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La última vez que hablé con Caro sonaba frustrada. Después de saludarnos e intercambiar buenos deseos para el año nuevo me contó el motivo de su desaliento. Acababa de hornear una torta de cambur, según una receta de su mamá, y por segunda vez consecutiva había fracasado —esa fue la palabra que utilizó: fracaso—. Jacobo, su esposo, que funge de “probador oficial” había dado el veredicto: no sabe bien, le dijo después de torcer la boca y tragarse un bocado.
Caro, con 23 años de edad, uno de matrimonio y apenas seis meses viviendo en otra ciudad, está estrenándose como dueña de casa y en las horas libres que le deja el trabajo, en un museo, se esfuerza por calentar su nuevo nido. Quiere lucirse y en el intento se empeña en conocer el más mínimo detalle y conseguir la manera ideal de hacer las labores domésticas. El esfuerzo le ha rendido frutos. Ya sabe cuáles son los mejores supermercados, dónde conseguir el queso fresco y cuál es la tintorería que brinda el servicio express sin dejar la ropa oliendo a bencina. En tiempo récord se ha convertido en una experta en materia de muebles, artefactos de línea blanca y plantas de jardín, y además en una hábil ama de casa que resuelve rauda y serena cualquier crisis cotidiana, vale decir: rotura de tuberías, desperfecto de la lavadora, averías en el sistema de calefacción, invasión de termitas. Cuando se le presenta un inconveniente, de esos que cualquiera consideraría calamitoso, mi joven amiga —diligente— llama al técnico para que lo resuelva. Como toda una veterana sale de los apuros sin más aspavientos que los necesarios para narrar lo ocurrido. Hasta ahora ha sabido sortear las dificultades y exhibe a favor un manojo de pequeñas conquistas en el territorio —para ella novedoso— del quehacer hogareño. En donde aún no ha podido anotarse mayor victoria es en el área de los fogones. El arte culinario se le resiste. Pero ella, obstinada, sigue intentando y, a veces, después de mucho batallar logra que algún guiso le salga bien: “Apetitoso”. Cuando eso ocurre se emociona mucho y, envalentonada por el triunfo, repite el platillo hasta la saciedad —literalmente—. Para comprobarlo basta con preguntarle a Jacobo qué efecto produce comer lentejas cuatro días seguidos o cuántas veces, en las últimas dos semanas, ha cenado ensalada de atún y lechugas, aderezada con vinagreta agridulce.
A punta de ensayo y error busca salir adelante. Y eso es precisamente lo que pretendía con la torta de cambur: salir exitosa. La primera vez que la preparó —para ofrecerla a unas amigas—, siguió al pie de la letra las indicaciones de la mamá. “Hasta compré el papel encerado que me recomendó”. Pero el pastel se chamuscó y aunque una de sus invitadas hizo el amago de comer, Caro sabía que no había podido con la receta.
-En el centro quedó cruda —especificó Jacobo.
Sin embargo, no se dio por vencida. A la semana siguiente, con la excusa de otra visita, insistió. Ese día ofrecería salmón acompañado de su ya tradicional ensalada de atún, para cerrar con la bendita torta. Se afanó. Preparó el postre desde el día anterior: calibró el horno, lo precalentó, pesó las cantidades exactas, batió la mezcla. Todo según el recetario… para nada. Una hora después de horneado el pastel, Jacobo lo encontró con sabor a goma.
El desconsuelo de Caro fue enorme. Mi esposo quiso animarla diciéndole que Jacobo “es un musiú” y no está acostumbrado a sabores tropicales, pero mi amiga replicó:
-El no habló de que sabía raro o extraño, él dijo que sabía a goma y que se le pegaba al paladar.
Viéndola en ese estado le recordé algo que hace mucho me comentó mi amiga Lucinda, una vez que me atreví a confesar lo chapucera que soy en el manejo de una casa.
-Yo no me mortifico por eso —opinó Lucy, tajante—, porque cuando me muera, a mí no me van a recordar por lo bien que fregaba los platos.
Al oír el comentario, Caro pareció espabilarse:
-No me voy a preocupar. Total: hay tanta mujer profesional que no sabe cocinar… y el mundo sigue…
Pensé que había cerrado el capítulo, pero cuando me disponía a cambiar el curso de la conversación mi amiga me invitó para el cumpleaños de Jacobo a mediados de mes. Enseguida supe que intentaría poner velas encima de una torta de cambur. A Caro, por muy joven y contemporánea que sea, le gustaría que hablen de ella como habla ella misma de su abuela: “con la boca hecha agua”. l
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