron que las muertes se debieron a delirios psicóticos. El fiscal arguyó que Andrea había planeado los asesinatos, incluso llevando una alfombrilla al baño para poder apoyarse mejor al arrodillarse al lado de la bañera.
Se intentó por todos los medios conseguir la pena de muerte, afirmando que sabía distinguir entre el bien y el mal y había intentado salir de una situación que ya no podía tolerar más.
En sólo tres horas y cuarenta minutos, el jurado de Texas la declaró culpable. Pasaron únicamente 40 minutos antes de sentenciarla a cadena perpetua, en vez de imponerle la sentencia de muerte. Andrea Yates podrá gozar de libertad condicional dentro de 40 años. Entonces tendrá 77 años.

 
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