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Aun considerándome una persona adaptable
y liberal, nunca ha sido una de mis fortalezas compartir placeres
privados en lugares públicos. De hecho, aunque el aseo
personal y todos los aspectos relacionados con la evacuación
de toxinas -como a todo mortal- me producen cierto inexplicable
halo de gratificación y éxito biológico, soy
del tipo de personas que necesita negociar en silencio con el propio
pudor para no quedarme petrificada cuando me dispongo a orinar,
y sorpresivamente, otra persona irrumpe en el baño que ocupo.
Los baños colectivos, como el de la oficina que habito a
diario, me incomodan un poco y al mismo tiempo me despiertan algunas
evocadoras sensaciones de complicidad femenina y desahogo mancomunado.
Cuando estas allí, sentada, vulnerable,
y parcialmente desvestida y se abre la puerta para anunciarte que
llega otra mujer para compartir contigo ese inconfundible olor a
desodorante de ambientes que suelen tener los baños colectivos,
y ocupar sigilosa, el baño contiguo al tuyo, en seguida pierdes
la concentración y lo que debía ser un ritual natural
se vuelve un absoluto estrés: ¿Me estará oyendo?,
¿se verá algo?, ¿sabrá quién
soy? ¡Ojalá no crea que ese olor es mío! Alguien
irrumpe el espacio para alterar el biorritmo de tu cuerpo. Y, sin
embargo, el lugar en el que te encuentras irremediablemente a solas
con el water, tus reflujos, y tus pensamientos, termina siendo absolutamente
íntimo, intrínseco y entrañable, aunque a todas
luces, los baños públicos parezcan obscenamente impersonales.
Siempre que ocupo el estrecho perímetro
de uno de los tres cubículos que conviven alineados en el
baño de la oficina que habito a diario, codo a codo, con
otras chicas, me siento dueña -momentáneamente- de
un trozo de la geografía empresarial y desde mi trono, momentáneamente
inviolable, inclino la cabeza para mirar por debajo de la pared
que separa un water del otro, con la intención de reconocer
los pies de quien ocupa el baño contiguo, y de este modo
adivinar con quién comparto el momento más íntimo
de mi cotidianidad.
Cuando te sientes vulnerable al reproche silente
de quien se lavaba los dientes o las manos mientras tu cuerpo sucumbía
a los estragos de alguna indeseada intoxicación gástrica,
la vergüenza se apodera de ti, impidiéndote abandonar
el área de encierro hasta que no se retire del baño
la persona que fue testigo de tu brutal humanidad. Sin embargo,
es posible que horas más tarde, después de haber estado
en la desventajosa situación de sentirte espiada contra tus
más primitivos derechos de privacidad orgánica, seas
tú, quien se mira ingenuamente al espejo, mientras otra de
las muy ejecutivas mujeres de la compañía en la que
trabajas ejecuta en tu presencia las faenas propias de una sala
de baño.
El tránsito no se detiene: las mujeres
que salen dan paso a las que entran, y mientras tú te lavas
las manos, o los dientes, o limpias los cristales de tus lentes
Chanel, tu vecina de escritorio y cómplice vocacional se
mira la cara en el espejo y luego se voltea para constatar si los
resultados de la dieta que está haciendo han sido óptimos,
analizando cómo luce su figura por detrás en el espejo
de cuerpo entero. Confesionario, hervidero de intrigas, vertedero
de desilusiones, drenaje de humillaciones, los baños públicos
son espacios cargados de lágrimas, alegrías y muchos
secretos.
Mientras las llaves de agua de los lavamanos
y las pocetas drenan transparencia y arrastran la contaminación
que se condensa en las baldosas del mobiliario de rigor, el verbo
femenino se entrelaza por las paredes como si se tratara de un jardín
de enredaderas invisibles: "no se lo digas a nadie", "te
juro que no sé lo que me pasó", "me gustaría
decirle las cuatro verdades", "no es justo", "¿por
qué a mí?", "me encanta el color de tu labial,
¿es nuevo?"... frases que surgen de la sensación
de resguardo e intimidad que sólo puede tener un baño
colectivo, resuenan en eco y al unísono, gracias a la multiplicada
y descontrolada convivencia de hormonas y de estrógeno que
celebran las cuatro paredes del baño de mi oficina.l
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