Su vida
por una pelota
Salomón Cohen es un ingeniero civil prestado al campo farmacéutico y probablemente el dueño de la mayor colección de objetos de beisbol en Venezuela, con la que ha creado un pequeño museo, una especie de hall de la fama. Felix Reyes Yánez / Fotos:Francesco Spotorno
Setenta y cinco pelotas y cuatro bates, certificados, y venidos de las manos de los más destacados jugadores y de los más importantes equipos de todos los tiempos. Es quizás la colección de efectos del beisbol firmados y acreditados que coleccionista alguno pueda tener en Venezuela. Y la tiene Salomón Cohen Botbol, empresario, ingeniero civil cedido a la industria farmacéutica, que un día, hace quince años, tratando de buscarle una solución al reclamo de su familia, de que a él era muy difícil darle un regalo, “porque ya todo lo tenía”, les dijo que le obsequiaran objetos de beisbol, porque todo lo que viniera de allí le gustaría.
No sabía lo que había dicho, o no lo había calculado y los años le darían la verdadera respuesta.
Cohen estuvo por mucho tiempo en el ejercicio de su profesión, en la calle, dedicado al trabajo de la construcción, y, por cosas de la vida, hoy está a punto de sacar el título universitario de su oficina porque ocupa un espacio que molesta a su creciente colección de pelotas y otros objetos del deporte nacional. Es presidente de Giempi, una empresa ciento por ciento familiar con nueve años de creada, que surgió de una división de los Laboratorios Klinox, con setenta años en el mercado, y dedicada a fabricar “todas las líneas farmacéuticas que se puedan fabricar. Somos, pues, una compañía que tiene nueve años, con una experiencia de setenta”.
La pasión por el beisbol
Salomón es el menor de tres hermanos y su amor por el beisbol no es gratuita. Cuando niño tuvo un accidente —cayó de un tercer piso— y sufrió serias lesiones en la cadera y en las piernas. Las heridas lo dejaron imposibilitado para jugar, como cualquier otro niño de su edad hubiera querido hacerlo. Entonces se dedicó al estudio del deporte y como resultado surgió la gran pasión que siente por el beisbol al punto de afirmar que ocupa un lugar fundamental en su existencia. “Soy un enamorado del beisbol en término global”, confiesa, y lo explica de la siguiente manera: “Puedo presenciar con la misma emoción un juego de preinfantil que uno de Boston, porque el asunto no está en tomar partido por alguien, sino en comprender y disfrutar ese maravilloso juego”.
Cohen se declara más amante de las jugadas que de las divisas, aunque confiesa ser de Los Leones del Caracas. Pero explica que puede ver perfectamente y con la misma emoción, un partido entre Tiburones de La Guaira y las Aguilas del Zulia. Dice sí, como muchos otros seguidores, que no hay juego en el mundo más apasionante y lleno de fuerza que un Caracas-Magallanes. “Eso no tiene comparación, te lo aseguro; inunda de más energía que un juego Barcelona-Real Madrid, o que un Mets y un Yankees de Nueva York”. Y lo registra con un ejemplo: “¿Tú no te has fijado en la cantidad de gente que se pone a ver los juegos de pelota infantil en el estadio que está al lado del Parque Miranda o en otro estadio de este grandioso país? Te lo aseguro, puede que ninguno de ellos sepa qué equipo está jugando, pero igual, ¡se paran allí a ver el beisbol!, ¡les apasiona el deporte!”.
Cohen expresa que es un enamorado de las matemáticas y remarca, con la convicción milimétrica de quien está seguro de su verdad, que el beisbol es más preciso y requiere de mayor concentración incluso que el billar. “¿Tú tienes idea de lo que significa una pelota que viene a más de 90 millas por hora a la que hay que pegarle correctamente en su sitio y que eso a su vez desate todas las jugadas y movimientos que vienen posteriormente?”, dice.
El beisbol, no duda en afirmarlo, es el deporte por excelencia, el más democrático, el más popular y el que más nos acerca como iguales a todos. Y no miente: el beisbol se puede jugar hasta con una bolsa de plástico amarrada a la mano como guante, y con una pelota hecha con hilo y forrada en teipe, con chapitas y un palo de escoba, con zapatos o sin ellos. Sólo se necesita la pasión, el quererlo jugar. Además —argumenta— el beisbol te permite de una sola vez ser jugador, crítico, entrenador y manager, y todo en las gradas, en cobertura de las más disímiles posiciones.
“En el mundo celebran, está bien, un juego de Francia, de Italia o de Brasil, pero, ¿ver el fútbol como el beisbol?, ¡jamás! Aquello puede pasar, pero, para nosotros, el beisbol es inigualable”.
La colección
En esta colección, que Salomón Cohen estima no tanto por su valor monetario, que indudablemente lo tiene, sino por su valor emocional, destacan las pelotas, los guantes y los bates, sin que falten tampoco las barajitas de los mejores, o los autógrafos sobre franelas e insignias, entre otros objetos beisbolísticos.
Cada objeto está cuidadosamente guardado y sellado, como rigiéndose por normas internacionales sobre la materia. Ninguno está ajeno a la anécdota, a la emoción y al esfuerzo de quienes intervinieron en la consecución de cada pieza. Esposa, hijos, sobrinos, amigos y familiares, han intervenido a lo largo de estos quince años en la elaboración de esta especie de museo de la pelota.
Cohen reconoce el altísimo valor monetario que debe tener la colección, pero señala que no intentará ningún cálculo, porque para él tiene más valor emocional que cualquier otra cosa en el mundo.
Aquí están pelotas de Orlando Duke Hernández, Nolan Ryan, Roger Clemens, Wade Boggs, Carl Ripken, Chad Curtis, Dave Winfield, David Concepción, Hank Aaron, Johan Santana, José Canseco, Juan González y Luis Aparicio, aparte de las de Mo Vaughn, Omar Vizquel, Oswaldo Guillén, Felipe Lira, Randy Johnson, Ugueth Urbina, Willie Mays, Michael Jordan (cuando se metió a jugar beisbol); Luis Sojo, Maglio Ordóñez, Roly Fingers, Sydney Ponson, Stan Musial, Rickey Henderson, Pedro Martínez, Mariano Rivero, Juan Marichal, Dale Murphy, Bernie Williams, Chipper Jones, Curt Shilling, Derek Jeter, Dontrelle Willis, Fergie Jenkins, Frank Tomas, Griffey Junior, Jim Palmer y hasta del mismísimo Yogi Berra.
 
Con valor emocional
La que inauguró la serie fue la de Duke Hernández, la primera emoción, “la que abrió la brecha”, afirma Cohén, y la enseña firmada en su protección al vacío, igual que como conserva las otras.
También recuerda que “una vez, en Puerto Rico, estando en un restaurante celebrando el cumpleaños de mi hijo, de repente nos percatamos de que hay un grupo de jugadores de básquet próximos a entrar al Salón de la Fama y entre ellos destaca Michael Jordan, justo cuando ese año jugaba beisbol. Bueno, terminaron cantándole el cumpleaños y luego el dueño del local, quien había recibido dos pelotas firmadas de Jordan, decide regalarle una a mi hijo. Terminó formando parte de la colección”.
Cohen tiene, también, el bate de Dave Winfiled y el de Mo Vaughn, pelota incluida, “que compramos como una contribución durante la subasta que se hizo para socorrer a las víctimas de la tragedia de La Guaira”.
Pero también otras tienen su historia. “Estábamos en Las Vegas y uno de mis hijos me dice que vayamos a una de esas tiendas en las que compran y venden barajitas. El cargaba varias de Pokemon y me dice que quiere negociarlas. Le digo que no se haga ilusiones, que éstas no tienen mucho valor, y en efecto, cuando el dueño nos atiende, revisa las barajas y me dice: no puedo darle mucho por ellas, porque están un poco deterioradas, pero le ofrezco 600 dólares. Me quedo con la boca abierta y cerramos la operación. Pues bien, mi hijo me compró más adelante, en una tienda del mismo complejo comercial, la pelota firmada por Roger Clemens”.
La de Chad Curtis terminó siendo una gran casualidad. “El había jugado con Los Tiburones de La Guaira y mi sobrino es fanático de ese equipo. Un día estamos en el Yankee Stadium y Curtis estaba allí. Mi sobrino compró una franela para él, que llevaba su nombre y la correspondiente para mí. Curtis terminó dando el tercer jonrón de ese juego, la Serie Mundial de 1999”.
Tiene el bate de Alfonzo “Chico” Carrasquel. Se lo regalaron en uno de sus cumpleaños. Carrasquel moriría unos días después y su bate quedó para la historia en esta colección. El de Wade Bogas, cuya colección está completa, trató de comprarlo hace tiempo en una subasta, pero le pidieron en esa oportunidad 600 mil bolívares. El precio era muy alto y no lo pudo comprar. Pero hace dos años una tienda especializada en deportes lo estaba rematando y un sobrino se lo compró por la misma cantidad, por los mismos seiscientos mil bolívares.
También está la de Mickey Mantle. La pelota fue pedida con seis meses de anticipación y un sobrino se la regaló ahorrándose para ello el dinero de toda su mesada. “Esto tiene un valor incalculable”, señala emocionado.
No me digan cuánto vale
Muchos amigos le han dicho a Salomón Cohén que asegure esa colección. El dice que está bien, pero les pregunta, ¿y quién me asegura mis recuerdos?
La frase está asociada al valor que atribuye tanto a los efectos como a los afectos. “Mis hijos —18 y 21 años respectivamente— asumen que ellos tienen derechos sobre esta colección, y me dicen que es a lo único que aspiran como herencia. Ellos verán cómo se la reparten, pero, por lo pronto, el disfrute de lo que ésta representa en términos emotivos, no tiene precio”.
Este hombre, que ha visto pagar hasta 45 mil dólares por una pelota como las que él tiene, dice que al menos en dos oportunidades le han propuesto comprársela.
-¿Y le han dicho el precio?
“No, y no quiero oírlo”.
-¿Por qué?
“Porque si me dicen un precio por debajo de lo que yo llegue a creer que vale, me voy a poner muy bravo”.
¿Y si le ofrecen un precio mayor, un precio que haga justicia a lo material y a lo sentimental?
“También me pondría muy bravo, porque teniendo la oportunidad no la hubiera vendido. (Risas). Usted sabe, yo soy negociante, y por eso mismo me gusta hacer negocios. Es mejor que no me digan, ni por uno ni por otro motivo. Además, si la vendo borraría los recuerdos de buena parte de mi vida”.
La colección, de carácter exclusivamente privado, desde hace algún tiempo está abierta a visitantes, para que quien tenga interés en verla pueda hacerlo. Desde que llegó el primero, no han cesado de venir otros, y son muchos los niños que hacen la cola, ¡y más de un padre y aficionado también!
La pequeña catedral, que visitan por igual niños y adultos, es una de las muestras más importantes y valiosas, sentimental y materialmente hablando, de lo que hay en el país en torno al deporte rey. l
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