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  Despertares
Mirtha Rivero

 

¿Qué día es hoy? Fue lo primero que me pregunté esta mañana apenas abrí los ojos -6:10 am gritaban los números del reloj-, y es lo que por norma me pregunto al amanecer de un día como éste en que me espera un "montononón" de trabajo. No importa si es lunes, jueves o domingo, ¿qué día es hoy?, me interrogo, y una vez que contesto empieza a activarse un mecanismo que me empuja a dejar la cobija. Es como si la pregunta y su consiguiente respuesta detonara un dispositivo en mi cerebro encargado de organizar mi agenda diaria y, acto seguido, me dijera: hay que apurarse, porque mira la hora que es.

Dicen que no es bueno despertarse y pararse de inmediato. Que es recomendable mantenerse un rato más entre las sábanas y darle un chance a la conciencia de tomar conciencia.

Eso dice mi marido, incapaz de levantarse de un solo golpe. Es contraproducente para la salud, dictamina. El necesita tiempo para que se le enciendan poco a poco las neuronas, cual si fueran tubos en un televisor antiguo. Mi marido se da su cuarto de tono: bosteza, se despereza, da una vuelta, dos, y cuando por fin decide que ya es momento, entonces, en la propia cama, hace unos cuantos ejercicios de estiramiento y relajación. Luego es cuando se incorpora, y se mete a la ducha. Aunque, la verdad, nada garantiza que después de tal acto circense se haya despertado. A veces son las ocho o nueve de la mañana y anda caminando como por piloto automático.

Y su caso es corriente. Mi prima Glorieta, por ejemplo, jamás podrá pasar abruptamente del sueño a la vigilia. Va contra su metabolismo. Su wake up, siempre ha dicho, es filosófico: prefiere la ficción del sueño; la realidad es demasiado dura como para entrar en ella de súbito.

Lissette, por su parte, sin meterse en honduras metafísicas, también es partidaria de retozar antes de cepillarse los dientes. Que nadie le pida levantarse de un salto. Ella necesita una pausa de 10 ó 15 minutos para incorporarse al mundo. Un intervalo para pensar y aclimatarse. Para tomar una ducha y salir del letargo. Claro, que cualquiera en su lugar también se daría una taima: Lissette es la que, después del baño, se embadurna cara y cuerpo con siete cremas -no una ni dos, sino siete-. Nada más imaginarlo, dan ganas de seguir durmiendo. Larissa, en cambio, a tono con su hablar acelerado, se despierta y enseguida toma conciencia del entorno. No anda con rodeos. Apenas suena el timbre del colegio que está al lado de su casa -su único despertador- y los escolares chillan desaforados, ella se precipita fuera del lecho. Ni un segundo más permanece acostada, porque si lo hace -asegura- le duele la espalda (falta saber qué pasa cuando la escuela está de vacaciones o qué hará cuando ya no duerma sola).

Algo semejante le sucede a Juancho -quien, por cierto, sí duerme acompañado-. Sin necesidad de café, una vez que deja la cama, sale preparado y raudo para la vida. Igual Jenny, quien a las cinco de la madrugada está fresca como una lechuga. Y Perucho. Y mi sobrina Yana. Todos ellos, en cuanto ponen un pie en el piso están completamente despiertos y con las pilas cargadas. No importa que tengan que viajar a Puerto La Cruz, nadar cuatro piscinas, hacer una declaración de patrimonio, presentar una prueba de matemáticas o asomarse por la ventana a ver cómo sale el sol. Ninguno requiere infusiones, agua fría, maromas o preguntas necias para encarar -despejado- la mañana.

Yo, al contrario, necesito preguntarme ¿qué día es hoy? Para saber que es el día de entregar la crónica en la revista y levantarme corriendo, porque no me darán más prórroga.l

 
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