| Deseos letales
En ocasiones, los asesinos no tienen motivos para cometer un crimen.
Max Haines
LA GENTE DESAGRADABLE que comete asesinatos, generalmente tiene un motivo. Avaricia, sexo y revancha están posicionados en la cima como las razones más populares para acelerar el paso de alguien a una mejor vida. Cuando las razones comunes para el más vil de todos los crímenes no saltan a la vista, los asesinos las inventan.
Parece que muchos asesinos o bien se han caído de sus cunas sobre sus cráneos o han sido golpeados en la cabeza por padres abusivos.
Algunos jueces consideran que tales lastimaduras, entonces, justifican el asesinato.
Después están los asesinos crueles, sin motivos, que matan por el exclusivo placer del ejercicio. Tal como el asesino que vivía en Abertillery,
Monmouthshire, Gales, allá en 1921.
Freda Burnell, de nueve años, fue enviada por sus padres a comprar semillas para pájaros a la tienda de la esquina. Era una clara mañana de febrero. El recado era de rutina, pero así y todo Freda nunca regresó. La preocupación de sus padres se convirtió en aprehensión total cuando la niña no había vuelto al caer la noche.
Los robustos mineros de Abertillery y sus alrededores formaron un gran grupo de búsqueda. Fue un panorama espeluznante cuando por la noche aparecieron con sus luces de mineros en sus cascos. A la mañana siguiente, un hombre halló el cuerpo de Freda, estrangulado con su bufanda, en un carril muy concurrido.
Mientras se corría la voz del salvaje asesinato a través de la región, los mineros que habían rastreado obstinadamente toda la noche querían encontrar al asesino desesperadamente. Existía el verdadero miedo de que si el asesino era aprehendido, podría ser linchado a menos que se le expulsara del distrito.
Inmediatamente se le pidió a la policía metropolitana que asistiera a la policía local en la investigación. Se rastrearon los últimos movimientos conocidos de Freda. Primero, llegó a la tienda de la esquina, donde aparentemente compró las semillas. Harold Jones, de catorce años, había atendido a Freda, y recordaba muy bien a la pequeña. Le dijo a los inspectores de la policía que Freda había puesto el alpiste en una bolsa negra que había traído con ella con ese propósito.
Harold les contó la historia directamente e inicialmente no hubo sospecha alguna sobre él. De todas formas, cuando los detectives hallaron partículas de paja adheridas a la ropa de la chica muerta, revaluaron la posible participación de Harold. Era posible que la niña muerta hubiera sido cargada hasta la vía en una bolsa, y se le hubiera arrojado allí. Un cobertizo cercano, perteneciente al empleador de Harold, era utilizado como depósito de bolsas de paja. Un pañuelo que le pertenecía a la hermana de Freda fue hallado en el cobertizo. La policía tenía la teoría de que Freda había sido atacada en el cobertizo, atada, puesta en una bolsa de arpillera y cargada hasta la vía poco antes de ser descubierta. La vía era muy usada y el cuerpo no estaba allí el domingo a comienzos de la tarde.
El examen médico del cuerpo reveló que a la niña la habían golpeado en la frente antes de ser estrangulada con la bufanda. Se había hecho un intento por atacar sexualmente a la víctima, pero no se creía que ese fuera el motivo principal del crimen.
Harold Jones, por haber sido la última persona en haber visto viva a la niña, se convirtió en sospechoso. Tenía acceso al cobertizo y conocía bien las calles, pero el chico había contado una historia creíble y, ciertamente, no daba con el perfil que la policía creía que tenía el asesino de Freda Burnell. Harold era amante de la música y un buen organista para su joven edad. Era extremadamente inteligente y un ávido lector. A pesar de los extensos interrogatorios, Harold terminaba cada sesión con la definitiva declaración: “No soy culpable”.
Una indagatoria de la muerte reveló que existía suficiente evidencia incriminatoria como para culpar a Harold Jones por el asesinato. Fue arrestado y puesto en prisión.
El ridículo asesinato de Freda Burnell, de nueve años, tapó todas las otras noticias de Gales. Los duros mineros sintieron mucho la muerte de la pequeña niña, pero les costaba creer que uno de ellos podría ser el asesino. El veredicto no oficial entre la gente estaba dividido en cuanto a Harold Jones.
Mientras tanto, una procesión de dos millas de largo, con 50.000 ciudadanos, se hizo presente en el funeral de Freda Burnell.
Ese junio, en Monmouth, Harold Jones fue llevado a juicio por asesinato. Había poca evidencia en contra del chico. Contó su sencilla historia y sostuvo su inocencia todo el tiempo. Al concluir el cuarto día del juicio, el chico fue hallado inocente.
Harold Jones regresó a Abertillery como un héroe. Grandes multitudes llenaros las calles para darle la bienvenida a su reivindicado hijo. Harold incluso dio un tierno discurso, diciendo que no culpaba a nadie por la travesía que había pasado.
Dos semanas después del regreso triunfal de Harold, Florence Little, una pequeña de 11 años desapareció. Los Little eran vecinos de la familia Jones. Una vez más la espeluznante luz de los sombreros de los mineros podía observarse atravesando los montes alrededor de Abertillery. Durante tres días y tres noches la búsqueda prosiguió sin éxito. Finalmente, se decidió hacer una búsqueda casa por casa. Se inspeccionaron los cuartos de almacenamiento, y se abrieron los clósets. Se revisó casa tras casa hasta que el grupo de búsqueda llegó al hogar de los Jones.
Un oficial dio con un pequeño agujero en el techo del ático. La búsqueda de Florence había terminado. Estaba en el ático con su garganta cortada. Alguien le había dado un golpe severo en la sien. Por la evidencia del ático, parecía que el asesino había subido a Florence a través del agujero con una soga.
Cuando el padre de Harold, asombrado por el hallazgo del cuerpo en su propio hogar, preguntó a su hijo si tenía algo que ver con la muerte, Harold lo miró a los ojos y dijo: “Nunca lo hice, papá”.
Interrogado por la policía metropolitana, Harold Jones confesó haber asesinado a Florence Little. Había enganchado una soga a la niña y había subido el cuerpo al ático. Harold también confesó el asesinato previo de Freda Burnell.
Esta vez, Harold se declaró culpable del asesinato. Durante su corto juicio, respondió a la pregunta que se hacía todo el mundo. ¿Por qué? ¿Por qué este niño, aparentemente normal, se convirtió en asesino, en cuestión de meses, y le quitó la vida a dos niñas inocentes?
En las propias palabras escalofriantes de Harold: “La razón para hacerlos fue el deseo de matar”.
Debido a su edad, Harold Jones se salvó de la guillotina. Fue “detenido durante el tiempo que su Majestad lo desee”. l
Ilustraciones: David Márquez |