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La Castellana

GABRIELA MONTERO

En Caracas improvisa tanto como con el piano, instrumento que, por sus extremos y colores, se parece, dice, a esta fosforescente capital
Por Johan M. Ramírez
Foto: Natalia Brand

"Aquí he pasado los años más felices
de mi vida"

Ha pasado la mayor parte de su vida en el extranjero y, a pesar de ello, no ha dejado de añorar su ciudad, la comida, el trajín, la locura. Siempre siente que, esté donde esté, falta una parte de ella. Gabriela Montero, hoy pianista reconocida a nivel mundial, dejó la capital siendo muy niña para irse a Estados Unidos. Desde entonces posee un talento asombroso, una capacidad casi mágica para improvisar ante aquel instrumento. Es justamente la improvisación lo que le ha merecido la fama de la que hoy goza. En el fondo, quién podría imaginárselo, ella otorga a Caracas una parte de la gloria. "Este talento lo tengo desde que nací, y ni yo misma sé explicarlo. A veces pienso que el haber nacido acá me ha hecho más libre y flexible. Si hubiese nacido en un lugar ordenado y con estructura, quizá no sería tan suelta en un escenario".

De hecho, cada vez que viene acá debe inventar para todo: evadir el tráfico, tomar los "caminos verdes", estacionar… no obstante, hay una gran diferencia entre la improvisación urbana a la que le obliga la capital, y la artística que ejerce con su piano. "Improvisar en un concierto es pura alegría, inspiración llena de pureza y emotividad; al contrario, hacerlo en la ciudad me pone de mal humor, me indigna", acota.

Pero al tiempo, halla coincidencias entre su instrumento y la dinámica capitalina, pues el piano, explica, es orquestal, con una gran gama de colores, con la dulzura y belleza de los registros altos, y la gravedad de los bajos. "Sus extremos son evidentes, al igual que en esta ciudad. Aquí, los altos son la naturaleza y la gente; los bajos son la violencia y las sombras. Es que Caracas tiene todo lo mejor y todo lo peor", señala. Y aunque el piano tiene su parte intermedia, sus octavas centrales, Caracas, dice, sólo se va hacia los agudos y los bajos.

Si hay algo especial en las presentaciones de Gabriela, es que tras los aplausos finales ella rompe el protocolo pidiendo al público que le mencione una canción. Acto seguido, improvisa sobre la melodía propuesta. Entonces, cambiamos su rutina, y en lugar de una letra le ofrecimos un lugar: El Ávila. "Ésa sería una improvisación bien exótica, de una intensidad muy latina, muy exuberante, pero también poderosamente romántica", imagina.

"Este talento
(el de la improvisación) lo tengo desde que nací, y ni yo misma sé explicarlo. A veces pienso que el haber nacido acá me ha hecho más libre
y flexible"

Si de lugares se trata, y teniendo en su haber inolvidables galas como la del Hollywood Bowl ante 18 mil personas, agradece una pregunta que le permite soñar. "¿Un sitio en Caracas donde quisiera ofrecer un concierto?". Lo piensa un par de segundos y asiente: "En el Hospital de Niños, para que me escuchen esos bebés, se beneficien con mi música, y se haga alguna obra benéfica".

En el corto plazo, no ve su retorno a esta urbe y, por eso, en cada visita toma varias dosis de Caracas, frecuenta sus restaurantes preferidos, come sus barras de chocolate y toma el refresco de colita que tanto le gusta. Pero la verdad es que en Nueva York está su sitio, sus dos hijas y el centro desde donde viaja a todo el mundo a ofrecer los recitales. Pero aunque tiene años establecida en La Gran Manzana, sostiene que no hay nada como este valle. "He vivido en Londres, Amsterdam, Montreal, pero hay algo distinto aquí, quizá la convivencia de lo primitivo y lo poético… por eso digo que los esporádicos años que he pasado acá, han sido los más felices de mi vida. Aquí todo está latente, vibrando, nada es opaco ni gris, sino de un fosforescente hermoso, que te ciega".

johan_ramirez3@hotmail.com

Asistente de fotografía: Anita Carli

 
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