| ¡La de vueltas que tuvimos que
dar aquellas tardes al regreso de un playazo! Todo con el objeto
de encontrar un cybercafé abierto que le permitiera internarse
en la colección de cartas que mansamente la esperaban en
su e-mail. El siglo XIX venezolano entero habría palidecido
frente a tan fino tono, el amor cortés en pleno se sonrojaría
por aquel estilo conmovedor, lleno de afectaciones, con el que su
amante virtual iba seduciendo astuta y paulatinamente a la cándida
dama, mediante artilugios, juegos verbales que iban acorralando
perversamente la presa que, más pronto que tarde, habría
de caer en su madeja.
En aquellas vacaciones, antes de dirigirnos
a Playa Guacuco o El Agua, husmeábamos cuanto cyberanuncio
veíamos, para así realizar la consulta matutina y,
acto seguido, enrumbar hacia nuestro asoleado destino, donde sabíamos
del acto bufo que nos esperaba a orillas del mar, entre oleajes
y palmeras bamboleantes a ritmo de polo margariteño, y que
adornaban con ironía las cabriolas efectuadas primorosamente
por nuestra amiga, con el único fin de lograr una barra más
en su celular. El estrés reinaba y el sudor se paseaba plácidamente
por nuestros cuerpos aceitados mientras veíamos una danza
digna de Las Sílfides interpretada entre palmeras. Una vez
rastreado el ángulo correcto, salíamos corriendo los
niñitos y nosotras para sentarnos —¡por fin!—
a aliviar nuestras tensiones y disfrutar merecidamente de nuestra
estancia en la isla.
Las visitas a la playa se convirtieron, pues,
en una auténtica tortura inicial en aquellos días
de agosto en los que todo dependía de unas cuantas misivas
internáuticas y de la brújula en que se había
convertido su añejo celular. Ella nos indicaba el sitio ideal
para acampar, sin importar la mejor sombra o el toldito con tumbonas
en perfecto estado que pudiera haber alrededor. Lo prioritario estaba
en el número de barras que señalara la dichosa pantallita
de cristal, así tuviéramos que sentarnos en plena
intemperie y con los niñitos recibiendo la muy famosa pepa
e’ sol de las doce.
Ya instalados, comenzaba una despreocupada
espera por el zumbido del teléfono que, en cuanto retumbaba,
hacía que la vida se detuviera y todo ocurriera en una especie
de cámara lenta que la hacía ver a su hijo bañarse
en la playa con un oleaje que irrumpía pausadamente y las
goticas que despedían las olas caían con una banda
sonora de fondo como de hombre nuclear doblando los rieles de un
tren. El tiempo, junto con su celular, se detenía para que,
luego, al oprimir end, todo volviera a la normalidad de un día
de playa.
Así fueron transcurriendo las sigilosas
llamadas en instantes impredecibles, infinitas horas de consulta
en su buzón de internet para leer y escribir cartas que gradualmente
iban pasando de un tono sentimental a otro, cargado de erotismo.
Un día surgió la oportunidad de un viaje relámpago
por razones de negocios. Había que dejar la isla y viajar
sola a Caracas apenas por tres días. Mientras distraídamente
atravesaban el pasillo de cereales de un supermercado, su amiga
dejó entrever, con sutileza, el tema de los preservativos.
Y, ¡cómo olvidarlos! Los mismos se encontraban dos
pasos más allá esperando risueños e inquietos
en estuchitos dispuestos justo al lado de la cajera, quien descuidadamente
los facturó entre la leche descremada y los Sugar Pops. El
resto fue soplar y hacer botellas: depilación dos días
antes del encuentro, ropa íntima acorde con la circunstancia,
limpieza de cutis e hidratación de la piel y perfume en zonas
estratégicas. Llegó el esperadísimo evento,
el súmmum, el instante ansiado por toda mujer, cuando, en
el preciso momento en que se entretejen gemidos y alientos, se escucha,
enfático, el tono de su celular. Cada vez más insistente
su repiqueteo, no queda otra salida que la de atender lo inevitable.
Mientras, su exmarido, al otro lado, insinuante, la invita a que
se encuentren furtivamente en un café del boulevard. l
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