- Cada amigo
con su tema


- Florecerán
las cuerdas


- En cuestión
de 13 segundos


MODA

- 8 gestos
que rejuvenecen


- Los 80 años
de Oscar Yanes.
Así son sus cosas


- Criminal Minds
Perfiles de la
vida real


- Ruge
el leopardo


SALUD
- La enfermedad
del estilo de vida
BELLEZA
- A pleno sol
FAMILIA
- Las primeras letras
COCINA
- Postres ligeros
con manzanas
MASCOTAS
- Vida en el agua
 CRIMENES
 HOROSCOPO
 HUMOR
 MAYTTE
 CRUCIGRAMA
 ARCHIVO
 CONTACTENOS
 
revista Estampas
 
 

El diablo en México

Los sacrificios satánicos consolidaron el poder del capo de las drogas

Adolfo Constanzo podría haber pasado fácilmente como un joven ejecutivo en franco ascenso dentro del escalafón corporativo. Alto y buen mozo, Constanzo sobresalía en sus profesiones de brujería, contrabando y homicidios.

Era hijo de una inmigrante cubana. Nació en Miami, el 1 de noviembre de 1962. Se crió en Puerto Rico, donde su madre contrajo segundas nupcias. Cuando su padrastro falleció, Adolfo y su progenitora regresaron a Miami.

El atractivo joven dejó la escuela tras finalizar el noveno grado y se empleó en actividades dispares para contribuir en la manutención de su madre y sus cuatro hermanos.

Arrastrado por el dinero fácil del narcotráfico, partió de Florida en 1984, rumbo a México; allí el carismático Constanzo se metió rápidamente en el negocio de la droga. No pasó mucho tiempo para que se convirtiera en el líder de una banda de contrabandistas asentada en Matamoros. Se cree que su participación en todo lo que obtenía la pandilla de Hernández en sus operaciones ilegales era de 50 por ciento.
Geográficamente, la base de operaciones de la pandilla no podía ser más conveniente: Matamoros está situado en la frontera de Estados Unidos y México; el Puente Internacional sobre el Río Grande separa Brownsville en Texas de Matamoros en México.

Pese a su juventud, Constanzo exigía respeto, y con mucha razón. Mezclaba el temor con el dinero contante y sonante. Sus acólitos pronto tuvieron más dinero y mejor vida de lo que nunca disfrutaran antes de que su joven líder apareciera en el escenario. Organizaba el tráfico de marihuana, despachándola desde granjas distantes hasta su almacén en un granero del Rancho Santa Elena cerca de Matamoros; de allí, se pasaba de contrabando por la vía fluvial hacia Estados Unidos, con Miami y Hudson como destino final.

Sus seguidores practicaban una forma de brujería donde se utilizaban pedazos de animales y seres humanos para librarse de los malos espíritus. Sus partidarios también creían que el malhechor podía predecir el futuro y era una especie de demonio. Lo llamaban El Padrino.

Constanzo les dijo a sus acólitos que la policía nunca los perjudicaría ni hostigaría, y jamás lo hicieron. No se trataba realmente de brujería; sino que él les pagaba a los oficiales. A menudo les ordenaba a sus seguidores que agarraran a una persona para ofrecerla en sacrificio a los dioses. Allí, en una pequeña cabaña de la granja, la víctima con los ojos vendados, en muchos casos desconocida para los secuestradores, sería eliminada. Con frecuencia, extraían el corazón y los sesos y los colocaban en un caldero con especies.

Mark Kilroy vivía en un mundo distinto al de Adolfo Constanzo; él era estudiante del ciclo básico de la Universidad de Texas en Austin. Salía con chicas, era animador de los diversos equipos deportivos y estudiaba mucho, con la intención de graduarse de médico. Esperaba con ansias el receso de marzo cuando él y sus compañeros Bradley Moore, Bill Huddleston y Brent Martin planeaban viajar a Isla South Padre, cerca de Brownsville. Unos cuantos centenares de jóvenes compartían la misma idea.

Mark y sus amigos emprendieron el viaje. Después de dos días de contemplar a las chicas y tomar cerveza en South Padre, los chicos atravesaron el puente hacia Matamoros. Los chicos tomaron cerveza en varias de las atrayentes tascas. Entablaron amistad con otros estudiantes y se entretuvieron intercambiando anécdotas hasta que llegó el momento de regresar al otro lado del Río Grande. A las 2:00 am, la multitud había mermado. El disperso grupo de cuatro chicos se dirigió hacia el Puente Internacional.

Mark Kilroy se quedó detrás de los otros tres cuando pasaban por el restaurante de García. Entonces se fue, se desvaneció. Los tres chicos desandaron sus pasos, pensando que el joven pudo haberse devuelto por alguna razón. Al final, regresaron a su auto y manejaron por los alrededores en busca de su amigo. Las calles estaban desiertas cuando denunciaron ante la policía mexicana su desaparición.

A la mañana siguiente, en Matamoros, notificaron
la desaparición en el consulado estadounidense. Después, llamaron a los padres de Mark en Santa
Fe y les dijeron que su hijo se había perdido en México.

Lo que nadie sabía era que habían sacado a Mark Kilroy en un camión y lo habían llevado al Rancho Santa Elena. Le abrieron la cabeza con un machete. Adolfo Constanzo y sus acólitos le extrajeron los sesos y el corazón para utilizarlo en sus rituales satánicos, luego lo enterraron. Las autoridades de ambos lados de la frontera emprendieron sin demora la búsqueda masiva del estudiante desaparecido.

Sara Aldrete, de 24 años, era una estudiante distinguida en el Texas Southmost College de Brownsville. Esta joven alta y morena también era la novia de El Padrino y su compañera asidua, aunque sabía que él era homosexual y tenía dos amantes masculinos. Participaba de buen agrado en los rituales satánicos. Los rumores acerca del Rancho Santa Elena como el punto donde iba a parar la droga habían llamado la atención de la policía. Nunca se hizo nada. Se alega que las autoridades aceptaban sobornos a cambio de permitir el flujo de los estupefacientes. Ahora, un nuevo oficial, Juan Benítez, encabezaba la policía de Matamoros. El honesto policía de 35 años estaba limpio. Había rastreado un despacho de drogas hacia el Rancho Santa Elena. El 9 de abril de 1989, la policía hizo una redada y capturó a Serafín Hernández. Uno tras otro fueron cayendo: Elio Hernández, David Serna y Sergio Martínez.

Benítez arremetía contra el narcotráfico, pero también tenía una foto de Mark Kilroy, el estudiante desaparecido. Se la mostraba a todo el mundo, pero siempre recibía la misma respuesta: nadie lo había visto. Hasta que le enseñó la foto a un trabajador del Rancho Santa Elena. Su nombre era Domingo Reyes.

Sin titubeo, Domingo le dijo al oficial: “Sí, lo recuerdo. Le di un poco de agua. Después lo llevaron a la cabaña y no lo volví a ver más”. La policía fue al lugar, acompañada por Domingo. Rompieron un cerrojo, y se reveló todo el horror de lo que había acontecido en ese lugar.

Allí, en tres cacerolas, había un guiso con un cerebro humano. Un caldero de hierro contenía sangre seca, una tortuga asada y otro cerebro humano. En el área general del fogón había velas consumidas, una cabeza de cabra y parte de un pollo.

La policía estaba al tanto de que las infames actividades de contrabando de drogas
de El Padrino incluían los homicidios, pero aún frente a este completo horror, no tenían la más remota idea del alcance de los asesinatos que irían a descubrir. Los cuatro reclusos fueron interrogados con respecto al homicidio. Todos confesaron, narrando un horror tras otro a los estupefactos agentes. Al final, la policía encontró un total de 15 cadáveres, incluido el de Mark Kilroy.

Constanzo, Sara Aldrete y demás miembros del culto fueron rastreados hasta su escondite en un apartamento de Ciudad de México. Un ejército de 80 funcionarios encubiertos y 110 policías uniformados rodearon el edificio. Al verse perdido, Constanzo entró en un pequeño armario con su amante Martín Quintana. Entonces le ordenó a Álvaro de León que les disparara a ambos a través de las delgadas paredes del mueble. El Padrino, el satánico capo de la droga, había dejado de existir. El resto de sus compañeros narcotraficantes y adoradores fueron arrestados. l

 

Traducción: Conchita Delgado . Ilustraciones: David Márquez

davidmarquez@cantv.net

[an error occurred while processing this directive]