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El síndrome de la pierna inquieta

Si es de los que siente una abrumadora necesidad
de mover las piernas, usualmente debido
a sensaciones de incomodidasd
o malestar
en ellas, este artículo es para usted.
Paul MacInnes

Cuando Michael Jackson no podía controlar sus pies, culpó al boogie. Una generación más tarde, sin duda, se habría enterado de algo más al respecto. El, como yo, se habría dado cuenta de que sufría del Síndrome de las Piernas Inquietas. Sus pies errantes no indicaban un estado de ánimo, sino un genuino trastorno médico.

El sitio web de la Restless Legs Syndrome Foundation (www.rls.org), una organización con sede en Rochester, Minnesota, presenta los hechos de forma simple. El síndrome es una “abrumadora necesidad de mover las piernas, usualmente debido a sensaciones de incomodidad o malestar en ellas”.
Este malestar es más agudo al final del día y se sabe que interrumpe el sueño. Se cree que hasta seis millones de personas sufren de este trastorno en países como el Reino Unido, lo que nos lleva a preguntarnos por qué nunca habíamos oído hablar de eso antes.

Quizás tenga que ver con la privacidad de lo que ocurre tras la puerta de la habitación, incluso, si lo que ocurre es simplemente el movimiento de un pie inquieto sobre la cama. He tenido este síndrome desde que tengo memoria, pero nunca busqué ayuda médica ni grupo de apoyo ni siquiera lo mencioné en una conversación en una cena.

Esto tal vez se deba, como yo lo veo, a que mi síndrome tiene algo de gratificante. La manera empedernida en que mis piernas se mueven de arriba abajo como si estuviera entrenando muy lentamente en una bicicleta de ejercicio suave y horizontal es la forma perfecta de hacerme dormir. Sin duda, sólo lo hago porque me duelen los músculos, pero encuentro que la fatiga es una sensación tranquilizadora al final de un día —casi como si hubiera hecho algo más exigente que sentarme enfrente a un escritorio.

Gradualmente, al aumentar poco a poco el ritmo (no es con la intención de que suene sensual, por cierto, pero la mayoría de la gente, en algún punto, experimenta los placenteros efectos del automasaje), cada movimiento proporciona una onda corta de confort y de alivio a un tedioso dolor. Poco después, me habré dormido.
Para ser honesto, mi inclinación natural sería asumir que el trastorno es una dolencia imaginaria que tiene su manifestación física, no hay duda, pero que probablemente ha existido mucho antes de ser descubierta —pese a que millones de personas no han dejado de preguntarse por qué no pueden dejar de agitar una pierna en la cama.

Sin embargo, pensándolo bien, al leer que algunos casos pueden requerir tratamiento serio, también recuerdo los raros momentos en que, en medio de la angustia por el trastorno, mis extremidades parecieran repentinamente saltar a un estado de tensión nerviosa, como si tuviera la piel de gallina.

Sin embargo, además de quienes lo sufren, hay otras víctimas reales que no deberían ser olvidadas: aquellos que tienen que dormir con personas que presentan el mal.

Mi esposa fue la primera que identificó mi comportamiento como algo fuera de lo normal y es ella quien, mientras yo hago mímicas del Tour de Francia, está allí deseando que deje de moverme. Ella compara el síndrome con una alarma de auto barata: repetitiva, persistente y el tipo de irritación que uno está seguro que se evitaría si tan sólo el culpable tuviera la voluntad de arreglarlo.

Por un momento, pude ver a lo que se refería, pero pensé que me falta la voluntad de cambiar. Ahora tengo más información: soy víctima y merezco algo de compasión. Eso o unos grilletes acolchados. l

THE GUARDIAN NEWS SERVICE. DERECHOS DE EL UNIVERSAL. TRADUCCION: TERESA LEON

 
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