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Yo como sin hambre

Algunas reflexiones del hambre que no es hambre, sino ganas de comer. Ludwig Johnson

MarIa, tiene 50 años, pasa mucho tiempo sola porque sus hijos ya crecieron y su marido trabaja todo el día. Ahora sus hermanos están vendiendo la casa de sus padres para repartirse la herencia, y María siente que la vida se le va.

Luis, quien descubrió el secreto “trabajo/estrés/mucho dinero”, se enorgullece de haberle dado a su familia lo mejor. Sin embargo, cuenta que engordó unos veinte kilos después del matrimonio y, aunque no le molesta, dice que estropea la foto porque su esposa y sus hijas son bien delgadas. Ahora, ya con 40 años cumplidos, Luis acaba de descubrir el segundo secreto: “sin tiempo/salud/ni familia”, y no ha logrado tomar la decisión.

Anabel, quien tiene una madre muy delgada, dice que le obstina verla haciendo el ridículo “como si el físico fuese lo más importante”, y ya no soporta que le transmita sus miedos.

Irene, quien no tiene sobrepeso, en pocos días cumple la mayoría de edad. Dice que su fiesta no tendrá torta porque “ninguna de mis amigas come dulce y, además, estoy gordísima”. Su madre, que conoce a las amigas, sufre al verla sufrir, y ya no sabe si llevarla otra vez al dietista.

Verónica, por su parte, come porque no está a dieta. No tiene hambre, pero “¿por qué no comer estas galletas si de todas maneras estoy gordísima?”. Verónica no sale porque nada le queda, y por las noches, después de la cena, vuelve a comer. A su madre, quien siempre fue obesa, le da pánico que sufra lo que ella vivió. Aunque dice que a Verónica no se le puede tocar el tema.

Andrés es el alma de la fiesta y cuando está con amigos tiene que beber. “¡El gordo, el gordo, el gordo, el gordo!”, le gritan en coro mientras se empipa la octava cerveza, “¡Bieeeeeeeeeennnnnnn!”, exclaman cuando termina. Andrés no sabe quién sería si llegara a adelgazar.

Pedro está triste. Piensa que su vida no importa. Acaba de separarse y su trabajo ya no es especial. ¿Sus logros de ayer? Cualquiera los hubiera hecho. ¿Su conversación interesante? Es sólo una máscara. ¿Su familia? Ellos tienen su vida. ¿Las mujeres y el sexo? No le provocan. Pedro sólo come y ve televisión.

A Janet le avergüenza que el marido la vea tan gorda. Sin embargo, le da rabia que ya no la busque. No le parece que la quieran porque está más o menos delgada, y tiene una dualidad de “quiero/no quiero hacer dieta”, que la hace comer y volver a empezar.
A Julio le da placer. Por eso come sin hambre.

Andreína, quien trabaja en televisión, tenía el cuerpo perfecto. Despertaba el deseo y la envidia a la vez. Hoy está gorda. Se cansó de tener que ser lo que la gente reclama. Se cansó de que la definieran. Ella es mucho más que cualquier definición. Está por encima de su físico. La vida no es estar buena…, pero la presión social y las miradas le afectan y la hacen comer.

Raúl tiene 70 años. Dice que no le importa si se infarta y se muere por gordo, porque “eso de vivir comiendo pollo a la plancha no es vida”. Además, “la comida es uno de los pocos placeres que quedan a esta edad, y uno debe aprovechar cualquier oportunidad porque nunca se sabe cuánto tiempo queda”. Raúl dice que quiere perder peso porque le duele la espalda, se le hinchan las piernas y se ahoga cuando juega con sus nietos.

¿Por qué comemos sin hambre?
Comemos sin hambre porque nos comparamos entre unos y otros, y cambiamos la cara por una corbata. Comemos sin hambre porque no caminamos descalzos, no miramos al cielo, no hacemos fogatas, no bailamos en círculo, no escuchamos los cuentos, no pintamos las caras, y no tocamos la piel. Comemos sin hambre, porque no cerramos los ojos, no respiramos profundo, no tallamos madera, no dormimos en grama, no bebemos del río, no pescamos del lago, no contamos las nubes, no recitamos poemas, no lloramos en grupo, no rayamos paredes, no cantamos lo mismo y no tenemos ritual. Comemos sin hambre porque sentimos rabia y tristeza de que no salvamos al mundo, y porque siempre hay comida, y comiendo sin hambre no herimos a nadie, y nos dolería por dentro el tiempo en silencio que nos demostrara que debemos hablar. Comemos sin hambre porque es más fácil comer que dejar al marido, que volver al trabajo, que intentarlo de nuevo, que regresar a la vida, que pedir lo que es de uno y que decir la verdad. Comemos sin hambre porque seguimos iguales, y hacemos lo mismo, y no partimos de cero, y preferimos la imagen del lago estancado, y no la del río que corre soberbio con su libertad. Comemos sin hambre porque pensamos que la edad es delito, que estar solo es lo de menos. Comemos sin hambre porque no hemos leído que dice ¡no temas, te seguiré a donde vayas! Que seas valiente, que seas atrevido, que seas un fuerte guerrero de fe. Y también comemos sin hambre porque tenemos hipoglicemia reactiva, o resistencia a la insulina, o síndrome de ovario poliquístico, o bajos niveles de serotonina, o cándida albicans, o resistencia a la leptina.

Entendí todo menos la última línea
En la última línea se mencionan algunas causas metabólicas que explican el deseo por la comida sin hambre.

Haber resuelto nuestros conflictos internos, ser independientes en lo económico, en lo físico y en lo emocional, ayuda a no necesitar de la comida para tapar huecos, de eso no hay duda. Sin embargo, existen condiciones neurometabólicas que nos podrían hacer dependientes de los dulces y de las harinas, y que nada tienen que ver con nuestra fuerza de voluntad, y que por cierto, tienen tratamiento.

Y entonces… ¿qué me aconseja que haga?
Que averigüe si tiene algo en la sangre que le hace comer. Que descubra si su hambre es metabólica o neuroquímica. No le gustaría crearse una culpa que no tiene. Es común confundir la “comida compulsiva” con la hipoglicemia, la “comida emocional” con la cándida albicans, y la “falta de fuerza de voluntad” con los bajos niveles de serotonina. Puede consultar a cualquier especialista de su confianza, y/o ingresar en la página web: http://www.kitakilos.com/. Allí encontrará el apoyo y la información necesaria para cambiar su vida.

¿Y qué le aconseja a mi hermana que también tiene sobrepeso?
Su problema no es que se la pasa comiendo como yo, ella más bien casi no come. El otro día hizo una dieta por más de tres semanas y no perdió ni un gramo de peso. Le preocupa porque ella no era así.

Tu hermana debe descartar si tiene insulinorresistencia con hiperinsulinismo, o si cuenta con resistencia a la leptina. Invítala a que ingrese en la misma página web. Podrá obtener la información necesaria para llegar al diagnóstico, y una vía de acceso a los tratamientos que podría seguir.

¡Ah!, por cierto, y si tienen que “hacer dieta”, no le hagan caso a la gente. Las personas que juzgan el sobrepeso es porque desconocen de lo que se trata. Piensan, que como no son gordos y comen también, tienen la autoridad moral para criticar y aconsejar al mismo tiempo. Pero lo hacen por ignorantes, no por mala voluntad.
Cuídense y hasta pronto,
Dr. Johnson.
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