Los 80 años de
Oscar Yanes
Prefiere que lo llamen “reportero del inmediato pasado venezolano” antes que historiador.
El próximo 25 de abril cumple ocho décadas
de existencia. A propósito del significativo aniversario, nueve humoristas le rendirán
esta noche un homenaje en el Aula Magna. Mientras eso ocurre, él evoca personajes, objetos y amores que lo han acompañado durante toda su vida. Pablo Blanco. Fotos: Alfonso Zapata
“Cumpliré 80 años, pero yo diría que estoy
como de 40”, suelta Oscar Yanes en el calor
de su hogar y con el humor que lo caracteriza.
“No soy historiador ni cronista histórico, me
gusta presentarme como el reportero del inmediato pasado venezolano”, aclara con énfasis. Este oficio lo ha vertido en libros,
programas de radio, columnas en medios impresos y espacios de televisión que se pasean de la política al anecdotario popular del país. Hay una expresión con la que se le asocia automáticamente: “Así son las cosas”. “La idea de usar esa frase para identificar mis relatos corresponde a Agustina Martín (la fallecida actriz que fuera su esposa), quien, fascinada por los cuentos que yo le narraba sobre la historia de Venezuela, me sugirió que los convirtiera en micros radiales y les pusiera un nombre. Yo le pregunté: ‘¿Te parece Cosas de Yanes?’, y ella me dijo: ‘Por favor, eso es muy pretencioso. Ni que tú fueras Thomas Alva Edison. Tiene que ser algo más genérico. Hay una frase usada por todos los venezolanos que vale para casi todo y es: ‘Así son las cosas’. Y así fue como tomé ese nombre para los micros, el programa de televisión y un libro que le dediqué, por supuesto, a Agustina”.
Actualmente Yanes sigue en la conducción de Así son las cosas, todos los viernes, a las 7:30 de la mañana por Venevisión, rememorando antaño con datos contundentes a los que pone un broche de oro verbal, igualmente, pegajoso: “Chúpate esa mandarina”. Pero a su expediente televisivo se suma, especialmente, La silla caliente, el espacio que estrenara en plena campaña presidencial venezolana de 1999 en donde tuvo la oportunidad de entrevistar, uno por uno, a los candidatos al máximo mandato del país: el actual presidente Hugo Chávez Frías, la ex Miss Universo Irene Sáez y el ex gobernador del Estado Carabobo Enrique Salas Römer, entre otros. Preguntas y repreguntas inundaban el acalorado encuentro. “¿Cuánto gana usted?”, inquiría sin adornos a sus invitados. Algunos disimulaban la sorpresa por la osadía respondiendo rápidamente. Otros esquivaban las interrogantes y hasta lo mandaban a callar. Yanes no reparaba en sus agudezas ni en esa suerte de esa caracterización de venezolano de a pie a la que acompañan casi siempre un traje oscuro y un clásico sombrero que hace juego con sus largos mostachos blanqueados. Ocho años después se le consigue con el mismo aspecto durante este encuentro que, lejos de acalorado, fue cálido. Mientras esta entrevista transcurre, los humoristas Emilio Lovera, Laureano Márquez, Pedro León Zapata, Wilmer Ramírez, el “Che” Gaetano, Claudio Nazoa, Rolando Salazar, Carlos Rodríguez (mejor conocido como Rafucho), y Amílcar Rivero afinan los ensayos para presentar el espectáculo Oscar Yanes: 80 años de humor, un homenaje que se estrenó el pasado 18 de abril en el Salón Plaza Real del Hotel Eurobuilding y que continuará hoy en el Aula Magna de la Universidad Central de Venezuela. El show está dividido en tres partes en las que los actores harán una recreación de la vida del periodista desde su más tierna infancia hasta el presente. Pero antes de que suba el telón, Yanes, acostumbrado a investigar sobre una vasta variedad de hechos históricos, se dispone a contar su propia historia.
De Ligia y Venezuela. “Me gusta verme reflejado en todos los venezolanos.
El país me sirve de espejo para analizarme a mí mismo, mis conductas, mis errores
y mis aciertos. Debo decir que la Venezuela actual es caótica, desequilibrada. Utilizando un término psiquiátrico se puede decir que es un país neurótico, donde las cosas no están en su sitio y ninguno de nosotros hace algo para que eso ocurra”, comenta Yanes mientras su esposa Ligia Vásquez de Yanes, también periodista, le sirve un trago de whisky en vaso largo. Sorbo a sorbo, y dada la presencia de esta dama que lo ha acompañado por 11 años, se permite hablar de ella. “La relación es interesante porque Ligia es mucho más joven que yo. Eso me permite tener un criterio juvenil a mi lado. Somos dos corrientes totalmente distintas pero edificantes. La conocí en el Palacio Arzobispal; ella era la mano derecha del arzobispo Ignacio Velasco y Venevisión me había enviado a entregarle un documental como obsequio. Así se dio nuestro primer encuentro. Posteriormente, coincidimos de nuevo gracias a un amigo
en común: un padre vibrador llamado Hilario Rodríguez. La conexión era inevitable”.
Reencuentro con Mamachica. “De mi infancia extraño a mi madre. Sólo la pude conocer por fotografías porque ella murió poco tiempo después que nací. Eso para mí fue un verdadero trauma. Cuando yo tenía como siete años mi abuela —que pasó a asumir el rol de mi madre— me mostró la primera imagen de mi mamá; allí ella era una niña, parecía una muñequita, por eso bauticé a la foto como Mamachica. Posteriormente, y dada la obsesión que tenía con ella, mi abuela me mostró otra foto en la que sale mi mamá cargándome. Yo tendría como ocho meses de nacido. Ese registro hizo que me reconciliara conmigo mismo, ya que me sentía desafortunado; me hizo reencontrarme con ella. Siempre la contemplo en momentos difíciles, me da mucha fuerza”.
Memorias de Oscarcito. A finales de los años treinta, Yanes, quien era un prepúber para la época, comenzó a sentir un gran interés por la lectura. Su disposición para aprender se vio impulsada por un hombre que —según explica— es la influencia intelectual más grande de su vida. “Es la primera vez que menciono que el venezolano que impulsó mi formación académica se llamó Enrique Planchart. Corría el año 1937, llegaron las vacaciones escolares y, como yo era un niño pobre, tenía que pasar el asueto en Caracas y no en el interior del país como el resto de mis compañeritos. Y un buen día, cuando iba a la panadería Altagracia, donde mi padre era repostero, pasé por donde hoy está la Asamblea Nacional. Allí cerca estaba el Palacio de las Academias y la Biblioteca Nacional. Entonces vi, a través de la ventana, una gran cantidad de personas mayores leyendo. Le pregunté al policía que estaba en la puerta: ‘¿Cuánto se paga aquí por leer?’. Me dijo: ‘No se paga nada, esto es del gobierno, te prestan los libros y el periódico’. Entonces entré. Yo estaba de pantaloncito corto y un señor me detuvo y me preguntó: ‘Mijo ¿qué haces aquí?’. ‘Quiero saber si de verdad aquí se puede leer gratis, porque no tengo para pagar libros ni periódicos’, le dije. ‘Claro que puedes leer lo que te dé la gana. Puedes venir desde las 8:30 de la mañana y hasta las 5:00 de la tarde’. Y así lo hice. Durante esas largas vacaciones me instalé a leer en ese recinto. Me llevaba un sándwich y un termo de café; ese era mi almuerzo. Todo lo investigué bajo la orientación de aquel hombre: Enrique Planchart, el entonces director de la Biblioteca Nacional”.
Abuelo sustituto. “Un día me pregunté: ‘¿Por qué no se explota con un sentido sensacionalista pero honesto el periodismo del inmediato pasado venezolano?’. Entendiendo por ese inmediato pasado desde la época de Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez hasta nuestros tiempos. Así nacen mis investigaciones que muchos califican de historia de Venezuela. Para mí son historias de ayer bien explotadas que constituyen una visión distinta de los hechos. ¡Imagínate qué interesante sería si el periodismo de hoy hubiese existido aquel 19 de abril de 1810 en el país! ¡Cuántas cosas hubiéramos averiguado! Esa forma de trabajar aplicando las herramientas de investigación actuales para descubrir antaño ha sido mi mayor motivación para ejercer el periodismo. Y es de allí que nace Así son las cosas, que, si tú te pones a ver, es un espacio cuya principal misión es sustituir la figura del viejo abuelo que siempre se encargaba de contar historias al resto de los miembros de la familia. Porque los abuelos de hoy son jóvenes: tanto físicamente como de espíritu. Hay abuelas que pueden competir con las nietas por un pretendiente. Y muchos abuelos andan por ahí metiéndole a la rumba, sin pensar en lo que hizo o no hizo Isaías Medina Angarita sino en una muchachita (risas). En cualquier caso, me alegra haber despertado interés en la juventud venezolana sobre ese pasado inmediato. La receptividad que ha tenido Así son las cosas y mis conferencias en los más jóvenes es la mejor prueba de ello”. •
Locación de fotos: Museo Arturo Michelena. esq. de urapal, no. 82, la pastora. Caracas.
Telf.: 862.9544. www.museomichelena.arts.ve . Agradecimientos: mario beroes, jesus molina
y fernando leon del Museo Arturo Michelena
pblanco@eluniversal.com
| Inmediato pasado, |
Inmediato presente
¿A qué hora escribe?
“A las 4:00 de la mañana. La madrugada es el tiempo perfecto para escribir: nadie te llama, no hay ruidos, nadie te molesta. Es todo un ritual: me acompaña mi búho, mi sombrero de investigador privado y mi vieja máquina de escribir. El sonido de la máquina me despierta los deseos de seguir escribiendo”.
¿Cuál es el objeto más valioso que atesora?
“La fe. Fe en todo lo bueno que existe. Cuando me empeño en cumplir una tarea lo hago con inmensa fe”.
¿Qué objetos le gustaría tener?
“Dos cuadros: La Mona Lisa por su sonrisa y el cuadro Miranda en La Carraca, aunque sea antihistórico porque a él nunca le pusieron un grillo en prisión”.
¿Algún amuleto?
“Sí. Soy sumamente supersticioso. Tengo un colmillo de tigre de bengala para la fortuna, me lo regaló Reinaldo Cervini, que era gran amigo mío, dueño de un antiguo zoológico venezolano. También siempre llevo conmigo lo que los musulmanes llaman la cruz de la vida, alguien me la regaló en Egipto”.
¿Quién es el mayor héroe de la historia
venezolana?
“Yo diría que José Antonio Páez. Ha sido el más venezolano de los venezolanos: bailaba joropo, asistía a las peleas de gallo y no tenía miedo de decir las cosas sin adornos. No le importaba tener enemigos. Cuando yo estaba muchacho había un dicho que rezaba: ‘Yo conozco a Páez’. Se usaba para referirse a alguien de quien se sabía que iba a echar para adelante en algo”.
¿Su mayor imprudencia?
“Haber creído en la política venezolana. Mientras yo ejercía el periodismo, mi amigo Rodolfo José Cárdenas le vende al presidente Rafael Caldera, en su primer período presidencial, que yo debía estar como director del Canal 5 o de la Oficina Central de Información. Pero me veían como una suerte de salvaje en la aristocracia copeyana, aunque creo que logré imprimirle a Copei algo de simpatía popular”.
¿Cuál es su dicho predilecto?
“O se come gallina o se muere arponeado.
Es un dicho llanero que significa que tienes que cumplir las metas que te traces a como dé lugar. Es mi editorial personal”.
¿Qué opina del periodismo venezolano actual?
“El periodista venezolano, además de estar preparado para la búsqueda de la noticia, es muy intuitivo; esa cualidad nos permite dar muchos tubazos. El problema es que, a veces, hay una falta de criterio investigativo. Somos muy buenos respondiendo cuatro preguntas básicas del lead: el qué, el cómo, el cuándo y el dónde, pero fallamos en el por qué. Allí no hay intuición que valga”.
¿Qué capítulo borraría de la historia
de Venezuela?
“El momento bochornoso en que Bolívar entrega a Miranda a los españoles. Ante lo que Miranda responde con profundo desprecio: ‘Bochinche, bochinche’. Los historiadores deberían estudiar la influencia de ese bochinche en la vida venezolana. Nos ayudaría a entender muchas cosas”.
¿Qué escena bíblica le hubiera gustado
presenciar?
“La entrevista entre Poncio Pilatos y Jesús de Nazaret. Creo que es lo más espectacular de la historia universal. Cuando Pilatos le pregunta: ‘¿Qué es la verdad?’, y Jesús guarda silencio”.
¿Se imagina que usted hubiera estado allí
como reportero?
“Claro que sí, hubiera repreguntado: ‘Maestro, por favor, diga qué es la verdad’”. |
Ver también en Encuentros:
- Los 80 años de Oscar Yanes. Así son sus cosas
- Criminal Minds Perfiles de la vida Real
- Ruge el leopardo
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