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CRÍMENES MAX HAINES

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El asesino de una anciana no contaba con el brillante trabajo de la policía

Se ha dicho que el crimen perfecto es aquel en el que nunca se sospecha que se cometió un acto delictivo. Un ancianita se cae por las escaleras; un trágico accidente, sin duda, pero en todo el asunto no había nada oculto. Después de todo, los terribles detalles no pueden revelarse si no se considera que hubo asesinato.

Los cuerpos policiales, con sus modernos equipos científicos, superan con creces a la mayoría de los asesinos ineptos. Sin embargo, una que otra vez algún individuo inteligente ingenuamente se empeña en derrotar el sistema. Eso fue exactamente lo que ocurrió al anochecer del 29 de agosto de 1932, cuando alguien arrolló a la señora Jessie Scott Hughes en San Francisco. El esposo de Jessie, Joe, se había ido al cielo hacía varios años, dejándole una fortuna. Ella envejecía con gracia, recortaba los cupones de ofertas y vivía sola en una casa pequeña, aunque cómoda.

Una joven pareja que regresaba de una velada en el teatro observó un cuerpo en el camino. Corrieron hacia la anciana y rápidamente vieron que estaba muerta. Llamaron a la policía. Los oficiales confirmaron que ya no podía hacerse nada para salvar a Jessie, quien aparentemente había sido víctima de un conductor que después de atropellarla se dio a la fuga. A esta conclusión llegaron después de advertir claras huellas de neumáticos en el abrigo rojo tejido. La policía, buscando medios para identificar a la occisa, examinó la inscripción en su anillo. Decía: "De Joe para Jessie".

A la mañana siguiente, la descripción de Jessie fue publicada en los diarios. Un viejo conocido, John Kane, identificó a Jessie Hughes. Esa misma tarde, un grupo de ancianos observó el cuerpo; lágrimas cayeron por mejillas arrugadas. ¿Quién haría semejante cosa a su querida amiga? Nadie sabía la respuesta, pero el capitán de detectives Charles Dullea tenía la intención de descubrirlo.

Dullea revisó la casa de la víctima. Los oficiales ya habían examinado la residencia, así como el garaje, sin encontrar nada que sirviera para identificar al despiadado conductor que había huido. Después de pasar 10 minutos en el lugar, Dullea declaró que creía que Jessie había sido víctima de un homicidio intencional. Sus hombres pensaron que al jefe se le había aflojado un tornillo, pero el oficial hablaba con toda seriedad. Había visto huellas de llantas en el garaje de Jessie, lo cual le pareció extraño. Verán, Jessie no tenía auto. La idea de que alguien había intentado simular un atropellamiento y posterior huida para encubrir un asesinato a sangre fría se le había metido en la cabeza. Por esa razón era capitán de detectives.

Dullea, quien obviamente tenía algo de sabueso, se apoyó en sus manos y rodillas en el piso del garaje. Creía que el piso de concreto había sido lavado recientemente. ¿El asesino había lavado con una manguera el vehículo y el piso a fin de eliminar cualquier rastro de sangre? ¿O alguien había asesinado a Jessie en el garaje?

La tubería de desagüe del garaje fue retirada y examinada. Dentro de la misma, la policía encontró ocho hebras de cabello gris. Ahora parecía haber una clara posibilidad de que alguien hubiera golpeado a Jessie en el garaje, la hubiera arrojado dentro el auto y hubiera lanzado el cuerpo donde fue encontrado.

¿El asesino había lavado con una manguera el vehículo y el piso a fin de ELIMINAR cualquier rastro de sangre?

Las teorías son una cosa, pero se necesita evidencia contundente para resolver un crimen. A los detectives les asignaron la tarea de determinar quién se beneficiaría con la muerte de Jessie. Sus esfuerzos arrojaron un sospechoso un tanto inusitado: nada más y nada menos que el defensor público Frank Egan, de San Francisco.

Egan era un prominente abogado vinculado con obras benéficas. Resultó ser el albacea y principal beneficiario del testamento de Jessie. A primera vista, parecía absurdo que se le pudiera seriamente considerar sospechoso en un caso de asesinato. Al verificar la situación financiera de Egan se determinó que tenía deudas por más de 10.000 dólares, una suma considerable en ese tiempo. También manejaba el dinero de Jessie, y corrían rumores de que ella estaba recelosa y quería una rendición de cuentas de su parte.

Sin dejarle ver sus verdaderas intenciones, los detectives le preguntaron al propio Egan dónde había estado la noche del asesinato. Afirmó que había asistido a un encuentro de boxeo. Cuando los vecinos de Jessie lo ubicaron cerca de la casa de la víctima la noche en cuestión, Frank Egan se convirtió en el principal sospechoso del asesinato de Jessie Hughes.

Egan era conocido por ayudar a delincuentes después de que eran liberados de prisión. Uno de esos ex convictos era Verne Doran, quien trabajaba como chofer del abogado. Los detectives interrogaron a Doran, quien les aseguró que no había infringido la ley desde su excarcelación. Les dijo que si bien Egan poseía un auto, éste le había indicado que tomara uno prestado el día del asesinato.

Un amigo de Egan llamado Postel le había prestado un Lincoln, el cual ya había sido devuelto. Los agentes se comunicaron con Postel, quien confirmó la versión de Doran y les permitió inspeccionar el vehículo.

La policía escudriñó el Lincoln y encontró dos cabellos grises que coincidían con los hallados en el garaje de Jessie. Se hizo un molde de las huellas de los neumáticos del auto. Las impresiones eran idénticas a las tomadas en el piso del garaje de la víctima y en su abrigo.

Cuando le presentaron esta serie de evidencias incriminatorias, Doran entendió que sería su cuello o el de Frank Egan. Escogió a Egan.

Doran le informó a la policía que Egan le había recordado a él y a su amigo Albert Tinnan que los había ayudado a salir de la cárcel y obtener empleos. Les dijo que si no cooperaban con él, podía hacer que los regresaran a prisión.

Doran continuó. "Egan dijo que tenía una urgente necesidad de dinero y que lo podría conseguir si la señora Hughes fallecía. La llamó por teléfono y le dijo que la visitaría dentro de un rato y llevaría a unos amigos, por lo que tendría que abrir la puerta del garaje, como había hecho en otras oportunidades. Me dijo que Tinnan la dejaría inconsciente golpeándola en el estómago Y que mi trabajo sería atropellarla con el auto. Acordamos que haríamos que pareciera un arrollamiento accidental y que el conductor se había dado a la fuga".

Los dos hombres condujeron hasta la residencia de Jessie y entablaron conversación con la anciana, que nada sospechaba. La engatusaron para que fuera al garaje, donde Tinnan la golpeó en el estómago; luego le pegó en los ojos. Doran relató que Tinnan colocó a Jessie debajo de la rueda derecha delantera del vehículo. Le indicó que condujera hacia atrás y hacia delante, por encima del cuerpo.

Luego Tinnan puso el cuerpo en el asiento trasero y abandonaron el lugar a toda velocidad. Rodaron durante algún tiempo con la muerta, buscando un lugar solitario para arrojar el cuerpo, pero cada vez que querían detenerse, pasaba otro vehículo. Finalmente encontraron un trecho de calle oscuro y sin más ni más arrojaron el cadáver del auto.

Todo el abominable plan había sido concebido por un hombre que debió pensarlo mejor: un defensor público. Tres hombres fueron enjuiciados y encontrados culpables de asesinato. Frank Egan, Verne Doran y Albert Tinnan fueron sentenciados a cadena perpetua.

Traducción: José Peralta.

Ilustraciones: David Márquez. davidmarquez@cantv.net

 
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