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No es cosa de reír

Algunos hombres simplemente nacieron para ser malos
Max Haines

Su verdadero nombre era Jerome Braun von Selz, pero sus amigos le llamaban Jerry. Nosotros también.

Jerry nació en San Francisco. Aunque se sabe poco de su vida previa, sabemos que se enroló en el ejército estadounidense e inmediatamente desertó, una ofensa que le permitió pasar unas vacaciones imprevistas en una prisión militar.

En 1932, Jerry, quien medía 1,80 de estatura y pesaba 115 kilos, estaba empleado en una importante compañía petrolera. Servía gasolina en una de sus estaciones y limpiaba parabrisas, como se acostumbraba en ese tiempo, en el que uno se sentaba en su auto y le servían todo. Sus empleados no sabían que Jerry había falsificado todas sus cartas de recomendación. Sin embargo, estaban encantados de recibir cartas de agradecimiento de clientes satisfechos por haber sido atendidos por el servicial hombre de la estación de servicio. Por supuesto, Jerry también falsificaba esas cartas.

Además de sus falsificaciones de pluma y tinta, Jerry tenía una personalidad que convencería a los habitantes de la isla de Bafflin a comprar refrigeradores. Era un verdadero encanto, con un hábito bastante agradable de reír escandalosamente a la mínima provocación.

Jerry entró en contacto, accidentalmente, con la señora Ada French-Mengler Rice. Ada vivía sola en una casa cómoda y grande en la sección de Woodside de San Francisco. En 1933, su primer marido, el señor Mengler, presentó la demanda de divorcio, denunciando que Ada gastaba demasiado tiempo trabajando con varios centros de caridad y muy poco tiempo en el sofá conyugal. Una vez soltera y sin compromiso, Ada se casó nuevamente con Charles Freeman Rice. Charlie, de 72 años, era un constructor adinerado de Seattle.

¿Cómo conoció Ada a Jerry? Ella pasaba gran parte de su tiempo en Seattle, pero tenía uno de sus autos en su garaje de San Francisco. Un buen día, llamó a un taller y les pidió que enviaran a alguien a su casa para poner a punto su vehículo. Ellos enviaron a Jerry.

Ahora bien, curiosos, la señora Rice tenía 58 años y había sido besada un gran número de veces. Era una persona activa en varias caridades y había viajado por el mundo. Lo que estoy intentando decir es que Ada no era una damisela preparada para ser tomada. Pero obviamente la química existía. La extraña pareja se hizo amiga. Quiero decir, se volvieron muy cercanos. Comenzaron a tener relaciones íntimas en esa gran casa.

¿Y dónde estaba el señor Rice todo el tiempo? Estaba ocupado en Seattle, mientras Ada, por su propia cuenta, estaba muy activa en San Francisco. Tras unos cuantos meses de casi no ver a su esposa, Charlie Rice ya había tenido suficiente. Interpuso la demanda de divorcio, pero el sheriff le informó que no había forma de encontrar a la señora Rice.

Ahora Ada se convirtió en una preocupación para la policía. Investigaron a los vecinos, pero recibieron información poco concreta. Algunos dijeron que la señora Rice se había marchado a Grecia para unas largas vacaciones, mientras otros dijeron que había aceptado un trabajo como corresponsal extranjera en Inglaterra.

Tenía muchos hombres en su vida. Alguien llamado Jerry vivía en la casa con ella la mayoría del tiempo, y otro hombre llamado Michael Baranovitch, supuestamente de Bulgaria, se sabía que llamaba a la señora Rice. Ada realmente no tenía buenos amigos. La última vez que fue vista fue el 13 de febrero de 1935.

Charlie Rice no podía aguantarlo más. Obviamente su esposa se había largado con otro tipo. Un año más tarde, el 2 de febrero de 1936, obtuvo el divorcio.

Nuestro Jerry no se había escapado con Ada. El estaba ocupado metiéndose en pequeños escarceos. Simuló un robo en la gasolinera, pero no logró engañarles. Tras pagar los 28 dólares que había robado, fue enviado a prisión por 30 días. Mientras estaba allí, los detectives le hicieron una visita. Parece ser que él denunció el robo de su auto y se quedó con el dinero del seguro. Esto hubiera sido lo correcto si la compañía financiera no hubiera retenido el título de propiedad del coche.
Jerry sonreía escandalosamente entre pregunta y pregunta. Tras dos horas y media de juegos y gracias, Jerry prometió llevar a los detectives hasta el auto, que no había sido robado, por supuesto, pero lo había guardado bastante bien. Aparentemente, Jerry quería tener su pastel y comérselo también. Sin embargo, antes de hacer aparecer el auto, les hizo prometer que no se le llevaría a juicio alguno por el falso robo del coche. La policía estuvo de acuerdo y Jerry les condujo a un garaje privado de Burlingame.

Jerry se rió al abrir la puerta del garaje, pero los oficiales de San Francisco no sonrieron al encontrar amoníaco, algodón, cinta adhesiva, una manta y el pasaporte de Ada dentro del vehículo. Jerry intentó explicar el por qué de estos artículos, diciendo que estaba planeando asustar a un tipo que le había dañado. Nadie se lo creyó.

Convencidos de que se había producido un crimen mayor, la policía registró la casa de Ada. Encontraron libretas de bancos, lo que llevó al interrogatorio de los funcionarios de estas entidades, quienes revelaron que habían recibido una carta de Ada pidiéndoles una transferencia de 135 dólares de su cuenta de ahorro a su cuenta corriente. La carta fue escrita después de la última vez que Ada había sido vista con vida.

Ahondando en las investigaciones se reveló que Ada había donado su casa a Jerry. Jerry rió y dijo a los oficiales que el trato era legal. El le había pagado por la propiedad con acciones mineras. Tras una investigación, se descubrió que las acciones mineras no valían nada.

Los detectives interrogaron a Jerry durante dos días, estaban seguros de que él había asesinado a Ada y se había deshecho del cuerpo. Le rogaron para poder dar a la pobre mujer un funeral digno. Dejaron entrar a los reporteros y fotógrafos. A Jerry le gustaba ser el centro de atención. Con gran histrionismo dijo que todo había sido un terrible accidente. El había vuelto a su casa tarde por la noche. Dentro estaba oscuro. Dos individuos estaban peleándose. Jerry cogió un palo y lo lanzó. Uno de los antagonistas cayó y el otro escapó por la puerta. Jerry reconoció a la figura que corría bajo la luz de la luna. Era Michael Baronovitch. Jerry encendió las luces. El cuerpo de Ada estaba en el suelo. ¿Qué hacer? Decidió deshacerse del cuerpo él mismo. Condujo hasta un desierto y enterró a Ada.

Cuando se le hicieron más preguntas sobre Michael Baronovitch, Jerry explotó a carcajadas y cambió su historia. Le había dado en la cabeza, matándolo también. Jerry declaró haber arrojado el cuerpo en la bahía de San Mateo.

Jerry llevó a los oficiales de la ley hasta un cañón solitario donde descubrieron el descompuesto cuerpo de Ada Rice. El no paraba de reír mientras desenterraban el cuerpo. La zona de la bahía de San Mateo fue dragada en busca del cuerpo de Baronovitch, pero no se recuperó nada, excepto tres viejos neumáticos.

Jerry se declaró culpable de asesinato en primer grado y fue sentenciado a cadena perpetua. Fue enviado a San Quintín, y eso debió ser todo. Pero no lo fue.

Desde el momento en que se cerraron las grandes puertas tras él, el 14 de marzo de 1936, Jerry fue parte activa en la vida de la prisión. El era el campeón de pesas de la institución y estrella de acrobacias del equipo de la cárcel. Su historial era impecable. A pesar de ello, se le denegó la libertad provisional, pero consiguió ser transferido a una institución californiana para hombres, en Chino, en mayo del 1944.

Un año más tarde, se escapó y se dirigió a Minnesota. Eran tiempos de guerra. Jerry se registró como soldado voluntario, pero necesitaban sus huellas digitales. Tan sólo era cuestión de tiempo antes de que el FBI lo encontrara, pero antes de que lo hicieran, Jerry cruzó la frontera y se unió al ejército canadiense. De hecho, Jerry era un oficial cuando fue enviado de vuelta a EEUU para cumplir su sentencia.

La policía de San Francisco nunca intentó realmente culparlo por la muerte de Michael Baranovitch, pues estaban convencidos de que el búlgaro no era nada más que un personaje fruto de la fértil imaginación de Jerome Braun von Selz. l

Ilustraciones: David Márquez

 
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