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para creer |
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En 1997 Arthur Golden publicó una
novela titulada Memorias de una geisha que rápidamente
rompió récord de ventas. Nada más, en
Estado Unidos, cuatro millones de ejemplares fueron adquiridos
por lectores ávidos de descubrir lo que aquellas páginas
prometían revelar; uno de los secretos mejor guardados
de la historia: quiénes eran en verdad las geishas.
El texto fue traducido a 32 idiomas, y en su versión
en español, ya va por su decimoquinta edición
(Punto de lectura, 2000). Además, según asegura
la contraportada del libro, la historia podría ser
llevada a la pantalla grande por el director de cine Steven
Spielberg.
Sin
embargo, este éxito de ventas -y seguramente de taquilla
llegado el momento- trajo consigo una polémica que
muy probablemente favorezca a las dos partes involucradas.
Mineko Iwasaki, una mujer japonesa que había aceptado
ser entrevistada ampliamente por Golden sobre su vida como
geisha, lo demandó el año pasado por haber violado
un supuesto acuerdo de confidencialidad. Adicionalmente, decidió
escribir Vida de una geisha. La verdadera historia
(Ediciones B, 2002) donde de manera sucinta y sin ninguna
pretensión literaria, relata la historia de su vida,
desde su nacimiento hasta el momento en que decidió
abandonar el oficio el cual, confiesa, le terminó resultando
asfixiante. En este libro, que recién salió
a la venta, Iwasaki intenta, a través de su historia
personal, arrojar una luz sobre las verdades y mentiras mil
veces repetidas en relación con el trabajo que cumplen
las geishas; sobre todo porque Golden, en su texto, se extiende
en detalles sobre algunas ceremonias de iniciación
sexual a las que supuestamente son sometidas.
Así
las cosas, es probable que quien lea (o haya leído)
a Golden se interese por leer a Iwasaki, y viceversa, producto
de lo cual se aprenda un poco más sobre el trabajo
de las geishas y sobre la cultura japonesa, aunque algunas
dudas sobre estos bellos personajes probablemente seguirán
instaladas, por mucho tiempo, en la mente de algunas personas.
Leer para creer.
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Vida de una geisha
Idalia De León
Mineko Iwasaki fue la geisha más importante
de Japón. En 1997 el escritor Arthur Golden contó
la historia de su vida en un polémico best seller,
ahora, después de demandar al autor, ella misma se animó
a relatar su historia.
La vida de las geishas
todavía permanece envuelta en un aura de misterio y fantasía.
Y también de ambigüedad. ¿Qué ocultan
estas damas de porcelana, bellamente ataviadas y educadas en el
arte de entretener? No son muñecas, pero lo parecen. Son
mujeres que por siglos han cultivado un estilo de vida que, por
desconocido en su profundidad, levanta toda suerte de conjeturas.
Son las geishas, representantes de una antigua tradición
que exige de ellas responsabilidad, disciplina y talento para el
cultivo de las artes. Quizás pocos lo sepan, pero la palabra
geisha significa artista.
Mineko Iwasaki es la autora del libro Vida de una geisha
en donde cuenta la historia de su vida, lo cual implica permitirle
al mundo asomarse por una ventana y observar con mirada curiosa
y asombrada, la cotidianidad de estas artistas japonesas. "En
los 300 años de historia del karyukai (distritos dedicados
al disfrute de los placeres estéticos), ninguna mujer se
ha atrevido a develar sus secretos: nos lo han impedido las reglas
tácitas de la tradición y el carácter sagrado
de nuestra peculiar vida. Pero creo que es el momento de hacerlo",
escribe Mineko, quien llegó a ser una bailarina insigne y
la geisha más cotizada de su época.
Nació el 2 de noviembre de 1949, en Kyoto, y sólo
tres años después de haber llegado al mundo decidió
que sería geisha. Algunas circunstancias familiares, que
la autora explica con detalle en el libro, la llevaron a tomar esta
precoz determinación que fue aceptada -no sin dolor- por
sus progenitores. Dicho lo anterior, vale la pena aclarar que cuando
una niña es entregada por sus padres a una okiya (posada
o casa de geishas), equivale a entregarla a un internado, con la
diferencia de que los representantes no deben aportar dinero, y
sólo pueden visitar a su hija los fines de semana o en sus
ratos libres. En la mayoría de los casos, los padres eligen
este destino para sus hijas, ante la imposibilidad de poderles procurar
su manutención. Pero en el caso de Mineko la historia fue
diferente, pues ella fue elegida desde muy niña para ser
la heredera de la okiya, lo cual implicó que renunciara
definitivamente a su familia, a su nombre y apellido de nacimiento
(Masako Tanakaminamoto), adoptando uno nuevo, Mineko Iwasaki.
Así
pues, Mineko abandonó muy prontamente sus juegos con muñecas
para confirmar cada día frente al espejo que la muñeca
sería ella misma. Su trabajo de ahora en adelante sería
entretener a los demás. Pero no entretener de la manera como
el mundo occidental le ha gustado creer. La labor de la geisha,
según explica Iwasaki, es servir de anfitriona en fiestas
y recepciones. Se ganan la vida formando parte de un estricto programa
de entrenamiento que van cumpliendo a lo largo de los años.
Aprenden todas las disciplinas que debe dominar una geisha: danza,
música, comportamiento, artes florales y la ceremonia del
té. Vistiendo su habitual traje, el quimono, el cual no pesa
menos de 20 kilos, son capaces de hacer una demostración
impecable del difícil y vistoso arte de la danza, y de la
ceremonia del té, cuya belleza y precisión encanta
a quienes tienen la fortuna de asistir a algunos de los banquetes
donde las geishas son reinas.
En cada agasajo importante que se efectúa en Japón,
las geiko o "mujeres del arte", como también se
les llama, son contratadas para demostrar su talento ante personalidades
de la talla de la reina Isabel y el príncipe Carlos de Inglaterra,
Gucci o algún ex presidente de Estados Unidos. Tal fue la
suerte de Mineko que su libro está lleno de anécdotas
como aquella en la que, siendo aprendiz, tuvo que sentarse al lado
de un importante invitado que procedía de América.
Este le preguntó si había visto películas americanas,
y si conocía nombres de actores. Ella respondió que
sólo conocía a James Dean. Acto seguido, el caballero
le preguntó si sabía el nombre de algún director
de cine, a lo que ella contestó: "Sólo el de
uno. Se llama Elia Kazan". "Vaya -respondió el
hombre-yo soy Elia Kazan".
| "El término
karyukay significa 'el mundo de la flor y el sauce'.
Así que toda geisha es en esencia hermosa, como una flor,
y a la vez elegante, flexible y fuerte, como un sauce".
-M.I |
Casa
de muñecas. Mientras son jóvenes, las geishas
viven en la okiya durante un período que casi nunca se extiende
más allá de los siete años, espacio de tiempo
en el que la joven debe retribuir económicamente todo lo
que se ha invertido en ella. Una vez que ya puede desenvolverse
sola, se independiza y se instala por su cuenta, explica la autora,
quien estaba signada a cumplir un destino diferente, pues como heredera
de la okiya, debía residir allí el resto de
su vida, lo cual, por cierto, no sucedió.
Cada día de una geisha -por lo menos en los años sesenta,
la época que le correspondió a Mineko- implicaba asistir
a ensayos de danza, y acudir a bibliotecas para informarse de los
temas que eran del interés de los clientes de turno, "...si
se trata de una actriz, leía un artículo sobre ella
en una revista; si era un cantante escuchaba sus discos. O leía
su novela", relata Mineko. También realizaban visitas
de cortesía a los miembros de la comunidad, o a los dueños
de las casas que organizaban los banquetes y eventos. Ya, al atardecer,
se ocupaban de arreglarse para asistir al agasajo correspondiente.
En la okiya donde creció Mineko el ingreso de hombres
estaba reglamentado. Los proveedores sólo podían entrar,
en un recinto específico, cuando las geishas estuvieran ausentes.
Los parientes de las chicas podían llegar hasta el comedor,
privilegio que compartían con los sacerdotes, quienes incluso
podían tener acceso a otras áreas de la casa. "Por
eso la sola idea de que las casas de las geishas son antros de perdición
es ridícula", escribe Mineko, tratando de aclarar un
punto que siempre la preocupó, la idea de que las geishas
se ocupaban del oficio más antiguo.
"Shimabara era un barrio autorizado donde ejercían su
oficio las cortesanas o prostitutas de categoría, las
oiran y las tayu, que al mismo tiempo, eran expertas
en las artes tradicionales. Como las maiko (mujeres de la
danza), las jóvenes oiran también celebraban su mizuage
(rito de iniciación), pero en su caso, el ritual consistía
en ser desfloradas por un cliente que pagaba una importante suma
por tal privilegio. Esta
ambivalencia de la palabra mizuage ha creado, por otra parte,
cierta confusión sobre lo que significa ser geisha. Las tayu
y las oiran firmaban un contrato y, hasta su vencimiento,
permanecían confinadas al barrio". En Japón,
agrega Iwasaki, existió la trata de blancas; los traficantes
de esclavas recorrían zonas rurales para vender a la niñas
como prostitutas, actividad que se prohibió en 1959, fecha
en la que se declaró ilegal la práctica.
Si a Iwasaki no la asistiera la razón, difícilmente
las geiko se habrían convertido en las esposas ideales
para los hombres ricos y poderosos, como en efecto lo fueron. "Uno
no puede pedir una anfitriona más hermosa y refinada, sobre
todo si viaja por el mundo y se mueve en círculos diplomáticos
o comerciales".
Al final, este fue el destino que Mineko eligió. Hoy en día
está casada y tiene una hija. No niega que a veces la asalta
la culpa al recordar que una vez les causó a sus padres el
dolor de una separación muy temprana. Renunció al
lugar que se le había impuesto desde niña, pero lo
hizo, sólo después de haber procurado impulsar cambios
en las normas que regían el sistema de geishas, al cual consideraba
arcaico. También hoy, a los 53 años, siente un poco
de nostalgia por su pasado esplendoroso. Y cree, además,
que el mundo de las geishas tiene sus días contados. "Me
entristece pensar que el legado de esta gloriosa tradición
quedará reducido a poco más que sus manifestaciones
superficiales".
| Símbolos
de una tradición |
El
maquillaje: "En un primer momento, lo utilizaban
los aristócratas cuando tenían una audiencia con
el emperador. Este, considerado un ser sagrado en épocas
premodernas, los recibía oculto tras un fino biombo en
una sala apenas iluminada con velas. De modo que, para que el
emperador pudiese distinguir a cada uno de los presentes, éstos
maquillaban su rostro de blanco, un color que reflejaba la escasa
luz de la estancia". "Con el tiempo, los actores y
lo bailarines adoptaron esta costumbre". |
El
peinado: "Para mantener la forma del peinado, dormía
con la cabeza sobre un bloque de madera lacada, encima del cual
colocábamos un diminuto cojín. Al principio, aquel
artilugio me impedía conciliar el sueño, pero
me acostumbré a él con bastante rapidez".
"...La razón por la que nuestros adornos del cabello
sean puntiagudos es que nos permite valernos de ellos para defender
a nuestros clientes de un posible ataque...". |
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La limpieza:
"...Constituye una parte esencial
dentro del proceso de aprendizaje en todas las disciplinas
tradicionales japonesas (...) Se le atribuye un significado
espiritual, pues, en teoría, al purificar un lugar
de máculas acrisolamos también nuestra mente".
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Mineko Iwasaki posa
con un quimono
de primavera
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El quimono:
"...Es una obra de arte... cada
quimono... es único. Muchos tienen nombre, incluso como
las pinturas, y les concedemos el mismo valor que a estas".
"Se llevan siempre con sandalias de madera o de piel. Los
okobo, una especie de zuecos de madera (de 12 centímetros
de altura), son un componente distintivo del atuendo". |
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El dinero:
"Yo aún no tenía un concepto claro de lo
que era el dinero. Rara vez lo veía o lo tocaba, y
nunca pagaba nada personalmente. Cada noche recibía
los sobres con las propinas, y ahora sé que en ellos
debía de haber miles de dólares (...) Nunca
los abría para ver qué había adentro;
me limitaba a dárselos al personal de la okiya como
muestra de gratitud...".
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El matrimonio:
"Yo recibí al menos diez
proposiciones serias de hombres que me pidieron que considerase
la posibilidad de casarme con un hijo o un nieto, pero las rechacé
todas sin pensarlo dos veces. Acababa de cumplir los 18 años
(unos 18 muy inocentes) y era incapaz de tomarme en serio la
idea del matrimonio". |

La ceremonia del té:
"Este ceremonial es un intrincado
ritual de normas fijas que no celebra sino el simple acto
de disfrutar de una taza de té en compañía
de amigos. De modo que requiere un exceso de artificio para
producir el efecto de simplicidad que manifiesta".
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Amantes:
"El 'mundo de la flor y el sauce' es una sociedad diferente,
con sus propias normas y leyes, con sus propios ritos y ceremonias.
Permite las relaciones sexuales fuera del matrimonio, pero sólo
si éstas se adecuan a ciertas reglas". |
Ver también en Encuentros:
- Veinticinco razones
para sentirse orgulloso de ser venezolano
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