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Rania de Jordania
La joya del Medio Oriente

Unos dicen que es la nueva Lady Di, otros, la sucesora de Carolina de Mónaco. Rania es la esposa del monarca de Jordania, tiene 36 años, y gracias a su estilo de reinar amenaza convertirse en el símbolo de la mujer árabe.
Idalia De León

Por poco su nombre contiene las mismas letras de la palabra reina. Sin embargo, esa pequeña diferencia no le restó, digamos, buena suerte, para obtener el trono máximo de una monarquía. Se llama Rania y es la soberana de Jordania, quien el pasado junio cumplió siete años de haber recibido la corona que la convirtió en la segunda reina más joven del mundo.

Su bello rostro y su figura esbelta, siempre cubierta con trajes de los mejores diseñadores del mundo, se han convertido en el blanco perfecto para los fotógrafos de las revistas de moda y del corazón. Su agenda repleta de compromisos sociales y caritativos la llevan por todo el orbe, lo que  proporciona el escenario perfecto para que la joven más destacada de la realeza del Medio Oriente robe un poco de la atención que siempre se le propinó a la consentida monarquía europea.

Probablemente, esa continua exposición en los medios de comunicación social es lo que ha llevado a muchos a compararla con la fallecida Lady Diana. Sin embargo, Rania sale al paso para detener esos comentarios afirmando que si bien son muy halagadores, tiene clara conciencia de que a ambas les tocó jugar un rol distinto dentro de las mullidas comodidades de sus palacios: “No somos del mismo país ni de la misma época”. Y es que Rania nunca puede olvidar que entre las responsabilidades de la pareja real figura la de ayudar a mantener la frágil paz en el Medio Oriente.
Rania nació en Kuwait el 31 de agosto de 1970 en el seno de una familia jordana de origen palestino. Luego de que su país fuese ocupado por las tropas iraquíes, la familia Yasín se mudó a Jordania, lugar que le legaría un futuro de cuento de hadas. De clase social holgada, recibió clases de piano y fue criada con estrictas normas de educación, sin saber sus padres que, a la postre, dicha instrucción le serviría para responder a cabalidad con sus roles de monarca. Rania no conoció de restricciones económicas, pero a diferencia de las jóvenes de su condición social, que suelen estudiar en Europa o Estados Unidos, ella se formó en la Universidad Americana de El Cairo, Egipto, donde obtuvo la licenciatura en Administración de Empresas.

Cuando conoció al príncipe Abdalá, descendiente directo del profeta Mahoma y uno de los once hijos del fallecido rey Hussein, Rania se desempeñaba como ejecutiva en un importante banco de Amán, en Jordania. Y allí, en medio de sus ajetreos de oficina, le fue presentado su actual esposo. La pareja contrajo nupcias el 10 de junio de 1993 y desde ese momento se convirtió en princesa sin sospechar que el rey Hussein decidiría, a último momento, que su heredero sería Abdalá, y que en consecuencia ella se convertiría en reina.

Antes de recibir el cetro, una de las primeras tareas que emprendió fue la de documentarse sobre todo lo referente a la vidas de la princesa Grace de Mónaco y Jacqueline Kennedy, dos personalidades que, fusionadas, armaban la imagen y la personalidad que Rania quería proyectar. Además, tenía muy claro a quien iba a sustituir, a la reina Noor de Jordania, una bella arquitecta estadounidense de origen siriolibanés, quien llegó a convertirse en una figura importante dentro del mundo árabe porque, entre otras cosas, marcó —con la anuencia de su esposo, el rey Hussein— el camino para la futura modernización de Jordania. Pero no todos aplauden ese cuidado de la imagen que obsesiona a Rania; hace poco el más prestigioso —y ácido— especialista en realeza de España, Jaime Peñafiel, criticó a Rania porque “en vez de querer ser la Jackie Onassis del Medio Oriente, debería ocuparse más del conflicto que aflige a su pueblo, siendo ella de origen palestino”.

A pesar de los profundos cambios que experimentó Rania a partir de la coronación, quienes están cerca de ella afirman que la reina se ha esforzado para que su familia lleve una vida normal, y para que sus hijos Salma, Hussein, Imán y Hashem (entre doce y un año de edad), crezcan como cualquier otro habitante de Jordania. Dicen que cuando no está de viaje cumple su rutina de madre moderna. Se levanta muy temprano y alista a sus pequeños para llevarlos ella misma a la escuela. No permite que su prole reciba el trato de “sus altezas reales” y tampoco somete a sus niños a los exigentes y protocolos palaciegos. Un dato más que refleja la diferencia que quiere marcar es que la familia real sigue viviendo en la casa de cuando aún eran príncipes, la mansión Al Barakah.

Bella con alma
Los lentes de los fotógrafos captaron las lágrimas de Rania cuando lloraba frente a los restos de las torres gemelas de Nueva York, las cuales fueron derribadas por practicantes de la misma religión que ella profesa, el islamismo. Sin embargo, lejos de coincidir con las ideas de algunos de sus compañeros en la fe, la reina expresó que el atentado es “una herida que ha sido hecha al mundo en general, pues los terroristas no representan el Islam sino el espíritu del mal”. A los fundamentalistas, como es de suponer, no les simpatizan mucho que digamos las actividades y costumbres de la chica —y mucho menos sus opiniones—, y han alzado su voz para señalar que Rania jamás ha lucido dos veces uno de sus trajes. Gritan “abajo el despilfarro” cada vez que la reina cumple algún compromiso público. En realidad, que Rania sea criticada por los fundamentalistas apenas confirma la tradición: Jordania es un país del Medio Oriente que —gracias al difunto Hussein— consolidó una política de “neutralidad” en medio del conflicto de los países árabes contra Estados Unidos e Israel, lo que siempre molestó a los árabes radicales.

Pero más allá de la justeza o no de estos reclamos se entiende que esta joven que viste con jeans a la cadera no concuerde con las ideas arcaicas que la rodean. Se empeñó en acompañar a su marido a una reunión con la comunidad de los Cimitarras, cuyo conservadurismo es de antología. Como era de esperar, durante el evento Rania sufrió varios desplantes por su condición de mujer, pero salió fortalecida de la empresa porque fue su manera de decirle al Medio Oriente que las mujeres debían empezar a ocupar un lugar distinto dentro de la sociedad. Exigente tarea en la que no está sola, pues la esposa del presidente de Siria, Asma Al Assad, también es abanderada en la lucha a favor de la modernidad en la región, y quien por cierto no vacila en apoyarla públicamente diciendo que Rania constituye un fuerte mensaje para la mujer árabe.

Tiempo atrás expresó a la revista Hola: “Nuestro país se afianza todavía en valores ultraconservadores. No hablamos casi nunca de los abusos sexuales a los menores, y existen. Lo mismo sucede en el sector de la salud. Espero que Jordania se convierta en un modelo de transparencia en ese ámbito”. l

Soberana del buen gusto
Le dicen “la soberana de las mil marcas”, pues en su guardarropa es muy fácil encontrar trajes de las principales casas de la alta costura europea. Dior, Ralph Lauren, Valentino, Gucci, Chanel, Prada, son apenas algunos de los nombres impresos en las etiquetas de sus vestidos Y no se trata únicamente de que la dama tenga los modos para alcanzar dicho atavío (ninguno de sus modelitos de fiesta baja de los 20 mil dólares), sino que está dotada de un excelente buen gusto que la lleva a seleccionar sólo aquello que le luce —es decir, todo, porque posee una esbeltísima figura— y que la convierte en una de las mujeres más elegantes del mundo. Este es un aspecto en el que hay consenso, pues Rania lleva años engrosando las listas de las mejores vestidas del planeta, y este año formó parte, nuevamente, de los 20 personajes mejor vestidos de la revista Vanity Fair.

A Rania se le aplaude haber logrado encontrar un delicado equilibrio entre la distinción y lo chic, entre lo tradicional y lo moderno. Dicen que manda a adaptar sus trajes típicos con detalles característicos de la moda occidental. Pero como toda mujer que se precie de ser moderna, es vanguardista y arriesgada. Por este rasgo de su personalidad fue blanco de críticas cuando asistió a la boda del Príncipe Felipe y Letizia Ortiz luciendo una falda larga de tul malva, una discreta blusa blanca de seda (ambas piezas de Givenchy) y sin tocado, con lo cual rompió el protocolo de los matrimonios celebrados de día.

Pero ella sabe interpretar lo que está de moda y lo adapta a la perfección. Por todo esto dicen que es la sucesora de Carolina de Mónaco.

FUENTES CONSULTADAS: WWW.QUEENRANIA.JOWWW.JORDAN-EXPLORER.COM  WWW.HOLA.COM

FOTO: AP/BERNAT ARMANGUE

 


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