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A pesar de su falta de originalidad la escena
me dejó consternada. Dos muchachitas, dieciséis, diecisiete
años a lo sumo, franela beige, falda de pliegues azul marino,
perplejas ante el primer golpe que les propina la vida. Una
de ellas, la más delgadita, con los ojos llenos de lágrimas
y de espanto. La otra, la más bajita, sin saber cómo
hacer para consolar a su amiga. El lugar: una fría sala de
espera de los resultados de laboratorio de una clínica privada.
El motivo: un papel tembloroso en las manos de una de ellas con
una sola palabra impresa: Positivo. Yo, en una esquina de la misma
congelada sala, viéndolas, consternada, sintiéndome
una de ellas. ¿Quién no ha sido una de esas dos muchachitas,
la del pánico, la del consuelo? ¿Qué mujer
no estuvo, más o menos a esa edad, de protagonista o de mejor
amiga de la mismísima escena? ¿Quién no se
la sabe, quién evita la piel de gallina, quién no
puede creer su suerte porque en un instante idéntico el papelito
dijo que no, que esta vez te salvaste?
La delgadita sollozaba, cómo es posible,
pero si yo, pero si él. La bajita la abrazaba más
duro, tranquila amiga, tienes que calmarte, ya verás que
todo va a salir bien. La delgadita negaba con la cabeza, incrédula,
mientras volvía a ver mil veces el papelito con la esperanza
de que fuera un error y las letras mágicamente cambiaran.
Ya, amiga, ya. ¿Qué voy a hacer? Mi mamá me
va a matar. Mi papá se va a morir. ¿Y Fulanito? ¿qué
crees tú que haga Fulanito? No sé, amiga, no sé.
Estamos peleadísimos, yo hasta creía que íbamos
a cortar. ¿Y en el colegio? ¿te imaginas lo que van
a decir las monjas de mí? ¿y la maestra guía?
¿y Menganita y Sutanita y Perencejita lo que van a gozar
destrozándome? No van a hablar de otra cosa en el chat. Van
a decir que yo, van a pensar que yo, ¡ay!, amiga, yo me quiero
morir.
Yo, en mi esquinita, viendo y escuchando aquello,
loca por ir a hablar con ellas, por invitarlas a un cafecito y decirles
que sí, que claro, que puso la torta y que bueno, claro,
que la vida se le puso más cuesta arriba y que por eso es
que el sexo debe ser cosa de adultos, porque trae consecuencias
que sólo los adultos medio sabemos manejar, pero que la última
cosa por la que tenía que preocuparse en ese momento (y cuidado
si por el resto de su vida) es por el qué dirán. Me
moría por decirle que su mamá sí iba a agarrar
una calentera de quinto piso, pero que no la iba a matar nada y,
por el contrario, seguramente, iba a estar patria o muerte al lado
de su muchachita fuera cual fuera la decisión que tomaran.
Que su papá sí iba a formarle un lío de pronóstico
o quizá no le hablaba en un mes pero no se iba a morir nada,
porque por más viejos y serios que le parecieran a ella sus
padres, y por más doloroso que fuera todo, la iban a seguir
queriendo igual. Me moría por decirle que sí, que
probablemente Fulanito iba a decir una frase desatinada de la cual
se arrepentiría toda la vida y qué carrizo, así
suelen ser esas cosas. Me moría, más que nada, por
jurarle que lo que dijeran en el colegio no tenía la menor
importancia. Que dentro de veinte años ni esas monjas ni
esas maestras ni esas compañeras iban a formar, pero ni remotamente,
parte de su vida, que dentro de veinte años ella no se las
iba ni a encontrar en una cola de un semáforo, que dentro
de veinte años le iba a costar un trabajo horroroso acordarse
de cómo era que se llamaban las Menganitas esas cuya opinión
parecía tan importante en ese instante. Me moría por
decirle que uno no debe tomar ninguna decisión, ni siquiera
la de perder un minuto de su valioso tiempo mortificándose
por el qué dirán, entre otras cosas porque uno no
es tan importante así y lo más probable es que nadie
diga nada. Tanto me moría por decirles todo eso que hasta
me les acerqué con lo que yo juraba era mi mejor cara de
amiga mayor. Pero mi cara les debe haber sonado más bien
a mamá de alguien y echaron a correr antes de que yo lograra
decirles nada. l
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