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  El que dirán
Mónica Montañés

 

A pesar de su falta de originalidad la escena me dejó consternada. Dos muchachitas, dieciséis, diecisiete años a lo sumo, franela beige, falda de pliegues azul marino, perplejas ante el primer golpe que les propina la vida. Una de ellas, la más delgadita, con los ojos llenos de lágrimas y de espanto. La otra, la más bajita, sin saber cómo hacer para consolar a su amiga. El lugar: una fría sala de espera de los resultados de laboratorio de una clínica privada. El motivo: un papel tembloroso en las manos de una de ellas con una sola palabra impresa: Positivo. Yo, en una esquina de la misma congelada sala, viéndolas, consternada, sintiéndome una de ellas. ¿Quién no ha sido una de esas dos muchachitas, la del pánico, la del consuelo? ¿Qué mujer no estuvo, más o menos a esa edad, de protagonista o de mejor amiga de la mismísima escena? ¿Quién no se la sabe, quién evita la piel de gallina, quién no puede creer su suerte porque en un instante idéntico el papelito dijo que no, que esta vez te salvaste?

La delgadita sollozaba, cómo es posible, pero si yo, pero si él. La bajita la abrazaba más duro, tranquila amiga, tienes que calmarte, ya verás que todo va a salir bien. La delgadita negaba con la cabeza, incrédula, mientras volvía a ver mil veces el papelito con la esperanza de que fuera un error y las letras mágicamente cambiaran. Ya, amiga, ya. ¿Qué voy a hacer? Mi mamá me va a matar. Mi papá se va a morir. ¿Y Fulanito? ¿qué crees tú que haga Fulanito? No sé, amiga, no sé. Estamos peleadísimos, yo hasta creía que íbamos a cortar. ¿Y en el colegio? ¿te imaginas lo que van a decir las monjas de mí? ¿y la maestra guía? ¿y Menganita y Sutanita y Perencejita lo que van a gozar destrozándome? No van a hablar de otra cosa en el chat. Van a decir que yo, van a pensar que yo, ¡ay!, amiga, yo me quiero morir.

Yo, en mi esquinita, viendo y escuchando aquello, loca por ir a hablar con ellas, por invitarlas a un cafecito y decirles que sí, que claro, que puso la torta y que bueno, claro, que la vida se le puso más cuesta arriba y que por eso es que el sexo debe ser cosa de adultos, porque trae consecuencias que sólo los adultos medio sabemos manejar, pero que la última cosa por la que tenía que preocuparse en ese momento (y cuidado si por el resto de su vida) es por el qué dirán. Me moría por decirle que su mamá sí iba a agarrar una calentera de quinto piso, pero que no la iba a matar nada y, por el contrario, seguramente, iba a estar patria o muerte al lado de su muchachita fuera cual fuera la decisión que tomaran. Que su papá sí iba a formarle un lío de pronóstico o quizá no le hablaba en un mes pero no se iba a morir nada, porque por más viejos y serios que le parecieran a ella sus padres, y por más doloroso que fuera todo, la iban a seguir queriendo igual. Me moría por decirle que sí, que probablemente Fulanito iba a decir una frase desatinada de la cual se arrepentiría toda la vida y qué carrizo, así suelen ser esas cosas. Me moría, más que nada, por jurarle que lo que dijeran en el colegio no tenía la menor importancia. Que dentro de veinte años ni esas monjas ni esas maestras ni esas compañeras iban a formar, pero ni remotamente, parte de su vida, que dentro de veinte años ella no se las iba ni a encontrar en una cola de un semáforo, que dentro de veinte años le iba a costar un trabajo horroroso acordarse de cómo era que se llamaban las Menganitas esas cuya opinión parecía tan importante en ese instante. Me moría por decirle que uno no debe tomar ninguna decisión, ni siquiera la de perder un minuto de su valioso tiempo mortificándose por el qué dirán, entre otras cosas porque uno no es tan importante así y lo más probable es que nadie diga nada. Tanto me moría por decirles todo eso que hasta me les acerqué con lo que yo juraba era mi mejor cara de amiga mayor. Pero mi cara les debe haber sonado más bien a mamá de alguien y echaron a correr antes de que yo lograra decirles nada. l

 
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