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Se hacía el musiú

La Cavalerie, el popular locutor, cuya imagen y voz se hicieran inolvidables en narraciones deportivas y en programas de concurso como El Batazo de la suerte, era un hombre muy exitoso, próspero y popular a los 50 años de edad; y aunque había anunciado retirarse a esa edad, las múltiples ofertas para hacer publicidad que le llegaban a sus manos se lo impedían. A propósito de su edad, una eterna disputa se tejía entre él y el no menos famoso, Renny Ottolina. Ambos, desde sus respectivos espacios de radio y televisión, se lanzaban puntas sobre los años que sumaban cada uno, por lo que la polémica se hizo del dominio público. Cuando Estampas le preguntó al Musiú si era más viejo que Renny, respondió: "¡Esas nos son bromas!", y agregaba: "El dice que tiene 47 porque se le olvidó contar; resulta que tiene un problema con la vista e invierte los números. El problema de Renny es que le tocó hacer el servicio militar con lanzas... y está enojado conmigo porque yo tengo cédula de identidad y él tiene Pergamino Real. Está muy claro que él es mucho más viejo que yo. Imagínate que fue novio de la primera reina de belleza que hubo en Valencia a comienzos de siglo". Caramba, con semejante defensa, sólo resta exclamar la frase que él mismo popularizó: ¡Vengan pa' que lo vean!

El mundo perfecto
Mirtha Rivero

Blanca estaba emocionada contando que le faltaba poco para comprar, por fin, la mesa de caoba para ocho personas que tanto había soñado. Pretendía que su alegría se contagiara a los que escuchábamos su cuento. Se sentía plena. Feliz. Lleva casi cuatro años de casada, y en todo ese tiempo, ella y Efraín -su esposo- han comido sentados en el piso apurruñando los platos en una mesita de café y poniendo la jarra de agua en la alfombra. Ambos se han negado de manera rotunda a malgastar el dinero en un tablero que no sea de madera fina, aunque sea para uso transitorio.
-O se tiene algo bueno, o no se tiene nada -dice ella, siempre-.
-Porque a uno no le gusta lo barato -remata él-. Bien lejos con la pobreza.
-¿Y para qué quieren una mesa tan grande, si ni siquiera tienen hijos? -preguntó la tía Agustina-. ¿Y por qué tiene que ser de caoba?
La tía, una mujer práctica, se sorprende de cómo pueden esperar tanto para comer como Dios manda, si con un poco de ingenio y buena voluntad podrían acceder a una solución intermedia, sin tener que caer en el abismo de la indigencia a la que tanto le huyen sus sobrinos. Para Agustina, la miseria no se espanta con lujos.
-La miseria se instala en el cuerpo sin que la gente se dé cuenta. Quién sabe si después de tanta espera, por mucha mesa de caoba que tengan, ya se acostumbraron a comer en el piso, y la mesa, bonita y cara, queda como adorno. Cuídense de eso, no vayan a terminar ustedes como la prima Filó.
Filomena -que era el nombre completo de la prima- se caracterizaba por comprar infinidad de artículos finos. Lencería, copas, zapatos, piyamas. No había tienda de prestigio que no conociera y de la que no fuera compradora "porque yo prefiero las cosas buenas". Pero así como Filomena compraba, así guardaba, porque sus objetos eran tan delicados y preciados que nunca encontraba una ocasión lo suficientemente importante para justificar su uso. Por eso tomaba agua en vasos de mermelada, comía en platos de melamina y dormía en sábanas que ojalá hubiesen sido wash and wear. Mientras, en los clósets amontonaba copas de Baccarat, cubertería Christofle, vajillas Villeroy & Boch y sábanas de hilo bordadas a mano.
-La pobre Filó -relata la tía Agustina- nunca llegaba a estrenar nada.
-Tampoco hay que ser tan pesimista -intervine yo, en defensa de Blanca y Efraín-. Está bien que los muchachos ahorren, se sacrifiquen y se esmeren por conseguir un futuro mejor.
Pero la tía siguió en sus treces, y continuó citando ejemplos. Mencionó a Oscar, que no se inscribe en el gimnasio hasta que no complete un look de marca: short, franela, zapatos, sudadera, medias, toalla, y hasta cooler. "Como si la eliminación de grasa tuviera que ver con el trapo bonito que retiene el sudor en la frente". Habló así mismo de Asdrúbal, quien se la pasa diciendo que el día que pueda dedicarse por entero a la literatura, será capaz de escribir una obra magnífica. "Se olvida que García Márquez escribió su primera novela en las noches, y a raticos". Recordó también el caso de Rosaura y Miguel, que invirtieron su noviazgo reuniendo los enseres necesarios para el hogar que montarían una vez casados, porque ellos tendrían la casa perfecta, después de una fiesta de boda igual de perfecta. Al cabo de siete años de estar en eso (no se sabe si porque Rosaura y Miguel se aburrieron de tanta perfección o se aburrieron uno del otro, o uno de los dos se enamoró de otro que no fuera tan perfecto), la relación se rompió y los corotos se repartieron.
-Hay gente -precisa la tía Agustina-que se la pasa aguardando un momento preciso, un futuro impecable. Creen que pueden controlarlo todo, y pasan años armando la fantasía de un mañana ideal. Se gastan la vida buscando el mundo perfecto, creyendo que, después, la misma vida les va a devolver el tiempo ido. Y con réditos. Como si fuera dinero en un banco. No se dan cuenta de que el tiempo no vuelve. Y ese mundo perfecto no existe. l

 
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