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Desde que el mundo es mundo, y el hombre
y la mujer comenzaron a emparejarse, al gusanillo de los celos le
dio por entrometerse, y las relaciones humanas empezaron a complicarse.
Porque si bien un poco de celo no le hace daño a nadie, el
exceso sí puede traer angustias.
Según los psicólogos, los celos
son naturales en los humanos y en ocasiones reaniman una relación
apagada (reavivan la pasión). Sin embargo, las más
de las veces revelan la existencia de problemas de autoestima y
no, como diría mi amiga Ada, la condición infiel del
hombre.
Hasta ahora, siempre se ha dicho que varones
y hembras son igual de vulnerables ante los estragos del recelo
(tristeza, humillación, rabia); no obstante, hay quien piensa
que mientras ellos, al sentirse humillados, reaccionan de modo abrupto,
las mujeres en cambio son -o somos- capaces de actos más
elaborados. Aunque ésa tampoco es la norma, porque entre
las celosas hay de todo.
Están las pasivas, que a su vez se
subdividen en sufridas, pues lloran calladas y se calan cuernos
de todo tipo; feministas, quienes no se permiten un sentimiento
que las disminuya frente al hombre; y glamorosas, que no se rebajan
a poner la cómica (el caso de Lissette, incapaz de soltarle
una cachetada a una rival).
Otra cosa son las celosas activas, dentro
de las cuales hay de variada índole e intensidad. Las más
leves registran carteras, jurungan bolsillos, revisan cuellos y
huelen la ropa en busca de una huella delatora -factura, carta,
pintura, perfume- para arrojarla en la cara al infiel y justificar
alguna acción destemplada. Son las que gritan, rayan carros,
espichan cauchos, queman ropa, tiran maletas a la calle o meten
en el freezer el nombre de “la otra” para congelar sus
atractivos. También, como la prima Glorieta, descuartizan
las tarjetas de crédito del esposo o como Mari Rosa, le caen
a martillazos al lujoso reloj de su hoy ex marido.
Asimismo, existen las furibundas que no sólo
hacen todo lo anterior sino que encima están pendientes de
las llamadas telefónicas que entran y salen, de las miradas
de sus compañeros, y de las conversaciones que ellos entablan
con la cajera del supermercado o la recepcionista de la oficina.
Las furibundas son obsesivas, y pueden llevarse a cualquiera por
delante dejando tras de sí su correspondiente reguero violento.
De más está decir que cualquier
celosa pasiva puede convertirse en activa -depende de la inseguridad-
y que los celos tanto pasivos como activos no son exclusivos del
género femenino. Entre los hombres hay sobrados y sonados
hechos de corte patológico.
Distinto es el asunto cuando se habla de una
tipología que ha despuntado en los últimos tiempos,
a la luz de la tecnología. Son los celos de la era cibernética,
en donde parece reinar la mentalidad femenina -fría, sofisticada
y perseverante, de acuerdo a Anna-.
Las celópatas postmodernas hacen del
seguimiento un arte supremo y diabólico, pero al contrario
de otros casos agudos no terminan en la agresión física.
Eso no quiere decir, sin embargo, que ellas ignoren las mañas
justas para causar dolorosas pérdidas.
Las perseguidoras de la nueva era no se quedan
en las revisiones de bolsillos, sino que continúan hurgando
y revolviendo y llegan incluso a obtener los números grabados
en el teléfono de sus parejas, a interceptar los mensajes
del correo electrónico (sin dejar huella en el buzón
de entrada) y conectarse a la cuenta de messenger de él -como
que si fuera él mismo- para detectar posibles infidelidades.
Para hacer eso, lo único que necesitan es adivinar la clave
secreta con que el interfecto bloquea la entrada a sus aparatos
electrónicos y efectos personales (celular, e-mail, saldo
bancario), y eso se consigue -me sigue apuntando Anna- gracias a
la naturaleza “básica y elemental” que caracteriza
a los hombres. Como ellos se consideran prácticos y eficientes
-dice mi amiga-, siempre usan el mismo código de acceso para
todas sus máquinas y operaciones. Y ese código, por
regla, surge o “lo sacan” de los dígitos de su
cédula, celular o fecha de nacimiento, combinándolos
a veces (“esto lo hacen los que se creen ingeniosos”)
con las iniciales del nombre.
Un ejemplo fehaciente de lo peligroso que
puede ser este seguimiento cibernético, lo protagonizó
Nora al sospechar una tropelía del novio. Al conocer los
hechos, no se dio por enterada sino que se dedicó silenciosa
a conseguir la clave electrónica con la cual el susodicho
accedía a su e-mail. Probó y probó hasta que
dio con ella, y -aprovechando un viaje de negocios de él-
aplicó el código a la tarjeta del telecajero. Durante
tres días seguidos sacó el tope máximo permitido
por el banco. Y de ñapa, ingresó a la cuenta por Internet
y se hizo una transferencia de dinero. Le quitó todo lo que
pudo, y más nunca le respondió al tipo ni siquiera
una llamada.
-Para que aprenda -dijo ofendida- que las mujeres se respetan. l
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