- No es una bebé
- El adversario de Potter
- Preguntas a Betsabé Duque
- La dieta de Hermis

 CRONICA
- Promesa de 2005
- ¿Cómo se imagina usted el cielo?
- Horóscopo predicciones 2005
COCINA
- Recetas con calamares
MASCOTAS
- Buena dentadura
 CRIMENES
 HOROSCOPO
 HUMOR
 MAYTTE
 CRUCIGRAMA
 ARCHIVO
 CONTACTENOS
E-viajes
 
 
    Promesa de 2005
Mónica Montañes

 

No sé si a ustedes les ha pasado pero lo que es a mí no me pasa más, promesa de 2005, pues. Se trata de lo siguiente: Voy yo, vuelta loca, con mi Alejandra
más adolescente que nunca al lado, en pleno despelote de las compras navideñas, en un centro comercial atiborrado de otras locas. Veo a una amiga de toda la vida de mi casa y, a pesar de mis pesares, detengo la compradera y me voy con mis dos muchachos, orgullosísima e inocente yo, a saludarla. Y esta señora que les estoy contando me sale con semejante perla, “Mónica, no te reconocí por lo gorda que estás”. Zass. Me quedé de una pieza. Atónita y muda. Ojo, no es que lo niegue, de hecho tengo a varios productores gringos buscándome para protagonizar Liberen a Willy parte cinco, pero igualito no entiendo porqué nadie en esta vida te tiene que soltar una pesadez con semejante tipo de saludo y quedarse tan tranquila, como si nada. Claro, porque no pasó más nada, yo no reaccioné. Me quedé petrificada con mi morado en el ego y mi incapacidad para entender que la gente haga esas cosas. Porque yo no le dije que estaba refeísima y viejísima a pesar de las chorrocientas cirugías plásticas que evidentemente se ha hecho. Y no es que no lo pensé, no es que no reparé en ese detalle. Simplemente nunca se me ocurre saludar a alguien que se me acerca gentilmente escupiéndole en la cara alguna frase mortal. Siempre yo con mi pendejera de decir sólo lo agradable. Pendejera no, en realidad yo creo que estoy en lo correcto y si no tengo nada agradable que decir no digo nada. Pero resulta que entonces me quedo un bojote de días atormentándome la cabeza con todas las atrocidades que le he debido responder. Mi amiga Mimí se la pasa consolándolo a uno con la máxima de que la gente que dice cosas desagradables lo hace porque está muy fregada en la vida y que sólo los que están muy mal por dentro ven lo malo en los demás y por lo tanto en lugar de molestarse uno lo que debería hacer es compadecerse. “Ay, sí, ecita la señora, ¿qué le estará pasando que ni me reconoció porque me confundió con una ballena?”. Ajá, muy bien, puede ser cierto. Mi mamá, en cambio, tiene la teoría de que hay una gente por ahí insólita que mientras más simpático es uno más dardos venenosos te lanzan y, por lo tanto, si uno responde con una barbaridad mayor se desconciertan y te tratan buenísimo de ahí en adelante. Es decir, si alguien te dice “Ay, pero que gorda estás”. Tú vas y le sueltas: “Y tú, qué echadita a perder”, y todas contentas. No sé cuál de las dos tendrá razón pero lo que soy yo he decidido que, salvo el aplauso, no me quedo con más nada por dentro. Al próximo que me suelte una barbaridad a manera de saludo le respondo con otra peor a ver qué tal. Promesa de 2005, pues. l


 
volver a eluniversal.com | ir arriba
 
Contáctenos | Tarifario | Publicidad en línea | Política de privacidad
Términos Legales | Condiciones de uso