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¡Qué ondas!

Tenía 26 años de edad, cuatro en Venevisión, y acababa de ganar el premio Ondas de España como mejor animador de radio y televisión. Con copete y cigarrillo en mano aparece en la portada de Estampas del 16 de febrero de 1969. Lo entrevista Graciela Schael Martínez, quien por aquellos tiempos estuvo bastante ocupada conversando con todo aquel que fuera alguien en el mundo del espectáculo. Ella lo describe así: "Gilberto Correa, sonrisa morena, gesto ágil y desenvuelto y expresión simpática... demuestra en su conversación poseer una gran inquietud intelectual". El marabino le confiesa que había dejado los estudios de periodismo en la Universidad del Zulia para irse a trabajar en el canal de La Colina. "Comencé con Ritmo y Juventud. El primer programa importante fue Diluvio de estrellas... de ahí en adelante ha continuado el éxito con Festival de Venevisión, Fantasía Caraqueña, Estudio V y El show del pueblo". A la pregunta ¿qué se necesita para ser un buen animador?, respondió: "Hay que estudiar, viajar, leer, tener sensibilidad... mi gran problema es que tengo sólo 26 años y necesito conservar y aumentar el prestigio que ahora estoy tratando de conseguir". Misión cumplida.

Las plazas que faltan
Mónica Montañes

¿Se ha dado usted cuenta del montón de plazas que le faltan a esta ciudad, a este país, a este mundo? El descubrimiento de semejante falta no es mío sino de mi muchachita quien, una tarde de domingo cualquiera, mientras nos zampábamos ambas un pote entero de helado EFE de café (sin duda el mejor helado de café del mundo), se me quedó viendo y preguntó: ¿quién fue el genio que inventó el helado? Yo, por supuesto, no tenía ni la menor idea, cosa que a ella le sonó poco menos que a exabrupto. Me miró con todo el desprecio con el que es capaz de mirar una preadolescente de hoy en día a su madre y me acribilló sin contemplaciones. ¿Cómo es posible que no sepas? Porque de que es un genio es un genio, o una genia, ¿o no? Porque calcula tú que ese genio o genia no hubiera existido, ¿ah? No existirían los helados, ¿tú te imaginas?, ¿te imaginas un mundo sin helados? Tú deberías saber quién lo inventó, es más, todo el mundo debería saberlo y agradecerle la ocurrencia con una estatua mínimo. Yo no puedo entender que no haya una plaza con una estatua gordita, porque segurísimo que era un genio o una genia gordita, del inventor del helado, ¿o es que el mundo no mejoró como loco a partir del día en que se inventó el helado?
No sólo le di la razón sino que nos fajamos a hacer una lista de toda la gente genial que merecería su placita con su correspondiente estatua en agradecimiento por haber contribuido a hacer de éste un mundo mejor. Porque dejémonos de cuentos, eso de que todo tiempo pasado fue mejor no es más que uno de los tantos engaños de la nostalgia. Nadie puede negar que estamos mucho mejor desde que alguien inventó, por ejemplo, el baño con su poceta y su regaderita por la que sale un chorro de agua con sólo darle vueltas a la manija y su correspondiente tubería de aguas blancas y sus otras tuberías de aguas negras. Ahí hay mínimo siete plazas con sus siete estatuas de genios a los que la humanidad les debe un bojote de agradecimientos. Así como al que inventó el cemento y el asfalto, porque no hay más que echarse una caminadita en tacones por unas de esas calles lindas que todavía quedan en Europa sembraditas de piedras redonditas para darse cuenta de que se le debe mínimo una plaza con busto de bronce al que inventó las calles y las aceras lisitas. Y al que inventó el aire acondicionado, a quien Maracaibo le debe no te digo yo una plaza, un monumento inmenso. Y el de los zapatos de goma y el del blue jean y el de la lavadora y la secadora y la computadora y la internet. ¿Y los celulares? ¿Cómo es que en Venezuela no le hemos hecho una plaza al inventor de los celulares? ¿Cómo demonios vivíamos los venezolanos sin celulares?, y todos aquellos científicos que dedicaron su vida a inventar pepas varias para quitar o aliviar los dolores, y al que inventó que los remedios para niños no supieran a demonio sino a caramelo de piñata, y al de la harina de maíz precocida y el azúcar refinado y los tequeños, ¿cómo es que no le hemos hecho su plazota y su estatuota a la señora que frió el primer tequeño? Y las pilas, y los CDs que le permiten a uno tener cualquier orquesta sonando en plena sala de la casa, y las fotocopiadoras y la cámara de fotos y la plancha eléctrica y el chinchorro y las almohadas, y los desinfectantes, y los catéteres, y la anestesia, y las píldoras anticonceptivas, y la T de cobre y pare usted de contar. La lista es interminable, y eso sin nombrar inventos mayúsculos como la rueda o la electricidad o el cine. Lo cierto es que hay una catajarra de genios y genias, más o menos anónimos, a los que les debemos un agradecimiento del tamaño de una plaza con todo y estatua y creo que no cabe duda de que tendríamos un mundo más bonito repleto de placitas a dónde ir y de gente agradecida. l

 
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