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Boloña con queso blanco
Mirtha Rivero
Escribo estas líneas después
de pasar tres horas tratando de llenar un trámite de identificación.
Me había levantado muy temprano porque quería ser
una de las primeras personas en llegar, pero me equivoqué.
A las seis de la madrugada, y en vísperas de elecciones,
se me habían adelantado setenta individuos -entre hombres
y mujeres-. Poco a poco, a medida
que transcurrían los minutos, se sumaron unos veinte más,
todos pertenecientes a la Tercera Edad, que ejercieron su justo
derecho a pasar antes.
No había otra salida sino aguantar. Al cabo de la primera
media hora, dejé el periódico y me propuse intercambiar
con mis compañeros de trasnocho. La mañana fría
era la excusa obvia para iniciar una conversación. Delante
de mí había una mujer que aparentaba ser ama de casa,
y hacia ella me dirigí.
-Qué frío -exclamé.
-Espero que pasar tanto freddo sirva para algo -dijo Vincenza,
mi vecina de cola, sin poder ocultar su lengua de procedencia y
su escepticismo. Ella, que había llegado al país 30
años antes, intentaba, por segunda vez en un mes, obtener
su cédula laminada.
-¡Claro que sí va a servir!-saltó detrás
de mí, la voz entusiasmada de un hombre de unos 38 años
que, poco después supe, se llamaba Eduardo. Era un tipo alto,
de ojos vivaces, bigote grueso y cabello ensortijado, que junto
a su esposa y una amiga se habían unido en la empresa madrugadora.
Eduardo habló, seguro de que el descreimiento de Vincenza
tenía unas razones similares a las que lo empujaban a él
hasta esa oficina pública. Por eso lanzó una teoría
que a todas luces relacionaba las inminentes elecciones con el sacrificio
que él estaba haciendo a esa hora.
-De plano que sirve -insistió- y usted va a ver que esto
es como cuando un boxeador mete un gancho al hígado. Puede
ser -especificó- que al principio no se vean los resultados,
a lo mejor el contrincante ni siquiera se tambalea, pero ya verá
señora: un gancho al hígado le quita el aire a cualquiera.
Vincenza, sorprendida, procuró decir algo, pero la interrumpieron.
-¡Dios te oiga, hijo mío! -suspiró Cristina,
una andaluza que se había sentado en el suelo-. Mira que
va siendo hora de que se vean resultados. Ya 'mi arma' no soporta
tanto remoloneo.
-¡Mamá!- le reclamó una joven veinteañera-
te he dicho que no digas 'mi arma'. Mira que van a creer que te
estás bajando del avión.
-Por eso no te preocupes, mi amor -saltó Rosa Elena, la esposa
de Eduardo, una mujer morena de mirada amarilla-. Aquí cualquiera
tiene su extranjero por dentro. ¿O es que tú crees
que este color -y señaló sus ojos- es gratis? Por
estos lados, todos estamos mezclados y toditos tenemos los mismos
derechos; no te vayas a comer ese cuento de que este país
está lleno de patrioteros y chauvinistas.
-¿Chauvi...qué?- inquirió Cristina.
-Que no nos gustan los blancos o que sólo nos gustan los
blancos, depende como se mire -aclaró, solícita, Rosa
Elena.
Pretendí hacer una precisión, pero, en ese instante,
me di cuenta de que mi hija llegaba a buscarme. La acompañaban
dos de sus tres mejores amigas. Una es de padres chilenos, y otra
de portugueses. Faltaba la tercera, descendiente de chinos, que
está estudiando en Estados Unidos.
Cuando las muchachas se acercaron, mis vecinos manifestaron "lo
igualitas que son, se nota que son hermanas". Mi hija -mi única
hija-, ya está acostumbrada a esos comentarios y, entre sonreída
y cómplice, me avisó que esperarían afuera.
A mi alrededor, siguió la charla sin mí. Yo estaba
ocupada pensando en la mezcla de la que hablaba Rosa Elena. Me toqué
el cabello grueso y liso, y recordé el pelo ingrato (chicharrón,
decimos en casa) de mi papá, y los ojos verdes de mi abuelo
materno y la cara rechoncha y oscura de mi abuela. Pensé
en la piel trigueña y la cabellera lacia y brillante de Xiomara,
mi amiga de la infancia. Y en mi tío Michel, el esposo martiniqueño
de mi tía Chela, y en mi tío Vittorio, el marido calabrés
de mi tía Angelina. Y en la nariz árabe de Roberto
combinando con la estirpe europea de Camila, su esposa caraqueña.
Pensé también en mi marido, hijo de inmigrantes, y
en mi hija y sus amigas que parecen mimetizarse.
-¡Una mezcolanza! -exclamé en voz alta, y mis compañeros
de sala interrumpieron su plática para mirarme. Después
continuaron y pude escuchar a Eduardo hablar (no sé cómo
había llegado a eso) de lo sabroso que es comerse unos espaguetis
a la boloña con queso blanco rallado.
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