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  En el supermercado
Mirtha Rivero

 

A Mariam le estresa mucho ver la nevera vacía, y esa es su razón para justificar la exactitud inglesa con que cada 15 días visita el automercado. Le da un no sé qué imaginarse el aire espeso y blanco del freezer envolviendo tres gaveras de hielo. ¡Qué horror!, exclama, y ese sentimiento la empuja a llenar hasta el tope el carrito con filetes, fiambres, frascos y verduras. "Además, ¡me encanta!", dice, al tiempo que repite mentalmente "el paseo" que hace escogiendo con deleite las hortalizas más frescas o las frutas más bonitas. Zanahoria, espinaca, manzana o mamón. La que vea más presentable, es la que lleva. Mariam disfruta los tours de supermercados. Buscar cosas diferentes, ricas, atractivas.

Lo mismo hace Camila, aficionada a los establecimientos de autoservicio. Para mi amiga, recorrer las distintas cadenas, es parte de la agenda. Cada siete días, incursiona en un sitio distinto, buscando novedades y consintiéndose -es el verbo que conjuga: consentir- con el queso más madurado o el chocolate más cremoso. Y lo mejor de todo es que nunca se aburre porque allí se topa con gente, habla, comparte y -una ventaja adicional- hace buenas migas con los empleados que le avisan cuándo debe abastecerse de productos que podrían a escasear. "Me fascinan los supermercados", no tiene empacho en revelar. Es tal su pasión, que incluso cuando sale de vacaciones se detiene a ver los locales en las ciudades que visita. "Es lo máximo", declara. Y al oírla, no alcanzo a calibrar su frustración si viaja a la Gran Sabana.

La segunda de mis hermanas es más o menos parecida. Ella, si bien no cae en los extremos de Camila o Mariam, disfruta hurgando en anaqueles con comestibles.
"Yo compro lo básico -asegura- pero cuando voy al automercado, así sea por una caja de jabón, hago mis rondas: comparo precios, me fijo en los rellenos que traen las aceitunas, las nuevas latas de mejillones, la variedad de galletas importadas. Y me imagino lo que me gustaría comer. Así de sencillo: fantaseo. Aunque no tenga dinero, puedo pasarme horas mirando, y no me estreso, lo que no me sucede cuando voy a un centro comercial con la cartera vacía".

Igual piensa América, a quien le produce un placer indescriptible pasear entre víveres y detenerse a examinar la procedencia de los productos, estudiar sus ingredientes, examinar el color de las verduras y los empaques e idear el plato que le provoca cocinar. Hacer mercado -ha confesado- la relaja, y no entiende cómo alguien puede sorprenderse cuando admite su complacencia.

Como de seguro se sorprendería Victoria. Si por ella fuera, con tal de no poner un pie en los locales "atestados" de gente, haría todas sus compras por teléfono. Detesta a la gente que la choca con sus carros repletos o que la saluda como si la conociese de toda la vida y se le adelanta en la cola de la carnicería, amparándose en una sonrisa bobalicona. "Odio el mercado". Y cuando no logra convencer a Víctor, su marido, para que haga la compra, entra acelerada a cualquier local -el que sea- y en un santiamén se apertrecha -también de lo que sea-, sin fijarse en marcas, cantidades o fechas de expiración.

Ha desarrollado tanta aversión a los supermercados que se la pasa ingeniando estrategias para evitarlos. Hasta ahora ninguna le ha servido. A lo más que ha llegado es a reglamentar un horario de visita para evitar multitudes e incomodidades.
"Si pudiera, iría de madrugada aunque pagara el doble. Y definitivamente, nunca voy si tengo hambre. Es lo peor, porque lleno el carro con todas las chucherías inútiles que encuentro a mi paso." l

 
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