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  En la lucha
Mirtha Rivero

Siempre me han llamado la atención los cuestionarios que algunos diarios y revistas hacen a gente famosa,  buscando develar aspectos desconocidos o inusuales de su personalidad. Por lo
general son cuestionarios que —a modo de recuadro o nota “de color”— se hacen al margen del texto principal. Interrogatorios cortos armados a partir de preguntas también cortas que exigen respuestas rápidas —no necesariamente breves—, y que suelen revelar mucho del personaje. De su transparencia, su rapidez mental o su sentido del humor a la hora de responder. ¿Qué ropa usas para dormir? ¿Qué eliminarías del mundo? ¿A quién no te gustaría encontrar en medio de la acera?

Pensando en eso, y en la crónica que tenía que entregar, hice un listado de preguntas. ¿Qué tipo de zapatos prefieres: los de trenzas o los de cierre mágico? ¿Con qué mano te sujetas la cara cuando estás pensando? ¿Qué es lo primero que haces cuando te levantas? ¿Cantas en la regadera? Cualquiera de ellas puede dar un abanico de declaraciones, y cualquiera de ellas da tema para escribir. Por ejemplo: ¿Qué es lo primero que te enjabonas cuando te bañas? Yo, por lo menos, comienzo en los hombros. Al ser los primeros que se me mojan —entro en la ducha con la cabeza gacha—, empiezo por ahí, y así aprovecho de “hacer algo” mientras se me quita el frío por meterme bajo el agua. Luego paso al cuello —para que no se me olvide, porque es horroroso un cuello sucio— y a las orejas. Después, el proceso sigue: brazos, codos…

Mi marido comienza por la cabeza, porque —ingeniero al fin— va en orden. Llenando casillas. Mi papá, en cambio, confiesa que es en el pecho donde da inicio a su rutina jabonosa; de ahí, sigue hacia abajo. Y no le pregunten por qué, porque nunca se ha puesto a pensar.

La mayor de mis hermanas asegura que de modo automático se enjabona la axila izquierda: toma el jabón con la mano derecha, lo frota con las dos manos, y acto seguido pasa la pastilla por la axila izquierda, luego repite el proceso a la inversa.

Algo más o menos parecido —cuentan— hacen sus dos hijas pequeñas, sólo que Yana y Antonella introducen una variante: las dos, de entrada, se enjabonan el pecho izquierdo porque está en camino a la axila izquierda. Y empiezan con el izquierdo porque son diestras. Si fuesen zurdas, harían lo contrario.
La que sí es zurda es Camila, pero ella no comienza por la axila derecha ni por el brazo ni por el pie derecho, sino que escoge el medio. El tronco: pecho y barriga. A veces uno y a veces otra, pero siempre comienza por ahí, y al final también termina ahí.

—Será que me gusta pensar que el ombligo es mi centro, y al pasarme el jabón tantas veces por el mismo sitio me cargo las baterías. Es como un rito. Así como alguien le rasca la barriga a un Buda, yo me la enjabono. Eso no quiere decir que Camila se crea el súmmum del conocimiento y la sabiduría. Es solo una referencia. Como la de Larissa, que también, bajo la regadera, comienza a embadurnarse por la barriga.

—Me detengo un rato, y me la veo mientras la enjabono. No sé si tengo complejo de Buda, a lo mejor tiene que ver con cierto consentimiento hacia mí misma, porque no me froto con fuerza. Solo paso un rato viendo cómo se llena toda de jabón.Tal vez por esa razón —la del consentimiento— la barriga acapare preferencias. Por ahí también empiezan mi sobrina Lucía y mi hija. Es cómodo, dice Lucía. Es lo inmediato, afirma mi hija, está justo a la altura de los brazos doblados.

—Además —continúa mi descendiente— me gusta mi barriguita, vista desde arriba.

Uno que asegura va directo al grano es Jose (sí, sin acento), aunque a mí me parezca medio complicada su forma de encarar el rito diario. El, médico de profesión, antes que nada se enjabona —y profusamente— las manos, porque —sostiene— si no lo hace en lugar de enjabonarse termina ensuciándose. No aclaró si la acción la encara al momento de ducharse o antes; sin embargo, pienso que lo hace antes y me lo imagino: con las manos juntas y mojadas apuntando al cielo intenta entrar a la regadera de espaldas como empujando las puertas de un quirófano imaginario, listo para realizar la delicada operación de fregar y restregar con enjundia su cuerpo. El problema se le presenta si en el cuarto de baño en vez de una cortina tiene una puerta. ¡¿Dígame si es corrediza?!

Como se ve, casi todo el mundo tiene una respuesta propia. Hasta gente como Lissette que señala que nunca se ha puesto a pensar en qué es lo primero que se enjabona.

—Creo que empiezo por los hombros y de ahí sigo hacia abajo, pero no estoy segura. Lo que sí sé es que no me enjabono con el chorro abierto: abro el grifo, me mojo, cierro la llave del agua y luego me paso el jabón.

Yo me pregunto cómo hará ella los días de mucho, mucho frío. Me erizo de sólo pensarlo. Como se erizará más de uno al saber que hay alguien tan ocioso que se pone a escribir de estas cosas. l
 
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