- Isabel Allende: otra vez a la carga
- Esta noche con los Emmys
- De nuevo con los Fisher

 CRONICA
- El mundo perfecto
ESTAMPAS
50 AÑOS
- Gloria Estefan
- El regreso del melodrama
- Everybody Loves Raymond
BELLEZA
- El pecho que deseas
NUTRICION
- Para fortalecer los huesos
NUTRICION
- La cebolla no es sólo lágrimas
COCINA
- Pollo a la parrilla
MASCOTAS
- Higiene y salud
 CRIMENES
 HOROSCOPO
 HUMOR
 MAYTTE
 CRUCIGRAMA
 ARCHIVO
 CONTACTENOS
 
 

Un diamante en bruto
Max Haines

Todo el mundo admira secretamente a un estafador. Nadie fue mejor en lo suyo que Henri Lemoine

Una cosa es estafar a una anciana por algunos pocos pesos, pero algo muy distinto es hacerle una jugarreta a una de las compañías más poderosas del mundo, y llevarla a la bancarrota. Henri Lemoine hizo exactamente eso.
Henri nació en París en una familia prominente. Sobresalía en el colegio y tenía excelentes notas en la universidad hasta que vendió su dormitorio a sus compañeros. Esto lo llevó a una retirada precipitada y puso fin a su educación formal.
Más adelante, Henri le hizo creer a alguien que él era heredero de Luis XIV, y le costó al pobre zonzo 1.000 libras el ser llamado rey por algunos días. En épocas de poca actividad, Henri le vendió la Torre Eiffel a los crédulos americanos.
Ocasionalmente era descubierto perpetrando estas tranzas, y era metido en prisión.
Cada vez que lo soltaban, él salía con un engañabobos más grande y mejor. A través de todo este proceso, Henri estuvo casado con una verdadera muñeca, quien sabía que su marido operaba fuera de la ley, pero a quien le gustaba el dinero y amaba el suspenso de una nueva aventura.
En enero de 1905, Lemoine, sombrero en mano, fue llamado a la oficina de Henry Feldenheimer, uno de los traficantes de diamantes más prominentes de París. Henri, estiró su brazo sobre el escritorio y entregó seis diamantes sin cortar.
Ajustándose los lentes de joyero, Feldenheimer dijo: "Excelente. Son absolutamente perfectos".
No había nada realmente excelente en las piedras en sí, sólo el hecho de que Henri aseguraba haberlas fabricado con recursos artificiales. Naturalmente, Henri estaba en esa oficina para obtener ayuda financiera, ya que sus experimentos lo habían dejado, supuestamente, en la ruina.
Feldenheimer dijo que necesitaba unos días. Tomando las piedras, convocó a una reunión con sir Julius Werhner, uno de los presidentes de De Beers Consolidated Mines Ltd., la compañía sudafricana de diamantes. La idea de diamantes artificiales tuvo el mismo efecto en sir Julius Werhner que el advenimiento del automóvil debe haber tenido para un fabricante de herraduras para caballos. Sir Julius desarrolló un pequeño tic nervioso en la esquina de su boca.
Sir Julius, que no era un hombre crédulo, quiso ver a Henri mientras éste realmente fabricaba un diamante. Feldenheimer dijo que eso podría arreglarse, pero que antes tendría que encargarse de un pequeño detalle. El detalle era un rápido documento legal fabricado entre él y Henri, en donde se le daba a Feldenheimer el 10% de lo que saliera de la invención de los diamantes artificiales.
Y de esa forma, en una noche parisiense sin estrellas, hubo una reunión en un apartamento, a la que asistieron Feldenheimer, sir Julius, Francis Oaks, el director de De Brees, y Alfred Belt, financista.
Henri pidió desde atrás de una cortina, a sus distinguidos invitados, que se sentaran. Una vez que estuvieron cómodos, las cortinas se abrieron y Henri se paró frente a un enorme equipo de laboratorio. Con un fondo de copas burbujeantes y tubos de ensayo, Henri enfrentó a algunos de los hombres más poderosos del mundo, vistiendo sólo calcetines y zapatos.
Sus ojos guiñaron y explicó a su audiencia que él quería que quedara absolutamente claro que no llevaba nada escondido en su persona.
El punto de interés del laboratorio de Henri era un pequeño horno. Explicó que al calentar carbón y su ingrediente secreto, y al enviar una corriente eléctrica a través de la masa, podría producir diamantes. Para demostrarlo, sostuvo un jarro redondo de cerámica lleno de carbón y la sustancia supuestamente secreta. Los escépticos examinaron el recipiente, y al convencerse de que no había diamantes escondidos en la sustancia oscura, le devolvieron el jarro a Henri, quien lo colocó en el horno. Una hora más tarde, Henri, todavía desnudo, extrajo el jarro del horno y exhibió 25 diamantes en bruto. La atónita audiencia pidió una repetición instantánea. Una hora más tarde, Henri produjo 30 diamantes más.
Sir Julius le ofreció a Henri el equivalente a 50.000 dólares allí mismo por la fórmula. Henri, una persona fría como era, dijo que lo quería por escrito para poder pensarlo. Luego hizo una contraoferta. El escribiría la fórmula con la condición de que no fuera revelada a nadie hasta después de su muerte. Mientras tanto, él dejaría de fabricar diamantes.
Sir Juluis cayó. Un sobre cerrado con la fórmula de Henri se guardó en la caja de seguridad, Henri obtuvo el dinero y De Beers creyó haber salvado a su compañía de la ruina financiera, al mantener fuera del mercado los baratos diamantes.
Luego Henri Lemoine cayó en la quiebra. Le sugirió a De Beers que deberían fabricar diamantes con fines industriales. Feldenheimer, quien recibía el 10% de toda la acción, hizo presión sobre sir Julius. Aunque no lo crea, el grupo de De Beers cayó.
Designaron a Henri para que construyera una planta turboeléctrica en Francia, para producir diamantes industriales. Le enviaron rápidamente 100.000 dólares para que comenzara. Varios meses más tarde, Henri contrató a un fotógrafo para que tomara la foto de una planta turboeléctrica. Mandó la fotografía a sus patrocinadores, quienes, satisfechos con el trabajo, le giraron otros 100.000 dólares.
Por más inverosímil que suene esto, Henri continuó succionando dinero de sus socios africanos durante tres años más. Cada vez que parecía estar cerca de la producción, otro hecho desafortunado causaba un retraso. Finalmente, decidieron hacer una visita a la planta de Francia. Hallaron una, que pertenecía al gobierno municipal, tal cual las fotos que habían recibido ellos.
Se consultó con la policía, y el pasado de Henri les fue revelado a sus socios. También encontraron que el hombre no sólo había construido un plan inexistente, sino que era muy astuto con las manos. La policía indicó que Henri había realizado su farsa palmeando los diamantes, y metiéndolos dentro del contenedor justo antes de introducir el recipiente en el horno.
Henri fue hallado y metido en la cárcel. Ni lento ni perezoso, el estafador contrató a un abogado. Su abogado sostuvo que Henri no había hecho nada malo y que la esposa había tomado todo el dinero africano, se había divorciado, y había desaparecido. Su cliente había sido forzado a mentirle a sus socios. Se habían presentado muy tempranamente, y que, por otros 90.000 dólares, Henri produciría los diamantes bajo supervisión.
Bueno, amigos, la realidad es más extraña que la ficción. Sir Julius le dio a Henri 90.000 dólares. Henri comenzó con la construcción y nuevamente aparecieron los retrasos.
La paciencia terminó por desaparecer, y Henri también. Se fugó una noche antes de que lo fueran a buscar. Un tiempo después, se le vio por las calles de París, lo arrestaron y pasó seis años en la cárcel.
Cuando abrieron la caja fuerte, la nota de Henri decía: "Es muy difícil hacer diamantes".
Desde ese día de enero de 1905 hasta el momento en que Henri entró en la oficina de Feldenheimer y dijo ser capaz de hacer diamantes, él había obtenido de la organización De Beers aproximadamente medio millón de dólares. Nadie recuperó un centavo.
Una vez que salió de la prisión, desapareció por completo. De todas formas, los que decían conocer a Henri, dijeron haberlo visto con su mujer. l

 
volver a eluniversal.com | ir arriba
 
Contáctenos | Tarifario | Publicidad en línea | Política de privacidad
Términos Legales | Condiciones de uso