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revista Estampas
 
  Ganas de echarle piernas
Mónica Montañes

Me los topé un viernes al final de la tarde. Me llamó la atención la sonrisa que se dedicaban y el hecho de que fueran tomados de la mano. No son muchas las parejas de la tercera edad queuno ve por ahí, sonreídos y con las manos agarradas. Me les presenté y les dije que me gustaría conversar con ellos un momento, compartieron una mirada cómplice, esa que se tienen los que no necesitan palabras para ponerse de acuerdo, les invité a un café y ellos me aceptaron un güisqui. De inmediato me cayeron estupendamente. Les conté que andaba con la idea de hacer una telenovela sobre lo difícil que es ser pareja hoy en día, estando como andamos las mujeres en pie de guerra, celosísimas con nuestra presunta liberación, cosa que, según yo, nos convierte en parejas complicadísimas. No queremos calarnos nada de los hombres que logramos atrapar y al mismo tiempo, ellos no se calan semejantes compañeras. Quería hacerles miles de preguntas: ¿Cómo lo lograron? ¿Cómo se llega a esa edad junto a la misma persona y todavía con ganas de sonreírse y hasta de agarrarse la mano? ¿Cómo habían sobrevivido a las trampas de la convivencia, a los malos humores, a los muchachos chiquitos, a los muchachos adolescentes, a la soledad de los muchachos ya idos de casa, a la crisis del primer año, del segundo, del tercero, del… en fin, ¿cómo? ¿Nunca se habían visto tentados a ponerse cuernos, nunca se los descubrieron o se los perdonaron? ¿Ella no lo quiso transformar en un hombre perfecto o ya era perfecto? ¿Ella siguió siendo como era de novia o él la siguió queriendo cuando se convirtió en la mujer que realmente era? ¿El nunca se achinchorró? ¿Ella nunca lo aburrió? ¿El nunca se sintió desatendido porque a ella se le ocurrió trabajar? ¿Ella nunca se sintió sola porque él la dejó de escuchar? ¿Se habían ganado la lotería el uno con el otro? ¿Es cuestión de suerte? ¿Cómo? Los dos se reían mientras ella me contaba la cantidad de veces que lo había querido matar y mientras él recordaba las veces que había tenido ganas de no regresar. Pero ella nunca lo mató y él siempre regresó, y allí estaban, abuelos ya, padres de hijos que se habían casado con gente que a ellos no les gustaban y divorciado de otros a los que sí les habían tomado cariño, con menos plata de la que esperaban; es decir, con sus pequeñas historias de gente normal, y sin embargo, compartiendo unos tragos conmigo como excusa, agarrados de la mano, sonriéndose cómplices, y hasta piropeándose. Me aclararon que no era suerte, sino ganas de echarle piernas a esa pareja que les había costado tanto conformar y a la que día por día se proponían no renunciar. Habían renunciado sí a no pocas cosas por estar juntos, pero no había reclamo en ellos, se entendían como un privilegio, el privilegio de querer a alguien que para colmo lo quiere a uno. Yo, hija, nieta, sobrina y prima de divorciados, disfuncionalísima yo, estaba, por supuesto, perpleja. Y maravillada. No los puse de protagonistas de mi novela, ¿cómo?, si la felicidad no se cuenta, entre otras cosas porque a nadie le interesa y, además produce, en el mejor de los casos, sospecha. Pero sí les pedí permiso para meterlos por ahí, coleados entre las subtramas, padres y abuelos de otras parejas, sí protagónicas y por lo tanto en conflicto. Parejas disparejas con las que pretendo responder o por lo menos plantear esas preguntas que yo les hice en esos tragos que felizmente me aceptaron. La telenovela ya está al aire, cada noche a las 10 por Venevisión, y me perdonan el descaro de la cuña, pero es que no les pedí el teléfono y no se me ocurrió otra manera de avisarles que ahí están, representando la esperanza y el sí se puede. Espero no ser sólo yo la que les da las gracias. l

 
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