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Sueño con gambas
Mirtha Rivero

Una sensación de ansiedad ha hecho mella en el carácter normalmente despreocupado de Daniela, una amiga con quien me encontré por casualidad hace unos días, haciendo compras.
Nunca voy a ese supermercado -y según me enteré, ella tampoco- pero en vista de los apuros a que nos obligan las circunstancias actuales, coincidimos en el mismo sitio. Yo andaba en procura del detergente libre de fragancias que uso para lavar la ropa, y mi amiga buscaba azúcar y aceite de oliva. En esos menesteres me enteré de sus angustias.
Daniela es una profesional de unos 37 años (imposible saber la edad exacta), soltera, que desde hace ocho años labora en un banco, en donde por su excelente desempeño se ha ganado un cargo de responsabilidad gerencial. Le gusta su trabajo. Vive sola y tiene vivienda, por lo cual no tiene mayores apuros. Su único quebradero de cabeza ha sido la "mala suerte" -como ella dice- que tiene con el sexo opuesto. Desde que rompió con Francisco hace no sé cuánto tiempo, no encuentra novio que le calce o que le dure. En los últimos años se ha llevado unas cuantas decepciones pero, hasta ahora, a cada fracaso amoroso le seguía un viaje de vacaciones o una extenuante jornada de trabajo que no le permitía enrollarse con eso que han dado en llamar "el duelo de la pérdida", y que no es otra cosa que despecho.
Cuando a Daniela le sobrevenían unos de esos dolorosos momentos de luto sentimental, buscaba sus escapes. De resto, enfrentaba el día a día con diversas estrategias. Una de ellas era plantearse metas, ilusionarse con proyectos y dedicar esfuerzos para conseguirlos. Fue así como logró reunir la inicial para comprar y arreglar su apartamento, hacer el crucero por las islas griegas, disfrutar una semana en el campamento de esquí en Aspen y pagarse los cuatro meses del curso intensivo de francés en Lyon.
"Aparte de las preocupaciones por los bichos esos que andan en dos patas -léase: hombres- y las atenciones normales a mi mamá que ya es mayor, no tenía problemas. Yo podía soñar. So-ñar. Pero, ahora, ¡ni eso!".
Daniela contó que el tiempo que no está trabajando lo gasta en las colas para echar gasolina, en las paradas de los carritos por puesto (para usar su vehículo lo menos posible y ahorrar la gasolina), y en los tour que hace para buscar los víveres que no consigue en su automercado y las medicinas que necesita -y no encuentra- para su mamá. Ya ni siquiera cuenta con el consuelo de ir al cine o cenar en un restaurante "porque nadie quiere salir de noche en esta ciudad" y al cabo de cada jornada no le quedan energías para calarse los noticieros de televisión. "¡C'est suffi!".
Mi amiga manifestó que en vez de sufrir la vida, le gustaría recuperar la capacidad de disfrutarla. "Quiero volver a tener sueños", me dijo en varias oportunidades, y yo pensé que no era mucho lo que podía hacer para animarla. El trago es amargo, alegué, pero esta situación no es eterna; debe haber una salida. Y se me ocurrió contarle una de las historias de mi suegro, quien, en España, pasó siete años en una cárcel franquista.
En aquellos días -la primera mitad del siglo pasado-, el máximo lujo al que podía aspirar un preso (además del contrabando de un libro) era tener una comida decente que sustituyera al consabido rancho diario. El rancho consistía en una ración de garbanzos aderezados con aceite rancio y adornados con una lluvia de gorgojos. Mi suegro, como era lógico, se acostaba con hambre, pero eso no era lo más grave. Cuando se dormía y soñaba, en vez de deleitarse con algún plato suculento, soñaba con que en la prisión le daban doble ración de rancho. "Es el colmo de la miseria -se quejaba él en esa época-, si cuesta lo mismo soñar con un filete de carne o un cocido de verduras, por qué seguir con los garbanzos y los bichos".
Al llegar a este punto del episodio, Daniela me reclamó: "Yo estoy para que me den aliento, no para que me frustren más", y dicho esto casi se despide y se voltea. Sino es porque logro retenerla se hubiera marchado sin escuchar el final del relato.
Resulta -le conté- que mi suegro siguió perseverando en querer soñar bonito, y llegó la noche (es mucha la disciplina que se adquiere en una cárcel) en que soñó con una fuente de gambas al ajillo. Todas para él. Y todavía hoy, a sus 92 años, ese es uno de los platos que más le gusta.

 
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