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EL VARÓN
incomprendido
Las féminas viven quejándose de las
carencias del macho venezolano, aunque
muchas ni siquiera se preocupan por entender
qué hay debajo del traje
de cromañón con el que
ellos se envuelven.
Un psicólogo y una
novelista se atrevieron
a desnudar el alma
de los hombres
a través de sus libros
Por Efraín Castillo
'El hombre venezolano está en crisis" suelta a quemarropa César Landaeta, psicólogo con 25 años de experiencia y autor de Homo Erectus, el libro con el que intenta lograr que los varones cambien algunos de sus patrones, al menos si desean ser verdaderamente felices. "El hombre ha vivido creyendo que lo que le enseñaron sobre ser hombre es correcto y, por lo menos durante 200 años, la sociedad se ha encargado de ratificar esa percepción. Como consecuencia, el varón ha descuidado su crecimiento personal y la comprensión de su mundo psicológico y afectivo, y se ha confiado en su fuerza para mantener una supuesta superioridad sobre lo femenino. Esto me parece un grave error, porque en los últimos 40 años la mujer ha crecido muchísimo desde el punto de vista social y personal y el hombre no se ha adecuado a eso".
Para Landaeta, "ser hombre no es nada fácil" por varias razones: para formar su personalidad tiene que desprenderse de su madre y de su lado femenino, debe identificarse con su padre y perderle el temor y, finalmente, orientarse hacia la mujer sin pensar en ella como su madre. ¿Complicado, no? Pero el autor agrega que eso no es todo, porque, desde su nacimiento, el hombre es criado casi contra su propia naturaleza, cuando se le va mutilando desde la infancia una facultad fundamental para su crecimiento sano: el derecho a sentir. "La familia tradicionalmente ha sido homofóbica. Se cría al hombre violento y a la mujer llorona. Eso es un estereotipo que se mantiene porque la familia le teme tanto a la homosexualidad que termina creyendo que la represión de las emociones es una garantía de heterosexualidad. Los padres crían a los varones reprimiéndoles las emociones que develen 'debilidad', como la tristeza o el llanto. Sin embargo, se les entrena para ser agresivos. Al muchacho se le cría a lo rudo, a la fuerza, y así aprende que sus emociones más íntimas como la tristeza, la compasión, la sensibilidad o la empatía son algo femenino e incluso gay".
¿La consecuencia? Pues un adulto que, por lo general, no está preparado para entender que llorar no es malo o que abrazar y expresar cariño no significa perder virilidad. Un hombre que termina atrapado en su aprendida concepción de lo que es ser macho. "El varón adulto vive en una constante lucha cuando se enfrenta a emociones que se supone no debe sentir. El hombre entra en conflicto cuando se pone triste, porque se supone que no debe llorar. Y como la mayor parte de los hombres no maneja sus emociones, tiende a defenderse de ellas y a transformarlas en otras que supone socialmente aceptadas. Así, transforma la tristeza en rabia (se muestra molesto, no triste), transforma el miedo en agresividad, y vive constantemente una contradicción que lo agota y lo puede llevar al colapso nervioso o físico. Eso que llaman estrés está determinado por los problemas del mundo, pero si, además, se combina con contradicciones en la personalidad, aumenta la neurosis personal, las dificultades de pareja, genera un sistema familiar tensionado y un problema a largo plazo".
Cada día nacen en el país 911 varones. ¿Cuántos de ellos terminarán reprimiendo sus emociones?
Atrapado en el "tienes que"
"Lo que ella no sabe es que sus cuatros hijos somos un grupete de amargados infelices, que vivimos de aparentarle que somos lo que ella espera que seamos
y que su hijo predilecto, es decir yo, se va a volar los sesos en su próxima
cena de fin de año".
Éstas son las palabras de Adriano Mendoza, un hombre ejecutivo promedio de Caracas, divorciado, clase media, bien parecido y exitoso profesionalmente, con una novia joven y linda. Sin embargo, es un hombre que ha tomado la decisión de acabar con su vida porque no es feliz, a pesar de que lo tiene todo (al menos, aparentemente). Mendoza es el protagonista de Sí, Mami..., la segunda novela que Adriana Pedroza publicó en noviembre y que retrata, desde la ficción, la realidad del hombre venezolano, luego de entrevistar a 67 caballeros. Pedroza se colocó en la cabeza de un hombre y escribió en primera persona esta historia en cuyas páginas queda establecido, con mucho humor negro de por medio, que el varón de este país está lleno de complejos. "Sí, el hombre venezolano está lleno de complejos impuestos por las normas sociales. A los hombres, desde pequeños, y dependiendo del estrato al que pertenezcan, les plantean las metas para alcanzar la felicidad. El hombre va cumpliendo ciertos requisitos sociales que le plantea su familia, después su círculo social o su círculo de trabajo, y va limitando su vida a ciertos patrones aprendidos, a ciertas conductas obligatorias que están supuestamente hechas para que sea feliz. Al hombre se le enseña una receta para ser exitoso, pero al final se le está enseñando a vivir con una máscara, a no expresar sus emociones, porque se supone que eso va a garantizar que cumpla los objetivos en su vida. El resultado: un ser humano que no tiene espacio para ser él mismo".
La creadora de Sí, Mami... agrega que este contexto conduce a una de las conductas, para ella, más repetidas en los varones de este país. "Debido a los condicionamientos sociales, los hombres viven de la apariencia. Y eso ocurre en todos los niveles, desde el muchachito de supermercado que tiene un celular último modelo hasta el malandro del barrio que tiene como símbolo la moto más ruidosa, o el hombre que se compra el carro más caro. Todos buscan símbolos para parecer algo que realmente no son, de acuerdo a lo que aprendieron que deben ser. El patrimonio del hombre venezolano está en sus cosas, no en su persona".
El "otro yo", la infidelidad y el sexo
Una de las quejas más frecuentes de las mujeres (y uno de
los comentarios más recurrentes entre hombres) es que la fidelidad sexual masculina es casi una utopía. ¿La razón?
El psicólogo César Landaeta habla del poder del "otro yo"
del hombre. "Para el hombre, el pene es un órgano externo
con manifestaciones independientes o vida propia. Por eso
ha tratado a su pene como otro yo, que muestra y que exhibe como un símbolo de fuerza y poder, que además debe ser atendido en sus demandas". Y es que según Landaeta, el hombre deposita en el sexo toda la fuerza de su personalidad
e, incluso, sus emociones. "En su mente, el hombre tiene activo aquel mensaje de
su otro yo, según el cual todas las mujeres son potenciales compañeras sexuales", dice Landaeta en su libro Homo Erectus, a lo que agrega: "Siempre he sospechado que la exagerada importancia que el varón le da a la sexualidad es, en cierta
medida, una forma de manejar sentimientos que no puede expresar de otro modo".
Es decir, el hombre termina descargando en el acto sexual todo lo que le dice su corazón, pero que no puede manejar. "Cuando el hombre deposita sobre su órgano esas emociones que debería tener en su corazón o en su estómago está evadiendo la posibilidad de entender y manejar las emociones que a lo mejor siente, como empatía, amor, alegría, y que no puede descargar porque ha aprendido a no hacerlo". Allí podría estar la explicación de la infidelidad permanente de muchos hombres (patológica en algunos casos). "Si el asunto se queda únicamente en el sexo, el varón termina satisfaciendo las necesidades fisiológicas, pero no las emocionales. Y eso termina dejándolo vacío. Por eso el hombre promiscuo nunca tiene paz mental, porque sólo hace una descarga física, animal. La mejor descarga es la emocional. Un hombre que tenga una relación sexual ligada a elementos simbólicos emocionales tiene mucha más tranquilidad".

"Los hombres viven de la apariencia... todos buscan símbolos
para parecer
algo que no son"
Adriana Pedroza
Miedo a ser, miedo a perder
"¿Qué hay detrás de la máscara?,
me preguntó mientras pasaba mi
mano por mi cara. ¿Qué máscara?,
le pregunté confundido. Ésa, la de
tipo perfecto. Te da un miedo
horrible ser tú mismo". Sí,
Mami... Página 101
Adriano (el protagonista de la novela de Pedroza) tiene la novia "perfecta", pero un día conoce a Caterina Ivanona, una escritora de cuentos eróticos que le rompe los esquemas, le hace sentir cosquillas en el estómago y de la que hasta podría estarse enamorando. Sin embargo, él asume que no podría llegar a algo serio con ella, porque la chica es "impresentable"; es decir, no cumple los requisitos sociales exigidos y, además, le hace perder el control. Para la autora del libro, éste es el miedo más profundo del hombre promedio.
"Un lector español me escribió y me dijo que todos los hombres en su vida habían tenido una Caterina Ivanova. Sin embargo, me dijo que él y sus amigos llegaron a la conclusión de que habían salido huyendo de mujeres como ésa, porque aunque les motivaron, asustan. Al hombre promedio le gusta tener dominio y saber cómo puede manejar la relación. Además, un hombre promedio no puede permitirse una relación como la de Caterina Ivanova, porque en ella intentan desenmascararlo, y por más que tenga unas ganas locas de conocerse a sí mismo, termina asustado. Es decir, el hombre tiene miedo de encontrar un amor que lo enfrente y lo haga conocerse".
Desde su lente psicológica, César Landaeta coincide en que el macho venezolano tiene un profundo miedo, pero a perder el dominio que, por aprendizaje social, ha creído que tiene. La incorporación de las féminas al mercado de trabajo y su presencia en distintas posiciones de poder parecieran paralizarlo. "Durante los últimos 40 años el hombre ha percibido inconscientemente ese cambio y, en vez de adaptarse, ha creado mecanismos de defensa. La descalificación (expresada en chistes machistas, por ejemplo), la agresión (la violencia física o la consideración de la mujer como objeto sexual), y la agrupación del hombre en torno a sus similares (su participación en "clubes de mangueras", donde se solidarizan entre sí, pues ellas son las malas) son las manifestaciones de defensa masculina ante el temor que da el que las mujeres les igualen o superen".
¿Es el hombre incorregible?
Que quede claro que no es la intención decir que el hombre es una víctima que no puede responsabilizarse de sus actos y a la que hay que perdonar sus errores, porque es cierto que muchas de sus conductas pueden destruir a otros o constituir delitos, aunque tengan explicación. Tampoco es interés decir que el venezolano es un ser sin virtudes que no es capaz de nada bueno, porque son muchos los que demuestran lo contrario.
Por eso el psicólogo César Landaeta habla de la necesidad de entender que la primera responsabilidad la tienen los padres a la hora de formar a los futuros adultos. "El problema es que estamos criando machos y hembras y no seres humanos. Estamos diciendo que el azul es de niños y que el rosado es de niñas o que hay emociones prohibidas a los varones... Yo quisiera que la gente entendiera que estas estupideces no pueden seguirse repitiendo. Hay que construir hombres sensibles, creativos, productivos, sanos, que tengan capacidad de relacionarse con los demás constructivamente. Hombres que sepan que abrazar no es malo, que llorar no es malo... que sepan respetar a las mujeres".
Landaeta invita a los hombres a perder el miedo a explorarse interiormente y a aprender a amar sin complejos. "Si el afecto es lo que construye la personalidad y la vida misma, por qué el hombre va a prescindir de eso. Por qué va a quedarse en la sexualidad vacía y fácil. Si los seres humanos se hicieran cargo de sus emociones sin tener miedo serían más felices".
Desde la experiencia que le dio entrevistar a casi 70 varones, Adriana Pedroza coloca buena parte de la responsabilidad en el hombre, a quien le pide que sea capaz de tomar el riesgo de zafarse de los complejos y condicionamientos sociales. "Cuando admiten que necesitan amar y ser amados se salvan, porque el amor es una experiencia donde no cabe el egoísmo o los convencionalismos. Y más allá del amor de pareja, existe el amor propio. Por eso cuando empiezas a amar a la persona que realmente eres y no a la que le gusta a los demás que tú seas, en ese momento empiezas a rescatarte. Y allí empezará el rescate de la comunidad, del país, de todo. Pero eso es una experiencia que implica tiempo, energía, porque tienes que conocerte a ti mismo".
Para las mujeres que se quejan sobre las limitaciones de sus pares masculinos, Landaeta recomienda una aproximación distinta que permita cambiar los patrones de conducta aprendidos por los varones. "Para entender al hombre, hay que entender que viene de una historia muy complicada y de una crianza que lo ha dejado limitado a la hora de hacer contacto con sus emociones. Supone también comprender sus defensas; saber que muchas veces vocifera porque está asustado, y que como no puede hacerse cargo de esas emociones que están tituladas como negativas o femeninas, actúa de esa manera. En ese contexto, la mujer debería estar pendiente de estas defensas y calmarlo, porque la persona crea defensas cuando está angustiada, y si se aproxima diciéndole que está bien que maneje sus emociones, será más exitosa y contribuirá a que él se entienda y se aproxime sin tanto deseo de posesión o de poder... sin miedo a controlar sus propios miedos".
No todo parece perdido entonces, ni siquiera en la historia de Adriano, el protagonista de Sí, Mami... "No puedo negarlo -dice Adriano. Ella me… no sé qué tiene que me provoca vivir. Si ella fuera capaz de quitarme de la cabeza la idea del suicidio, me quedo con mi loca y con todo lo que eso implica".
efcastillo@eluniversal.com
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