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El padre de los asesinatos

Cuando un hijo acaba con la vida de su padre, el jurado es inclemente. Max Haines

El crimen de parricidio, el asesinato de un padre o madre, es raro, pero sucede. Aquí tenemos a Bertie Willox y a su padre, Robert. Ambos vivían en el 79 de la calle Grove, en un barrio obrero de Glasgow, Escocia. En 1929, Robert tenía 55 años. Su única aventura en la vida había sido su servicio militar durante la Primera Guerra Mundial, donde fue herido. Como resultado de la herida, recibió una pequeña pensión. Trabajó como vigilante de la puerta de una firma constructora de barcos, A&J English, hasta el día de su muerte.

Robert Willox era uno de esos hombres que evitan la compañía. Era un solitario en todo el sentido de la palabra. Los vecinos que vivían en las casas aledañas casi ni conocían al hombre. Su mujer había muerto hacía más de tres años y su único hijo, Bertie, tenía 20 cuando nuestra historia se desarrolla.

Bertie abandonó la escuela a los 14 años y se convirtió en un chico de recados. Más tarde, se hizo aprendiz de ingeniero, hasta que murió su madre. Cuando esa tragedia azotó a la familia Willox, el padre de Bertie le dejó en casa para que llenara el vacío dejado por la ausencia de la señora Willox.

Cada semana, Robert daba a su hijo un poco de dinero por sus tareas caseras. Se debe subrayar que Bertie no fumaba ni bebía. Su única diversión además de las tareas domésticas, era su pasión por el juego de los billares.

Entonces, sucedió. A las 9:20 de la noche del 4 de noviembre de 1929, Bertie comenzó a tocar las puertas de sus vecinos, gritando: “¡Miren!, ¡miren!, ¡miren!”, mientras gesticulaba señalando la puerta principal de su casa. Desde afuera era visible el cuerpo despatarrado en el suelo de Robert Willox. Este yacía en el umbral entre la entrada y la cocina. Un gran charco de sangre rodeaba su horriblemente maltratada cabeza.

Los vecinos urgieron a Bertie a que fuera de inmediato a la comisaría más cercana. El gritó a un policía que estaba en el lugar: “¡Envíe una ambulancia, envíe una ambulancia, mi padre se está desangrando!”. De camino a su casa, explicó al policía que le acompañaba que su padre se debió desmayar y, quizá, se había golpeado la cabeza contra un sofá de metal. Añadió que el accidente había ocurrido después de acabar de cenar y después que él había lavado los platos y puesto la mesa para el desayuno de la mañana siguiente.

Los policías estaban un poco desconcertados cuando llegaron a la residencia de los Willox. El cuerpo estaba tal como lo había descrito el chico, pero la mesa de la cocina estaba preparada para la cena que nunca había sido consumada.

Pronto llegaron a la escena del crimen los detectives. Cuando intentaron interrogar a Bertie, se desmayó y cayó bruscamente al suelo. Tras recuperar la conciencia, Bertie dio a los investigadores una breve historia familiar. El ya estaba en casa. Su padre había llegado a las seis de la tarde, Bertie tenía la cena lista. Después que su padre cenó, Bertie lavó los platos. Su padre le dio un total de seis libras para pagar dos deudas pendientes. Bertie declaró que él abandonó su casa entre las 6:30 y 6:45, mientras su padre se ocupaba de sacar lustre a unos botones de un traje.

Bertie se encontró con su amigo James Turner, y se dirigió a los billares de Sinclair, donde jugaron media hora. Luego del juego, los amigos fueron a las dos residencias donde Robert debía dinero, y Bertie les pagó según le había indicado su padre. Entonces, los dos jóvenes se despidieron. Turner se fue directamente a la casa.
Bertie visitó a otro amigo, Alfonso Jacovelli, quien más tarde le acompañó durante parte del camino a casa. Cerca de su casa, Bertie flirteó con una muchacha en la tienda. Se dirigió al 79 de la calle Grove, abrió la puerta y encontró a su padre muerto.
Cuando le preguntaron si había algo en la casa que se pudiera haber usado como el arma para el asesinato, Bertie inmediatamente presentó un martillo de ingeniero de un kilo, que había sido limpiado recientemente. Más tarde, un análisis científico del martillo reveló pequeños rastros de sangre entre el mango y la cabeza.

El piso y las paredes que rodeaban el cuerpo estaban salpicados. Ciertamente, el perpetrador del crimen también tendría que haber estado completamente bañado en sangre. Extrañamente, había una mancha de sangre en la mesa de la cocina, pero ninguna en el mantel que cubría la mesa.

El día después del asesinato, Bertie fue arrestado y culpado por la muerte de su padre.

El juicio del joven comenzó el 16 de diciembre de 1929. Rápidamente se estableció que Bertie se había encontrado con James Turner a las 6:30 de la tarde la noche en que murió su padre, como él había declarado. El operador de la sala de billares tenía un registro de la partida que habían jugado esa noche Bertie y James.

Ambos abandonaron la sala de billares a las 7:50. Las dos deudas que Bertie había pagado esa noche fueron comprobadas. Bertie había pagado las facturas, pero se reveló que había pedido dinero prestado en nombre de su padre, y que su padre no tenía ni idea de esos préstamos. Esto pesó duramente contra él, y la realidad era que Bertie había robado a su padre para poder repagar a sus acreedores.

Alfonso Jacovelli confirmó que Bertie había llegado a su casa, según había afirmado. Todos los testigos que habían estado esa noche con Bertie juraron que no había actuado extrañamente de ninguna manera. Si hubiera aporreado hasta matar a su padre, minutos antes, era un asesino con sangre fría.

Una autopsia indicó que el estómago del hombre estaba vacío. ¿Por qué había dado Bertie una declaración detallada, proclamando que su padre había cenado, cuando sabía que la cena completa estaba sin tocar encima de la mesa?

El no podía explicar lo de la comida. La alternativa, inverosímil, era que alguien había matado a Robert Willox, había cocinado la cena y había puesto la mesa, con el mantel blanco y todo.

Para la defensa, existía un hecho que era difícil de disputar. Bertie Willox no tenía ni rastro de sangre en sus ropas. Todas sus ropas fueron confiscadas y rastreadas. Aparte de un par de manchitas diminutas que se produjeron al desmayarse él mismo en el suelo, no se encontró otra sangre. Todos los expertos estuvieron de acuerdo en que el asesino tendría que haber recibido grandes cantidades de sangre en su persona mientras infligía los golpes mortales en la cabeza del señor Willox.

El jurado escocés encontró a Bertie culpable de asesinato con unánime recomendación de compasión debido a su juventud. Fue sentenciado a muerte. Inmediatamente se presentó una apelación. La Corte de Apelaciones Criminales intentó construir un caso alternativo. ¿Era posible que Bertie hubiera preparado la cena de su padre, a pesar de su propia declaración, y abandonara la casa antes de que su padre cenara? ¿Entonces alguien más entró en la casa, asesinó a Robert, lavó el martillo y dejó la casa sin ser visto? No lo creyeron posible. La apelación fue denegada.

Sin embargo, no estaba todo perdido. La sentencia de Bertie Willox, con el tiempo, fue conmutada a cadena perpetua. l

Ilustraciones: David Márquez

 
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