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¿Qué día es hoy? Fue
lo primero que me pregunté esta mañana apenas abrí
los ojos -6:10 am gritaban los números del reloj-, y es lo
que por norma me pregunto al amanecer de un día como éste
en que me espera un "montononón" de trabajo.
No importa si es lunes, jueves o domingo, ¿qué día
es hoy?, me interrogo, y una vez que contesto empieza a activarse
un mecanismo que me empuja a dejar la cobija. Es como si la pregunta
y su consiguiente respuesta detonara un dispositivo en mi cerebro
encargado de organizar mi agenda diaria y, acto seguido, me dijera:
hay que apurarse, porque mira la hora que es.
Dicen que no es bueno despertarse y pararse
de inmediato. Que es recomendable mantenerse un rato más
entre las sábanas y darle un chance a la conciencia de tomar
conciencia.
Eso dice mi marido, incapaz de levantarse de
un solo golpe. Es contraproducente para la salud, dictamina. El
necesita tiempo para que se le enciendan poco a poco las neuronas,
cual si fueran tubos en un televisor antiguo. Mi marido se da su
cuarto de tono: bosteza, se despereza, da una vuelta, dos, y cuando
por fin decide que ya es momento, entonces, en la propia cama, hace
unos cuantos ejercicios de estiramiento y relajación. Luego
es cuando se incorpora, y se mete a la ducha. Aunque, la verdad,
nada garantiza que después de tal acto circense se haya despertado.
A veces son las ocho o nueve de la mañana y anda caminando
como por piloto automático.
Y su caso es corriente. Mi prima Glorieta,
por ejemplo, jamás podrá pasar abruptamente del sueño
a la vigilia. Va contra su metabolismo. Su wake up, siempre
ha dicho, es filosófico: prefiere la ficción del sueño;
la realidad es demasiado dura como para entrar en ella de súbito.
Lissette, por su parte, sin meterse en honduras
metafísicas, también es partidaria de retozar antes
de cepillarse los dientes. Que nadie le pida levantarse de un salto.
Ella necesita una pausa de 10 ó 15 minutos para incorporarse
al mundo. Un intervalo para pensar y aclimatarse. Para tomar una
ducha y salir del letargo. Claro, que cualquiera en su lugar también
se daría una taima: Lissette es la que, después del
baño, se embadurna cara y cuerpo con siete cremas -no una
ni dos, sino siete-. Nada más imaginarlo, dan ganas de seguir
durmiendo. Larissa, en cambio, a tono con su hablar acelerado, se
despierta y enseguida toma conciencia del entorno. No anda con rodeos.
Apenas suena el timbre del colegio que está al lado de su
casa -su único despertador- y los escolares chillan desaforados,
ella se precipita fuera del lecho. Ni un segundo más permanece
acostada, porque si lo hace -asegura- le duele la espalda (falta
saber qué pasa cuando la escuela está de vacaciones
o qué hará cuando ya no duerma sola).
Algo semejante le sucede a Juancho -quien,
por cierto, sí duerme acompañado-. Sin necesidad de
café, una vez que deja la cama, sale preparado y raudo para
la vida. Igual Jenny, quien a las cinco de la madrugada está
fresca como una lechuga. Y Perucho. Y mi sobrina Yana. Todos ellos,
en cuanto ponen un pie en el piso están completamente despiertos
y con las pilas cargadas. No importa que tengan que viajar a Puerto
La Cruz, nadar cuatro piscinas, hacer una declaración de
patrimonio, presentar una prueba de matemáticas o asomarse
por la ventana a ver cómo sale el sol. Ninguno requiere infusiones,
agua fría, maromas o preguntas necias para encarar -despejado-
la mañana.
Yo, al contrario, necesito preguntarme ¿qué
día es hoy? Para saber que es el día de entregar la
crónica en la revista y levantarme corriendo, porque no me
darán más prórroga.l
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