| Prohibido abstenerse
Evitar en la cama a su marido trajo severas consecuencias para Alice. Max Haines
Henri Demon se casó con su amor de la juventud, Alice, en la pequeña villa francesa de Phalempin en 1945. Henri tenía 20 años, Alice 23.
Henri había abandonado la escuela a los 15 para trabajar en el taller de herrería de su padre. En cinco años transformó el taller en una fábrica de maquinaria agrícola con 60 empleados. Su padre se retiró y le dejó toda la operación a él.
Los Demon produjeron dos varones en menos de dos años.
Debido a sus convicciones religiosas, Alice no utilizaba métodos anticonceptivos. En cambio, comenzó a emplear el método de la abstinencia.
La dura medida derivó en que Henri se aprovechara de las prostitutas de la zona. Alice no recibió muy bien las actividades extracurriculares de Henri.
Durante cuatro años, luego del nacimiento de su segundo hijo, Henri no compartió la cama con Alice. ¿Acaso es extraño que Henri se sintiera atraído hacia su nueva secretaria, la rubia Francoise Lejaune? Ella también se sentía atraída hacia su rico jefe. Ocasionalmente, Francoise le dejaba cartas de amor a Henri, lo cual no resultaba tan difícil, ya que sus oficinas estaban pegadas.
Un día Alice halló una de las cartas de amor de Francoise en el bolsillo de Henri. Fue corriendo a conversar con el padre de Henri en busca de consejos. El señor Demon insistió en que no debía divorciarse bajo ningún concepto. Como resultado de la reunión, Alice despidió a Francoise.
Cuando Henri oyó sobre el despido se puso furioso. Quería divorciarse de su esposa, pero ni Alice ni su padre querían saber nada de una medida tan dura. Henri insistió en que nunca había tenido sexo con Francoise. La muchacha tonta estaba enamorada de él y le escribía cartas de amor —nada más. Alice cedió. Tal vez había actuado muy impulsivamente. Volvió a tomar a Francoise.
Henri decidió que no había salida para su problema más que asesinando a su mujer. En la noche del 12 de junio de 1951 Henri trazó su plan. A altas horas de la madrugada despertó a Alice diciéndole que había escuchado ruidos en la ventana. Equipado con una Mauser automática investigó el alboroto ficticio. Arriba en la habitación Alice oyó seis tiros. Henri apareció: “Había alguien allí. Me disparó dos veces. Yo disparé pero fallé”. Henri le contó a la policía sobre el incidente.
Pasó un mes. El 10 de julio, Alice se fue a la cama. Henri se quedó sentado en la cocina. Más tarde Henri diría que había oído que una puerta se abría afuera y había salido a investigar. Le gritó a Alice: “¡Baja, hay alguien en el jardín!”. Dijo que un tiro había pasado cerca de su cabeza. Entonces disparó en la oscuridad. El intruso disparó una vez más y una bala rozó el brazo izquierdo de Henri haciendo que soltara la linterna. Henri entró corriendo a la casa, y encontró a Alice tirada en el piso del otro lado de la puerta. Sus dos hijos estaban acurrucados en sus brazos. Una bala se había abierto paso dentro de la columna de Alice, paralizándola de forma permanente de la cintura para abajo. Desde el comienzo, los gendarmes no creyeron la historia de Henri. El perro de la familia no le había ladrado al intruso. La bala que había alcanzado a Alice no había sido disparada a través de la ventana de la cocina. Más bien parecía que la cortina había estado corrida hacia un lado y un florero había sido retirado del alféizar para darle al intruso una línea de visión despejada.
A los pocos días los expertos en balística probaron que las cajas de los cartuchos hallados en la escena indicaban que habían sido usadas dos pistolas diferentes para herir a Henri y a Alice. Luego Alice le susurró al doctor: “Fue Henri quien me disparó”.
Henri fue arrestado e inculpado por intento de asesinato de su esposa, un crimen que podía enviarlo a la guillotina.
La misma noche Henri confesó haber sacado a su mujer de la cama, haberle disparado y luego haberse disparado él mismo en el brazo con un segundo revólver. A la mañana siguiente repudió su confesión, alegando que la policía lo había golpeado y no lo habían dejado dormir, así que finalmente les dijo lo que ellos querían escuchar.
Diecisiete meses más tarde Henri se presentó a juicio por intento de asesinato. Alice, confinada a una silla de ruedas, atestiguó en contra de su marido. Dijo que Henri le había gritado esa noche pero sus palabras habían sido: “Baja, Alice, hay alguien aquí que quiere verte”.
Luego de dispararle, él se agachó a su lado y le dijo: “Nos han atacado a los dos”. Alice contestó: “No, tú fuiste quien me disparó. Me hiciste bajar para matarme”.
Por otra parte, la secretaria de Henri estaba siendo señalada como la amante y el motivo del intento de asesinato. Por desesperación ella pidió un examen médico y se le declaró virgen.
Alice argumentó en la corte que a pesar de no sentir amor por su marido, seguía siendo el padre de los niños. Pidió a la corte que salvara su vida.
Luego de considerarlo por apenas 20 minutos, el jurado halló a Henri culpable. No había dudas de que el juez estaba influenciado por el ruego de Alice: sentenció al hombre a cadena perpetua. l
Ilustraciones: David Márquez |