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La fábula de la cuervita lista
Rosa Montero
Hace dos o tres meses leí en El País
(lo contaba Javier Sampedro, un estupendo divulgador científico)
que el zoólogo Alex Kacelnik, de la universidad de Oxford, acababa
de presentar los resultados de una investigación alucinante.
Kacelnik puso dos cuervos de Nueva Caledonia,
un macho y una hembra, en una jaula, y probó con ellos un
experimento consistente en meter un pedacito de carne dentro de
una especie de cubo de fregar en miniatura. El cubito, a su vez,
lo colocó dentro de un tubo alargado, de manera que los pájaros
no pudieran alcanzarlo con el pico. Todo esto lo introdujo en la
jaula, junto con dos alambres, uno doblado como un gancho y otro
recto. Pues bien, la hembra inmediatamente cogió el cable
doblado con el pico y pescó con toda facilidad el cubo por
el asa, sacándolo del tubo y devorando la carne. Volvieron
a repetir el experimento y la hembra volvió a comportarse
con la misma eficiencia cuatro veces seguidas. A la quinta, el macho,
que hasta entonces había estado en la inopia y sin hacer
nada, se llevó el gancho a otra parte de la jaula, como quien
dice para fastidiar (parecería que tenía celos del
éxito de ella). Entonces la cuervita agarró muy ufana
el alambre recto, pisó uno de los extremos con la pata y
dobló con el pico la otra punta, fabricándose un nuevo
gancho con el que siguió pescando la carne tan campante.
Completamente turulato con los resultados, Kacelnik decidió
hacer más experimentos con los cuervos, pero en esta ocasión
sólo les facilitó un alambre recto. Pues bien, de
17 ensayos, los pájaros consiguieron la carne diez veces.
En nueve ocasiones fue la hembra la que logró el éxito,
tras doblar los alambres y convertirlos en ganchos; el macho sacó
la carne una vez, pero por casualidad, metiendo el alambre a lo
bruto, sin doblar ni nada. Kacelnik explica en su informe: "El
macho raramente intentó hacer la tarea y nunca llegó
a doblar el alambre. Se limitaba a observar a la hembra y le robó
la comida en tres de los ensayos". Ajá, eso sí
que me suena, fíjense. Eso de robar la comida por la fuerza.
Por qué será que reconozco el temperamento del macho
en ese detalle.
Este delicioso experimento zoológico me parece de lo más
interesante por dos motivos. El primero, porque vuelve a poner en
cuestión ese estúpido prejuicio que separa de manera
radical a los humanos de los demás animales, suponiéndoles
criaturas sin inteligencia. ¿Cómo que no son inteligentes?
Durante mucho tiempo se sostuvo que una de las pruebas de la superioridad
humana consistía en que éramos los únicos seres
vivos capaces de fabricar utensilios. Hoy se sabe que ese argumento
es falso: muchos animales se fabrican herramientas, como lo prueba
este gancho manufacturado (o más bien patufacturado)
por el cuervo hembra. Es decir, entre los humanos y el resto de
los animales no hay un salto cualitativo, sino una continuidad orgánica.
Pero además es que este experimento es una especie de estupenda
fábula de La Fontaine sobre el carácter de las mujeres
y de los hombres. Verán, detesto esa autocomplacencia con
la que algunas señoras se dedican a hablar mal de todos los
varones y a poner por las nubes a todas las hembras, y sé
bien que hay hombres maravillosos y mujeres horribles. Pero, hecha
esta salvedad, no me digan que el experimento de los cuervos no
parece rozar algo muy cercano y muy real... Por ejemplo, en el llamado
Tercer Mundo, tanto el Grameen Bank, que inventó los microcréditos,
como la Unión Europea, prefieren conceder la casi totalidad
de sus créditos y de sus ayudas económicas a las mujeres,
no a los hombres. Y no por ideología, no por voluntarismo
feminista, sino porque las mujeres son mucho más eficientes,
más laboriosas y más cumplidoras. Ellas trabajan mientras
sus hombres miran. ¿Les suena de algo?
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