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CRÍMENES MAX HAINES

Hombre,
máquinas
y locura

Él y sus máquinas estaban solitarios.
Una muchacha agradable para
que los acompañara sería perfecto

Cada mañana, John R., de 26 años, quien vivía solo, salía de la cama y se dirigía a un gran cobertizo afuera de la carretera que se encontraba detrás de su casa. Allí el sumiso hombre se convertía en el rey de las máquinas. Éstas eran su obsesión. Poseía y operaba cientos de ellas. Rodeaban las paredes de su granero. Colgaban del techo. Había manijas aquí y otras partes allá. Una prensa de botones activaba los motores. Las ruedas giraban y los timbres sonaban. Todo era muy emocionante, pero había una cosa que estaba mal. Las máquinas eran inútiles. No llevaban a cabo ninguna función. Sólo estaban ahí para el placer de John R. Bridal.

El muchacho limpiaba todos los días sus máquinas. Brillaban bajo su cuidado. En una ocasión el ruido salió del cobertizo, pero nadie le prestó mucha atención. Sólo era John R. tonteando con sus ridículas máquinas. "Un poco de ruido, ya sabes," comentaban los vecinos. "Dejadle en paz, es inofensivo," era otro de los comentarios que se escuchaban sobre él. Durante años John R. estuvo feliz y contento con sus máquinas hasta que se sintió impulsado a compartir su pasión. Él y sus máquinas se sentían solos. Una muchacha agradable para que los acompañara sería lo ideal. ¿Pero dónde viviría ella? Después de pensar y pensar se le ocurrió una idea brillante.

Una fresca noche de enero de 1957 John R. salió a su cobertizo. Usando un pico y una pala excavó un agujero de tres metros de ancho por tres metros de profundidad bajo el cobertizo. Una vez culminado su trabajo John R. se montó en su motocicleta y corrió en busca de su compañera de vida. Vio varias muchachas, pero escogió a la atractiva morena Marjorie Jordan. El perturbado joven siguió a la chica hasta su casa en la calle Ancaster, Elmer End, Kent. La observó desde los matorrales. Vio cómo se desnudaba y se metía en la cama.

Tras esperar un rato para que la joven se quedara dormida, John R. abrió la ventana de su habitación metiéndose adentro. Marjorie se despertó de repente, pero antes de que pudiera gritar, éste le había tapado la boca con su mano. Ella creyó que estaba a punto de ser violada. En vez de eso, escuchó a su atacante decir en voz calma: "Por favor, no te sorprendas. Me llamo John R. Bridal y me gustaría que vinieras conmigo". Y después de pensarlo añadió: "Si te quito mi mano, ¿prometerás no gritar o hacer un lío?". La chica asintió y él quitó la mano de su boca. Ella preguntó: "¿Eres algún lunático?". "No", respondió John R. "Tengo algo en mi cobertizo que seguro te encantará". Marjorie intentó convencer al extraño de que no hiciera nada loco que tuviera en mente. Ella prometió que visitaría su cobertizo por la mañana. El reiteró: "Debo insistir en que me acompañes".

Marjorie sugirió que se fuera de la habitación mientras ella se vestía. John R. se negó. La forzó a vestirse enfrente de él, pero no parecía estar muy interesado en ella físicamente. El joven raptor ayudó a Marjorie a salir por la ventana de su cuarto, la puso en la parte delantera de su motocicleta y se perdió en la noche. Él no se imaginaba que había elegido a la compañera perfecta: Marjorie vivía sola y tenía pocos amigos. Nadie la echaría de menos.

El emocionado muchacho le mostró sus hermosas máquinas a la chica. ¡Pobre Marjorie! Ella simuló admirar las máquinas para aplacar a su perturbado raptor. Ahora que había visto los fabulosos mecanismos sugirió que la llevara de vuelta a casa. Incluso para facilitarle las cosas ella podría irse solita. John R. le explicó que el asunto era que ella iba a vivir en el cobertizo o, para ser más preciso, en el agujero que él había excavado para ella. La muchacha podría admirar las máquinas por los siglos de los siglos. Para pasar el tiempo ella podría excavar para agrandar su espacio vital.

Marjorie ya había aguantado suficiente. Gritó pidiendo ayuda tan alto como pudo. A John R. no le gustó ni un poquito. Él la previno, "Por favor no hagas eso, porque si te portas mal tendré que pegarte y odio la violencia". La desesperada joven se dirigió hacia la puerta, el raptor enfadado la agarró y le dio una palmada en el trasero con la correa de una máquina. Luego le pidió disculpas por perder el control y sugirió a la muchacha que se metiera en su agujero. Dudosamente se acercó hacia su hoyo. John R. le pasó un pico y una pala y le explicó que podría renovar su casa si así lo deseaba. Marjorie miró hacia su captor. Intentó convencerle para que la dejara salir de su agujero; allí todo era oscuro. Pero ningún argumento le funcionaba. El joven le insistió en que no estaba dando ni una oportunidad a su nuevo estilo de vida, ya que él estaba seguro de que le empezaría a gustar. John R. sugirió tomar una tacita de té, la cual traería de la casa.

Cuando se marchó, Marjorie escuchó un candado que sonaba afuera de la puerta
del cobertizo. Se hizo camino por el agujero
y empujó con todas sus fuerzas sobre la
puerta del cobertizo, pero no cedía. La angustiada muchacha gritó. La puerta se
abrió y allí estaba John R. con una bandeja
con té y galletitas. Estaba furioso. Explicó
que no tenía intención de preocuparse de
que ella escapara cada vez que él saliera
del cobertizo. Había una única forma de castigarla. "Quítate la ropa," le ordenó.
Marjorie prometió que sería una buena chica, pero no hizo efecto. El joven insistió. Lentamente Marjorie se desvistió, pasando cada pieza de ropa hacia su raptor hasta llegar a su ropa interior. Ella le pidió que le permitiera quedársela puesta. John R. cedió con el blumer, pero insistió en que le pasara el sostén. El examinó el sostén en detalle. La construcción le fascinaba. A merced completa de su carcelero, la joven se resignó a su situación.

Todo ese mes de enero permaneció en el agujero. Le tejió un suéter a John R., quien la dejaba llevar su ropa cuando no intentaba escapar. Cuando se portaba mal, la desnudaba. Casi a fines de febrero Marjorie llevó a cabo un gran intento de escapada. Llevaba 50 días en su prisión cuando, en ausencia de John, se las arregló para salir de su agujero y encontrar una abertura en la puerta lo suficientemente grande como para sacar su mano. Frenéticamente movió su mano. John R. regresó y la vio, lo que le enfureció. Sin que le dijera nada, Marjorie se quitó la ropa. No era suficiente.

John decidió que había llegado el momento de enseñar una lección a su prisionera. Puso a la pequeña chica en sus rodillas, le quitó el blumer y le administró una buena paliza con una correa de las máquinas. Cuando acabó con la paliza John R. sermoneó a la muchacha, destacando que le estaba dando una buena vida y que debía ser más agradecida.

Tras azotarla, Marjorie se dio cuenta de que ese hombre nunca la iba a dejar marchar con su permiso. La única forma de salir de ahí sería buscando ayuda en el exterior. Empezó colectando secretamente trapos y piezas de plomo. Lentamente hizo un lapicero rudimentario. Escribió notas en restos de papel pidiendo ayuda. Cuando John estaba de viaje comprando máquinas, ella tiraba estas notas por las ranuras de su prisión. Pasaron marzo y abril. Entonces sucedió. Una de esas notas tediosamente hechas fue recogida por un vecino que pasaba, quien inmediatamente llamó a la policía. Rompieron la puerta del cobertizo de John R. y se sorprendieron de encontrar a Marjorie, con sólo su blumer, dentro de un agujero de tres metros de profundidad.

Desde aquella fría noche de verano, en la que fue arrancada de su habitación, al día luminoso de mayo, cuando fue rescatada, Marjorie Jordan había pasado 105 días como prisionera. John R. fue llevado a la cárcel. Él se declaró culpable de secuestro en el afamado Old Bailey de Londres. Mientras esperaba a ser sentenciado se le encontró en la sala de calderas estudiando la maquinaria. Marjorie comentó al juez encargado de presidir el juicio que John R. siempre había estado más interesado en la maquinaria que en el sexo. Durante los 105 días de su cautiverio nunca se acercó a ella, excepto en esas ocasiones en que la azotaba. John R. Bridal fue sentenciado a tres años de prisión.

Traducción: José Peralta
Ilustraciones: David Márquez
davidmarquez@cantv.net

 
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