Enriquecidos
con una intención
Los “alimentos funcionales” están acaparando los anaqueles de los supermercados del mundo desarrollado, donde el interés por una “nutrición óptima”, en sustitución de una “nutrición adecuada”, ha tenido eco en boca de quienes se toman su tiempo en cuidar lo que comen. María Elisa Espinosa
Miles de personas, millones más bien, han comido durante toda su vida yogur, leche, huevos y cereales, y lo más seguro es que lo hayan hecho —y lo sigan haciendo— sin siquiera sospechar que se trata de “alimentos funcionales”. Un concepto acuñado en tiempos del nuevo milenio, aunque más común de lo que pudiera pensarse.
Están allí, en los anaqueles o neveras de siempre, muchos de ellos luciendo etiquetas donde se identifican propiedades que podrían seguir pasando desapercibidas, si no fuera porque la industria alimentaria tomó la decisión de destacarlas en sus nuevas líneas de productos “enriquecidos” o “modificados”.
En esa lista se incluyen yogures fermentados con cultivos probióticos que mejoran la función intestinal y fortalecen el sistema inmune; margarinas enriquecidas con fitoesteroles y huevos ricos en ácidos grasos omega 3 que ayudan a reducir los niveles de colesterol “malo”; además de leche enriquecida con calcio para prevenir la osteoporosis, por mencionar apenas algunos.
Aunque en Venezuela todavía no ha hecho verdaderamente boom! esta tendencia, se pueden ver ciertos productos en cuyos envases se explotan bondades que perfectamente los hacen encajar en la categoría de alimentos funcionales. Ahora bien, en el caso de Europa, y de más está decir que también de Estados Unidos, el asunto ha permanecido en el tapete —o mejor decir, en los pasillos de sus inmensos y muy variados supermercados— desde finales del siglo pasado. Qué decir de Japón, donde sus habitantes llevan décadas consumiendo estos productos, precisamente por confiar en las propiedades positivas que detentan.
Hacia un saldo positivo
Los expertos en la materia coinciden en decir que un alimento se puede considerar funcional “si se demuestra científicamente que beneficia una o varias de las funciones orgánicas, mejorando el estado general de salud y reduciendo el riesgo de padecer enfermedades”. A lo que también le agregan una advertencia: “Un alimento funcional debe seguir siendo un alimento y debe demostrar sus efectos en las cantidades normalmente consumidas dentro de una dieta”. Es decir, hasta ahora no hay razones para pensar que comiendo doble o triple ración de tal o cual alimento la salud mejorará.
En dos platos: los alimentos funcionales no dejan de ser alimentos, pero se han elaborado para aportar elementos específicos que resultan beneficiosos para la salud y que se suman a los nutrientes tradicionales que la propia naturaleza ya les ha dado. Más allá de eso, sería exagerado otorgarles otras características que los erijan en “alimentos milagrosos”.
En total consonancia con esto, algunos estudiosos sobre el tema dan cuenta de que, más allá de los beneficios que pudieran ofrecer, los alimentos funcionales no curan ni previenen por sí solos, como tampoco son indispensables. En este sentido, se extienden asegurando que una persona que siga una dieta balanceada ya de por sí está ingiriendo los nutrientes suficientes que requiere el organismo. Y si a esto se le suman otros hábitos de vida saludables, como la práctica regular de ejercicios, disminución del estrés, no fumar ni exagerar en el consumo de bebidas alcohólicas…, no quedan dudas de que la ecuación definitivamente resulta en un saldo positivo.
Pero no se vaya a pensar que el interés por los alimentos funcionales surgió así como así, de la nada. Todo ha coincidido con los cambios propios experimentados en la manera de abordar el tema de la nutrición. Atrás parece haber quedado el concepto de “nutrición adecuada” (es decir, aquella aportada específicamente por los nutrientes de los alimentos, como los hidratos de carbono, proteínas, grasas, vitaminas y minerales), siendo sustituido a partir de 1999, aproximadamente, por el de “nutrición óptima”, es decir, aquella que incorpora al concepto anterior el aspecto de la potencialidad o capacidad de los alimentos para promocionar la salud y reducir el riesgo de desarrollar enfermedades. l
mespinosa@eluniversal.com
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l Alimentos enriquecidos con hierro, yodo, ácido fólico, ácidos grasos (omega-3 y omega-6), calcio y vitaminas A y D pueden ejercer beneficios desde la adaptación de la madre durante la gestación, el desarrollo fetal, el crecimiento y el desarrollo del lactante y del niño.
l Se recomiendan alimentos de bajo contenido energético, enriquecidos con omega-3 o con fibra, así como bebidas y productos específicos para deportistas, para el mantenimiento de un peso adecuado, así como para el control de los niveles de azúcar, de colesterol y triglicéridos.
l Productos enriquecidos con vitaminas C y E, betacarotenos, selenio, cinc y fitoquímicos o sustancias propias de vegetales, actúan como una barrera frente al efecto negativo de los radicales libres sobre el ADN, las proteínas y los lípidos del cuerpo, por lo cual su consumo contribuye a reducir el riesgo de enfermedades cardiovasculares, degenerativas e incluso el cáncer.
l Alimentos enriquecidos con ácidos grasos monoinsaturados, poliinsaturados (omega-3 y omega-6), con sustancias de acción antioxidante, fitoesteroles, ciertas vitaminas del grupo B (B6, B9, B12) y fibra, contribuyen a reducir el riesgo de enfermedades cardiovasculares.
l Alimentos probióticos (yogures y otras leches fermentadas con bacterias ácido-lácticas), prebióticos (alimentos con fibra soluble como los fructo-oligosacáridos), así como aquellos enriquecidos con fibra soluble e insoluble o ricos en fibra (legumbres, frutas frescas y deshidratadas, frutos secos y cereales de grano entero y productos que los incluyen como ingrediente) ejercen una función positiva en el tracto intestinal.
l Alimentos ricos en fibra o enriquecidos con fibra; con aminoácidos específicos; con sustancias excitantes del sistema nervioso (como cafeína y ginseng) o tranquilizantes (como melisa), tienen propiedades favorables con relación a la sensación de saciedad, rendimiento cognitivo, humor, vitalidad y manejo del estrés. |
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Fuentes consultadas: www.eufic.org www.nutrar.com www.hispacoop.es www.consumaseguridad.com
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