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Felices de la vida
En estos días, a los
optimistas se les suele tildar de ilusos, superficiales o de personas
ingenuas que no perciben los problemas ni las dificultades objetivas
de la realidad. Ahora bien, ¿es siempre el optimismo un ingenuo
querer ver las cosas mejor de lo que realmente son? He aquí
un compendio bibliográfico (y festivo) del asunto.
Adriana Gibbs
Que vivimos una época pesimista.
Que el reconocerse optimista es un síntoma de debilidad mental
—el filósofo alemán Arthur Shopenhauer calificó
al optimismo de falso, trivial y pernicioso—. Que el pesimismo
tiene prestigio intelectual. Todo esto lo apunta el prolífico
autor español, José Antonio Marina, quien a pesar
de todo ello, se confiesa optimista: “Sí, vivimos gracias
a los optimistas. Cada una de las ventajas sociales o jurídicas
o políticas de las que disfrutamos fueron defendidas en su
origen por algún optimista que iba en contra del sentido
común de su época”, declaró el filósofo
al diario El Cultural.
Cuando se señala a alguien
como muy optimista, sostiene el autor mexicano Francisco Ugarte,
a veces se piensa en una persona ilusa o, incluso ingenua, que no
percibe los problemas ni las dificultades objetivas de la realidad,
sino que lo ve todo superficialmente. Ahora bien, ¿es siempre
el optimismo un ingenuo querer ver las cosas mejor de lo que realmente
son?
Como todas las disposiciones
favorables —continúa Ugarte— ha de estar fundado
en la realidad —es decir, en la verdad—, para que sea
consistente. No puede basarse en una visión falsa sobre uno
mismo y sus posibilidades, pues se está entonces ante un
optimismo ingenuo e inestable. En el otro extremo está la
polarización que conduce al pesimismo: la disposición
de ver el vaso “medio vacío” en lugar de “medio
lleno”.
Para el psicólogo Alberto
Enrique Aquino, el optimismo facilita la expresión de la
inteligencia emocional: “Ante un evento cualquiera, una predisposición
pesimista puede hacer más probable que la persona se sienta
ansiosa, mientras que una actitud optimista puede hacerla sentir
más tranquila y confiada”. Lo curioso, continúa
Aquino, es que tanto pesimistas como optimistas experimentan en
la vida las mismas dificultades y adversidades. La diferencia está
en la interpretación que se le da a esos sucesos, pues ambos
tienen estilos explicativos totalmente distintos. El optimista tiene
una interpretación muy saludable de los contratiempos que
se le presentan. El pesimista ve el fracaso como algo permanente,
generalizado y personal, mientras que el optimista lo ve como algo
temporal, específico y no personal.
Pero la diferencia principal
está en lo que hacen con lo que les pasa. El pesimista suele
atribuir el fracaso a algo inherente a sí mismo, a algo que
no puede cambiar y lo único que hace es lamentar su “suerte”.
Por su parte, el optimista ve los obstáculos como circunstancias
manejables. Para este último los errores son oportunidades
para aprender; y suele actuar por la expectativa del éxito
en lugar de paralizarse por el miedo al fracaso. Es por ello que
se atreve a tomar más riesgos.
Sin ánimo de ser nota
melancólica, el filósofo francés Gustave Thibo
advierte que hay un optimismo y un pesimismo tan vulgares e irreflexivos
el uno como el otro, porque juzgan el mundo desde la situación
personal del momento: “Si se está alegre, todo se ve
color de rosa; y en cuanto surge la menor contrariedad, todo se
vuelve negro. Bernanos decía que el optimista es un imbécil
alegre y el pesimista un imbécil triste”, escribe.
En esta misma línea, la psicóloga estadounidense Shelley
Taylor, plantea la existencia del optimismo irrealista, el cual
puede interferir con la percepción objetiva de riesgos externos
evitando que las personas tomen las medidas necesarias para evitarlos.
Otros estudiosos del tema suelen
coincidir en que la persona feliz es realista; es decir, tiene los
pies en la tierra, se identifica consigo misma y con las propias
circunstancias; sostienen que la felicidad nace de la conformidad
íntima entre lo que se quiere y lo que se vive; y que quienes
no logran vincular estos dos aspectos entran en conflicto y viven
deseando siempre algo distinto de lo que les corresponde.
Gozosa evidencia
Sobran las razones para no dejar el optimismo al margen. Para empezar,
se ha comprobado que influye en la salud física. Investigadores
lo asocian con un enfrentamiento más exitoso a las enfermedades.
Uno de estos investigadores, Segerstrom, sostiene que los optimistas,
al enfrentarse a diferentes agentes estresantes, experimentan menos
ánimo negativo y comportamientos de salud más adaptables,
y una condición inmune mejor.
En un estudio realizado con 122 hombres que
tuvieron un primer ataque cardíaco, fue evaluado su grado
de optimismo o pesimismo. Ocho años después, de los
25 hombres más pesimistas, 21 habían muerto; y de
los 25 más optimistas, sólo seis habían muerto:
“Su visión mental demostró ser un mejor pronosticador
de la supervivencia que cualquier otro factor de riesgo, incluido
el grado de daño sufrido por el corazón en el primer
ataque, bloqueo de arterias, nivel de colesterol o presión
sanguínea”, refiere Daniel Goleman, autor del bestseller
La inteligencia emocional.
Pero hay más. Investigaciones diversas
han demostrado que el ser optimista reporta importantes beneficios
en el bienestar mental y corporal. Se ha encontrado que estas personas
tienden a enfermarse menos, cuentan con un sistema inmunológico
que opera mejor y que, a la larga, viven más tiempo. El costo
de ser pesimistas, por el contrario, es muy alto. De acuerdo con
el estudio realizado por un equipo multidisciplinario liderado por
Raeikkoenen, los adultos pesimistas y ansiosos tienen niveles más
alterados de presión sanguínea. Desde una perspectiva
psicofisiológica, el darse por vencido y alejarse, característico
de los pesimistas, y el esforzarse continuamente, característico
de los optimistas, son los rasgos que difieren los tipos de reacción
al estrés.
En una investigación de Carver y otros
psicólogos, en mujeres con cáncer de mamas, se vio
que las optimistas no se dan por vencidas, enfrentan las adversidades
con continuo esfuerzo y, aunque saben que el cáncer es un
gran golpe, asumen que es una situación que se puede manejar
y esperan un buen desenlace.
Durante más de diez años, los
psicólogos David G. Myers (Hope College de Michigan) y Ed
Diener (Universidad de Illinois) estudiaron el tema de la felicidad.
Entre los resultados del estudio, se destaca que uno de los cuatro
rasgos característicos de la persona feliz es el optimismo.
No concluyen si este es causa de la felicidad o viceversa, simplemente
consignan el hecho: quien es feliz es optimista.
Alegre compendio
Diversas disciplinas han mirado el tema, y los psicólogos
han hecho toda una fiesta de definiciones. Grant lo entiende como
la inclinación de los individuos a esperar resultados favorables
y positivos de la vida. Para Carver es un aspecto de la personalidad
que determina el bienestar subjetivo del individuo: “Las personas
optimistas enfrentan de mejor manera la adversidad, tratan de rescatar
lo positivo de ésta y de aceptarla, y en general mantienen
mejores expectativas frente al futuro, al tiempo de enfocar sus
esfuerzos sobre los aspectos de la vida que sí son susceptibles
al cambio”, escribe el psicólogo.
Al comparar la actitud de optimistas
y pesimistas, Sanna y otros psicólogos observaron que los
optimistas actúan y luego evalúan su desempeño,
a diferencia de los pesimistas que están constantemente evaluando
su accionar y tienen expectativas más negativas sobre el
futuro.
Segerstrom diferencia dos tipos de optimismo:
el disposicional y el situacional. El primero se refiere a una manera
constante de enfrentar los hechos; es decir, un estilo de enfrentar
la vida que involucra una disposición positiva. El segundo
es el mecanismo que surge frente a un evento estresante y que permite
enfrentar de mejor forma la situación.
Ugarte asegura que se trata de una elección
personal: “Ser optimista depende de la actitud que cada quien
adopte ante la realidad; incluso la felicidad es, en buena medida,
fruto de una elección. Lo expresa bien el proverbio inglés:
‘Dos hombres miraban al exterior a través de los barrotes
de la prisión. Uno veía el lodo, el otro las estrellas’.
Si bien el temperamento puede inclinar a ver la vida de determinada
manera, ser optimista o pesimista depende, sobre todo, de una opción
personal, que determina el modo de percibir e interpretar la realidad:
“Con la misma uva se obtiene el vino y el vinagre. Se debe
tomar una decisión. En cada quien no caben dos tipos de fermentación:
o se escoge el vinagre de la amargura o se prefiere el vino de la
alegría. A cada uno corresponde hacer su propia y personalísima
opción”, escribe.l
Trazos
de buena vibra
Oswaldo Dumont, ilustrador de El
Universal, responde:
¿Cree en el optimismo? ¿Algún gesto
suyo de optimismo? ¿Algún trazo?
“Soy
optimista. Claro que a veces uno pierde las ganas, con toda
la situación del país, la economía... pero
soy de los que creen que no deben perderse las esperanzas, y
a mí, entusiasmo no me falta para echar pa’lante,
pues sé que en algún momento vamos a alzar vuelo.
En mi caso, soy de los que salen a la calle tratando de hacer
las cosas bien, lo mejor que puedo, pues creo que eso genera
buena vibra. Uno no se puede quedar a esperar resultados externos...
Cuando manejo, cuando estoy en alguna diligencia, o de compras,
cumplo las normas básicas de convivencia, y en mi relación
con los otros”. |
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La
alegría de los pequeños detalles
Eduardo Rodríguez, conductor
en Unión Radio y en la emisión meridiana
de El Informador, se confiesa como optimista y revela
sus estrategias para mantener el buen ánimo:
“Nada más letal para mi ánimo que una mala
cara, un saludo tibio, un rostro indiferente; por eso trato
de potenciar las buenas expresiones corporales y faciales: para
mí, una sonrisa, saludar enérgicamente, y estrechar
las manos, son prácticas a las que les pongo mucha atención.
Soy de los que cree que de nada vale tener todo en orden en
la casa o en la oficina, si vas a tener una mala cara. Para
mantenerme alegre, trato de hacer de los pequeños detalles,
grandes expectativas; es decir, me encanta a mitad de la semana
pensar qué voy a hacer el fin de semana. Generalmente
son planes familiares; por ejemplo, disfruto mucho el apartamento
de mi suegro en La Guaira. Eso de ir para allá los fines
de semana representa para mí toda una tregua: ver el
mar, disfrutar de su sonoridad, sentir su aroma es una fuente
de energía incomparable. El secreto radica en celebrar
lo bueno de los pequeños detalles; ellos activan la alegría,
la sensación de plenitud”. |
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Grados
de optimismo
Norah Suárez, la conocida actriz
de Radio Rochela, respondió el siguiente test:
1. ¿Ha confiado en alguna ocasión en el azar
a la hora de hacer un viaje?
“Sí, me encanta la libertad a la hora de viajar.
Por eso no me gustan los tours ni los cruceros”.
2. ¿Le gusta apuntarse en proyectos arriesgados?
“Depende... en cuestiones de trabajo, sí”.
3. ¿Existe algo que le impida disfrutar de la vida?
“Sí, hay asuntos que no han salido como los esperaba”.
4. ¿Piensa más en lo que tiene que en lo que
le falta.
“Sí, la vida ha sido generosa conmigo”.
5. ¿Sabe de qué color son los tejados de su
calle?
“Sí, rojizos; hace poco los remodelaron”.
6. ¿Dispone de un seguro de vida?
“Sí”. |
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Respuestas:
Entre 8 y 12 puntos:
Es un optimista extremo y su tendencia a ser poco realista quizá
le haga propenso a sufrir desengaños a menudo, a no ser
que realmente sea todo lo afortunado que crea ser.
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Si |
No |
1 |
+2 |
-2 |
2 |
+2 |
-2 |
3 |
-2 |
+2 |
4 |
+2 |
-2 |
5 |
+2 |
-2 |
6 |
-2 |
+2 |
Entre 0 y 6 puntos:
Es un optimista equilibrado, y ello le hace ver la vida con
una gran dosis de alegría, pero sin efusiones descontroladas.
Entre –2
y –8 puntos: Es un pesimista, aunque todavía
se puede considerar recuperable ¡Anime esa cara!
Entre –10 y –12 puntos:
Es un pesimista en toda regla. Evite los pensamientos negativos
automáticos y plantéese pequeños logros
cotidianos. |
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| ¿Aprender a ser
optimista? |
A pesar de que existe
un buen número de razones para pensar que ser optimista
está determinado, en una parte, por la herencia y,
en otra parte, por experiencias tempranas, para el psicólogo
Martin Seligman existe la posibilidad, incluso en etapas maduras,
de aprender a ver las cosas de otra manera: “el optimismo
es sensible al aprendizaje”.
María Dolores Avia y Carmelo Vázquez, profesores
de Psicología de la Universidad Complutense de Madrid,
han investigado en esta materia y proponen pautas para cultivar
el optimismo:
– Ponerse metas alcanzables y con sentido:
Toda felicidad surge del impulso y deseo natural de cosas
posibles. Las personas optimistas no formulan deseos grandiosos,
sino que anhelan cosas al alcance de la mano. Son capaces
de dar algún valor a lo que hacen (estudiar, trabajar,
educar a los hijos...), dotan de sentido a lo que hacen y
se entusiasman con ello.
– Atreverse a ser valientes: El filósofo
español Fernando Savater ha dicho que “el coraje
lo es todo o por lo menos, la sazón de todo”.
Vale la pena atreverse a hacer algo ante lo cual se sienta
miedo (hablar en público, bailar...), pues esto afirma
la seguridad en sí mismo.
– Aceptar la propia realidad: El reconocimiento
ácido y excesivamente crítico de nuestras imperfecciones
está muchas veces unido a un sentimiento penoso: la
envidia. Compararse con
los demás es absurdo.
– Educar la capacidad de goce: Hace falta entrenar
la capacidad de disfrute de lo placentero. Saber disfrutar
con un libro, una comida, un paisaje...
– Desarrollar el gusto por el juego y la travesura:
Cultivar el humor todo lo que se pueda, ya que es un ingrediente
muy eficaz que ayuda a tolerar el estrés y lo reduce. |
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