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Un
diamante en bruto
Max Haines
Todo el mundo admira secretamente a un
estafador. Nadie fue mejor en lo suyo que Henri Lemoine
Una cosa es estafar a una anciana por algunos
pocos pesos, pero algo muy distinto es hacerle una jugarreta a una
de las compañías más poderosas del mundo, y
llevarla a la bancarrota. Henri Lemoine hizo exactamente eso.
Henri nació en París en una familia prominente. Sobresalía
en el colegio y tenía excelentes notas en la universidad
hasta que vendió su dormitorio a sus compañeros. Esto
lo llevó a una retirada precipitada y puso fin a su educación
formal.
Más adelante, Henri le hizo creer a alguien que él
era heredero de Luis XIV, y le costó al pobre zonzo 1.000
libras el ser llamado rey por algunos días. En épocas
de poca actividad, Henri le vendió la Torre Eiffel a los
crédulos americanos.
Ocasionalmente era descubierto perpetrando estas tranzas, y era
metido en prisión.
Cada vez que lo soltaban, él salía con un engañabobos
más grande y mejor. A través de todo este proceso,
Henri estuvo casado con una verdadera muñeca, quien sabía
que su marido operaba fuera de la ley, pero a quien le gustaba el
dinero y amaba el suspenso de una nueva aventura.
En enero de 1905, Lemoine, sombrero en mano, fue llamado a la oficina
de Henry Feldenheimer, uno de los traficantes de diamantes más
prominentes de París. Henri, estiró su brazo sobre
el escritorio y entregó seis diamantes sin cortar.
Ajustándose los lentes de joyero, Feldenheimer dijo: "Excelente.
Son absolutamente perfectos".
No había nada realmente excelente en las piedras en sí,
sólo el hecho de que Henri aseguraba haberlas fabricado con
recursos artificiales. Naturalmente, Henri estaba en esa oficina
para obtener ayuda financiera, ya que sus experimentos lo habían
dejado, supuestamente, en la ruina.
Feldenheimer dijo que necesitaba unos días. Tomando las piedras,
convocó a una reunión con sir Julius Werhner, uno
de los presidentes de De Beers Consolidated Mines Ltd., la compañía
sudafricana de diamantes. La idea de diamantes artificiales tuvo
el mismo efecto en sir Julius Werhner que el advenimiento del automóvil
debe haber tenido para un fabricante de herraduras para caballos.
Sir Julius desarrolló un pequeño tic nervioso en la
esquina de su boca.
Sir Julius, que no era un hombre crédulo, quiso ver a Henri
mientras éste realmente fabricaba un diamante. Feldenheimer
dijo que eso podría arreglarse, pero que antes tendría
que encargarse de un pequeño detalle. El detalle era un rápido
documento legal fabricado entre él y Henri, en donde se le
daba a Feldenheimer el 10% de lo que saliera de la invención
de los diamantes artificiales.
Y de esa forma, en una noche parisiense sin estrellas, hubo una
reunión en un apartamento, a la que asistieron Feldenheimer,
sir Julius, Francis Oaks, el director de De Brees, y Alfred Belt,
financista.
Henri pidió desde atrás de una cortina, a sus distinguidos
invitados, que se sentaran. Una vez que estuvieron cómodos,
las cortinas se abrieron y Henri se paró frente a un enorme
equipo de laboratorio. Con un fondo de copas burbujeantes y tubos
de ensayo, Henri enfrentó a algunos de los hombres más
poderosos del mundo, vistiendo sólo calcetines y zapatos.
Sus ojos guiñaron y explicó a su audiencia que él
quería que quedara absolutamente claro que no llevaba nada
escondido en su persona.
El punto de interés del laboratorio de Henri era un pequeño
horno. Explicó que al calentar carbón y su ingrediente
secreto, y al enviar una corriente eléctrica a través
de la masa, podría producir diamantes. Para demostrarlo,
sostuvo un jarro redondo de cerámica lleno de carbón
y la sustancia supuestamente secreta. Los escépticos examinaron
el recipiente, y al convencerse de que no había diamantes
escondidos en la sustancia oscura, le devolvieron el jarro a Henri,
quien lo colocó en el horno. Una hora más tarde, Henri,
todavía desnudo, extrajo el jarro del horno y exhibió
25 diamantes en bruto. La atónita audiencia pidió
una repetición instantánea. Una hora más tarde,
Henri produjo 30 diamantes más.
Sir Julius le ofreció a Henri el equivalente a 50.000 dólares
allí mismo por la fórmula. Henri, una persona fría
como era, dijo que lo quería por escrito para poder pensarlo.
Luego hizo una contraoferta. El escribiría la fórmula
con la condición de que no fuera revelada a nadie hasta después
de su muerte. Mientras tanto, él dejaría de fabricar
diamantes.
Sir Juluis cayó. Un sobre cerrado con la fórmula de
Henri se guardó en la caja de seguridad, Henri obtuvo el
dinero y De Beers creyó haber salvado a su compañía
de la ruina financiera, al mantener fuera del mercado los baratos
diamantes.
Luego Henri Lemoine cayó en la quiebra. Le sugirió
a De Beers que deberían fabricar diamantes con fines industriales.
Feldenheimer, quien recibía el 10% de toda la acción,
hizo presión sobre sir Julius. Aunque no lo crea, el grupo
de De Beers cayó.
Designaron a Henri para que construyera una planta turboeléctrica
en Francia, para producir diamantes industriales. Le enviaron rápidamente
100.000 dólares para que comenzara. Varios meses más
tarde, Henri contrató a un fotógrafo para que tomara
la foto de una planta turboeléctrica. Mandó la fotografía
a sus patrocinadores, quienes, satisfechos con el trabajo, le giraron
otros 100.000 dólares.
Por más inverosímil que suene esto, Henri continuó
succionando dinero de sus socios africanos durante tres años
más. Cada vez que parecía estar cerca de la producción,
otro hecho desafortunado causaba un retraso. Finalmente, decidieron
hacer una visita a la planta de Francia. Hallaron una, que pertenecía
al gobierno municipal, tal cual las fotos que habían recibido
ellos.
Se consultó con la policía, y el pasado de Henri les
fue revelado a sus socios. También encontraron que el hombre
no sólo había construido un plan inexistente, sino
que era muy astuto con las manos. La policía indicó
que Henri había realizado su farsa palmeando los diamantes,
y metiéndolos dentro del contenedor justo antes de introducir
el recipiente en el horno.
Henri fue hallado y metido en la cárcel. Ni lento ni perezoso,
el estafador contrató a un abogado. Su abogado sostuvo que
Henri no había hecho nada malo y que la esposa había
tomado todo el dinero africano, se había divorciado, y había
desaparecido. Su cliente había sido forzado a mentirle a
sus socios. Se habían presentado muy tempranamente, y que,
por otros 90.000 dólares, Henri produciría los diamantes
bajo supervisión.
Bueno, amigos, la realidad es más extraña que la ficción.
Sir Julius le dio a Henri 90.000 dólares. Henri comenzó
con la construcción y nuevamente aparecieron los retrasos.
La
paciencia terminó por desaparecer, y Henri también.
Se fugó una noche antes de que lo fueran a buscar. Un tiempo
después, se le vio por las calles de París, lo arrestaron
y pasó seis años en la cárcel.
Cuando abrieron la caja fuerte, la nota de Henri decía: "Es
muy difícil hacer diamantes".
Desde ese día de enero de 1905 hasta el momento en que Henri
entró en la oficina de Feldenheimer y dijo ser capaz de hacer
diamantes, él había obtenido de la organización
De Beers aproximadamente medio millón de dólares.
Nadie recuperó un centavo.
Una vez que salió de la prisión, desapareció
por completo. De todas formas, los que decían conocer a Henri,
dijeron haberlo visto con su mujer. l
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