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Se ven las caras
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Una mujer atractiva siempre atrapa todas
las miradas. Las portadas de Estampas durante el año
sesenta no fueron la excepción; en ellas abundaban
las fotos de guapas jóvenes modelando la ropa de moda,
pero cuando el lector entusiasmado buscaba algo más
descubría que detrás de la cara bonita había
sorpresas como éstas: ¡Especial! La historia
de la pintura entre las dos guerras mundiales, Sobre la poesía
española actual..., Boris Pasternak. El desdichado,
Libros de la semana, ¡vaya anzuelito! Resulta que
el contenido, en su mayoría, se dedicaba a abordar
todo lo concerniente a las Bellas... Artes. Lo que quizás
para algunos era una decepción, para otros podía
haber significado un hallazgo y es que el interesado podía
sumergirse en este mar de letras para obtener información
diversa, desde un ensayo sobre la pintura de Van Gogh, pasando
por críticas de la obra de autores venezolanos de la
talla de Rómulo Gallegos, hasta una serie de reportajes
dedicados a la muerte de Albert Camus, ocurrida en ese año.
Varios de estos trabajos eran parte de una sección
llamada Indice Literario, que ocupaba -aunque usted
no lo crea-, por lo menos, diez páginas de la revista.
¿Y la chica bonita de la portada?... Muchas veces ni
siquiera se sabía quién era.
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Mujer tatuada
Carla Tofano
Hace apenas unas horas, sentada en la butaca
de una sala de cine, padecí y disfruté Irreversible,
una historia -cinematográfica- que, gracias a la crudeza
del discurso estético y conceptual de Gaspar Noé,
y a la belleza inagotable de la actriz italiana Mónica Bellucci,
me hizo recordar que no sólo mis tatuajes, en la vida, son
irreversibles. Por lo general la
gente me pregunta si tatuarse duele, a muchos les preocupa que con
el tiempo dejen de gustarme las cosas que he calcado sobre mi piel
y que en el camino, con el paso del tiempo, extravíe el placer
de verme dibujada. Muchas personas se cuestionan, si van a gustarme
mis tatuajes cuando mi figura sucumba a la drástica e inevitable
gravedad de la edad. Lo gracioso -o misterioso- es que yo jamás
me hice a mí misma ninguna de estas preguntas, básicamente
porque siempre he sospechado, como afirma Gaspar Noé, que
de todos modos, el tiempo lo daña todo y todo en la vida
-bueno o malo- es irreversible.
Aunque esta afirmación parezca dramática y categórica,
me permite vivir el presente sin desconfianza. La irreversibilidad
de mi destino no me inquieta al punto de condicionar mi voluntad
estética del presente por miedo a desconocerme en el futuro.
El día -los días- que decidí embellecer algunos
rincones de mi cuerpo con flores y una mariposa, puse a un lado,
inconscientemente, toda clase de predicción determinante
y premonición pesimista. ¿Qué dirán
mis nietos de la mariposa qué está dibujada en la
mitad inferior de mi antebrazo? Es sencillo ¡dirán
qué tienen una abuela con una mariposa tatuada en el brazo!
y visto de este modo me aguarda un futuro simple y hermoso.
Los estigmas sólo funcionan como verdades absolutas para
quienes caen en la trampa de juzgar todo lo que ven, valiéndose
de la comodidad del cliché. Los tatuajes no son otra cosa
que la necesidad imperiosa de agraciar y adornar el cuerpo respondiendo
a los dictámenes de la propia sensibilidad estética.
El lugar, el tamaño, los colores, la forma y el motivo del
dibujo seleccionado para sobresaltar la atención de todos,
constituyen pistas adicionales para el entendimiento humano. Tatuarse
ha estado de moda, fuera de moda y pasado de moda desde el mismo
momento en que los tatuajes fueron descubiertos. Siempre han sido
-incluso en la actualidad, que parecieran haberse masificado- expresión
visceral de individualidad y reiteración de fe contracultural.
Eros Ramazzotti se tatuó en el cuello el nombre de su esposa
-Michelle Hunziker- en caligrafía japonesa, justo cuando
ella decidió negarle para siempre su amor. El anárquico
y romántico Johnny Depp se tatuó una lágrima
falsa en el rostro para el rodaje de "Cry Baby" a principios
de los ochenta, y unos años después, construyendo
su personaje en la vida real, escribió "Winona Forever"
en su brazo. ¿Qué pasó? El enamoramiento le
duró un par de años y tuvo que recurrir al viejo truco
de poner color sobre color para borrar las huellas de su impulsiva
promesa de amor adolescente. Ejemplos de tatuajes célebres
sobran, y aunque las cosas en la vida siempre cambian, algo te une
para siempre a tu propio e injustificado deseo de radicalismo escénico.
Los tatuajes te permiten sentirte por un instante dueño de
tu mortalidad y artífice de tus desatinos.
Tener hijos es irreversible. Militar en algún partido, crear
una obra de arte, escribir una carta de amor, votar por algún
candidato, ser testigo de un delito, creer o aborrecer a Dios, todo,
absolutamente todo, es irreversible. Quizás por eso, la perdurabilidad
ineludible de un tatuaje nunca me ha resultado amenazadora; a fin
de cuentas, la mitad de las cosas que hacemos en la vida no tienen
marcha atrás. En mi glosario de la mitología actual,
una mujer tatuada es una sutil evocación de María
Magdalena en La pasión de Cristo, es una reminiscencia
del glam rock de toda década moderna, es síntesis
del espiritualismo urbano y poética visual de quien intenta
sobrevivir a las reglas. Una mujer tatuada es la manifestación
de un espíritu voluntarioso, y la expresión mutante
de una heroína de la ficción urbana con discernimiento
estético y una generosa dosis de inconsciencia. Yo, gracias
a mis tatuajes, me intuyo metáfora visual de mi irreversible
pasión. l
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