Secretos
de baúl
Los empleados de la estación de ferrocarril se encontraron un buen día con una muy desagradable carga
Los encargados de las maletas en las estaciones de ferrocarriles británicas se han convertido en expertos a la hora de encontrar cuerpos en baúles. Tomemos como ejemplo la mañana soleada del 10 de mayo de 1927, en la estación de Charing Cross, cuando el trabajador del departamento de equipajes notó una sustancia roja, pegajosa, que salía de un baúl común y corriente.
El empleado llamó a Scotland Yard. El baúl en cuestión fue abierto y adivinen
qué, el contenido incluía una cabeza, brazos, piernas y el torso de una señora,
así como ropa interior, unas cuantas toallas y un trapo para limpiar el polvo. Extrañamente, la ropa interior encontrada no era de la talla de la víctima.
La autopsia indicó que la desafortunada señora tenía unos treinta años. Aunque había recibido un gran golpe en la cabeza, la muerte fue atribuida a asfixia.
El baúl era viejo y muy usado. La tarjeta de identificación, hecha a mano, tenía escrito el nombre de F. Austin, St. Leonards. Scotland Yard no tuvo problemas localizando a F. Austin. Resultó ser un pequeño hombre inofensivo, que había vendido el baúl hacía meses a un vendedor de cosas de segunda mano.
Cuando le señalaron que la tarjeta de identificación del baúl lucía bastante nueva, Austin declaró que alguien más la había hecho copiando los datos originales, pues cuando él vendió el baúl tenía una tarjeta vieja con su nombre.
Se encontró al comerciante de segunda mano a quien Austin había vendido su baúl. El hombre, a su vez, había vendido el baúl a una tienda de objetos usados en Brixton. El propietario recordaba que la tarjeta de identificación era vieja. También recordaba haber entregado el baúl a un muchacho agradable de unos 35 años.
Mientras, otros detectives de Yard estaban ocupados investigando las etiquetas de cierta lavandería encontradas en la ropa interior. Fueron capaces de rastrearlas hasta una lavandería en Sheperds Bush, y allí fueron identificadas como que pertenecían al hogar de la señora de Peter Holt. Se comprobó que eran propiedad de una de las sirvientas de la señora Holt.
Los Holt se apresuraron a llegar a la morgue de Westminster, donde observaron varias partes del cuerpo, ahora puestas en su posición adecuada. La señora Holt pensó que la fallecida se parecía a una cocinera que había trabajado para ella con anterioridad. Aunque no le era posible recordar el nombre de la cocinera, refirió a los detectives a la agencia de empleo donde la consiguió. La agencia identificó a la fallecida como la señora Roles, un espíritu independiente, quien, en ocasiones, vivía con el señor Roles, y, otras veces, con diferentes amigos del sexo opuesto. Tras investigar con más detalle, la policía descubrió que el verdadero nombre de la señora Roles era Minnie Bonati.
Un trabajador de la estación de Charing Cross escuchó lo del cuerpo en el baúl. Le contó a la policía que el viernes, el día cuando llegó el objeto a la estación, él había visto caer un recibo del baúl a sus pies en el suelo. Preguntó al hombre que se encontraba más cerca que si se le había caído, pero el hombre le ignoró. Él, entonces, recogió el recibo y lo metió en su chaqueta.
Ahora se lo entregó a la policía, dándose cuenta de que podría ser importante para la investigación del asesinato. El recibo tenía el mismo número que llevaba el baúl. El trabajador creyó haber recogido el papel a eso de las cuatro de la tarde. Era lo más cercano que Yard podía usar para fijar la hora en la cual el baúl fue depositado en la estación.
Mientras chequeaban con las compañías de mudanzas y taxis, los detectives de Scotland Yard localizaron a un taxista que había recogido a un cliente en frente de un edificio en Rochester Row y le había dejado a él y a su baúl en la estación de Charing Cross. La fecha del servicio era la misma en la que habían dejado el cuerpo dentro del baúl en la estación.
Se registró todo Rochester Row. Los muchachos de Yard descubrieron que un tal John Robinson había alquilado una habitación en el segundo piso de uno de los edificios para comenzar un negocio de mudanzas bajo el nombre de "Edwards & Compañía, Agentes de Transferencias de Negocios". Pagó un mes de alquiler por adelantado, pero desapareció tras ocupar la oficina durante apenas una semana. Dejó una nota explicando que tenía problemas financieros y abandonaba el negocio. También dejó la oficina ordenada y limpia.
Comenzó la caza de Robinson. Su secretaria fue rastreada y pudo decir a la policía que su ex jefe había enviado un telegrama, en una oportunidad, a una tal señora J. Robinson al hotel Greyhound, en Hammersmith. Los detectives localizaron a la señora Robinson, una empleada del hotel. Ella era la buscada esposa de John Robinson. Tenía una cita para encontrarse con su marido esa misma noche en el pub The Elephant. Oficiales de la ley acompañaron a la señora Robinson y fueron presentados a su sospechoso número uno en el asesinato de Minnie Bonati.
John Robinson cooperó con Scotland Yard desde el principio. Proclamó que no tenía nada que esconder. No tenía una coartada sólida para la semana en cuestión, porque como cualquier ciudadano no tomaba notas de cada una de sus actividades. Los detectives organizaron un grupo de posibles sospechosos para las tres personas que habían visto al hombre con el baúl. El empleado de tienda, su hija y el taxista dijeron, cada uno por su lado, que Robinson no era el hombre del baúl.
Pasaron doce días desde el descubrimiento del cuerpo. Los detectives ahora se enfrentaban a la posibilidad de que John Robinson, a quien ciertamente creían el asesino, podría ser inocente. Sin embargo, decidieron no darse por vencidos con él aún.
El paño de limpiar lleno de sangre, que había sido encontrado en el baúl, fue lavado. En uno de los lados se podía leer claramente la palabra Greyhound. De nuevo en el hotel Greyhound, se supo que 37 empleados habían recibido trapos similares. Una empleada dijo que era su paño. Estaba segura pues el color era ligeramente diferente al de todos los demás. La camarera reveló que su compañera en el
cuarto era la señora Robinson. Una búsqueda más detallada en la oficina del señor Robinson reveló una mancha de sangre previamente desapercibida.
Los muchachos de Yard decidieron intentarlo de nuevo con Robinson.
Esta vez se quebró y confesó. "Sí, conocí a una mujer en la estación Victoria
y la llevé a mi oficina. La maté y la corté en trocitos".
Robinson explicó que cuando llegaron a su oficina, Minnie le pidió dinero
y le amenazó con montar una escena. Discutieron, después pelearon.
El le pegó y ella cayó al suelo dándose en la cabeza contra una silla.
Robinson dijo que se marchó y estaba sorprendido a la mañana siguiente cuando encontró a Minnie donde había caído. Estaba muerta. Salió, compró unos cuchillos, papel de envolver y un paño de aceite, después de lo cual se dispuso a diseccionar el cadáver.
Scotland Yard nunca creyó la historia de Robinson en su integridad. Recuerde, Minnie había muerto asfixiada, no de un golpe en la cabeza. Forenses expertos pensaron que se le había puesto una mano tapando la boca y la nariz y así cayó inconsciente. Los oficiales creyeron el resto de la historia de Robinson. Había recogido a Minnie
como dijo. Cuando le pidió dinero, se produjo una discusión. Robinson golpeó
a Minnie, dejándola inconsciente. Según yacía en el suelo de la oficina, la asfixió.
Todavía había algunos cabos sueltos. ¿Cómo y por qué una tarjeta de identificación con el nombre de F. Austin, St. Leonards, llegó al baúl? El mismo Robinson contestó esa pregunta. "Lo hice yo. Pensé que eso confundiría a todo el que tenía que
ver con el caso".
Finalmente, llegamos a los tres testigos que fallaron a la hora de identificar a John Robinson. Ellos, simple y llanamente, estaban confundidos. Era Robinson al que vieron. Se trataba de otro ejemplo de errores por parte de los testigos a la hora
del reconocimiento.
El 12 de agosto, 1927, John Robinson fue colgado en la prisión de Pentonville.
Traducción: José Peralta
Ilustraciones: David Márquez davidmarquez@cantv.net |