- Tom en una de los Coen. Se Dice: De la Tierra Media a Marte.
- Dinosaurios animados. La Cita: Poética. El flash musical.

 CRONICA
- El baño de mi oficina
- Esta es la niña Marjorie
- La ruta del brunch
- ¡Lo hicieron
de nuevo!
PSICOLOGIA
- Recuerdos falsos
NUTRICION
- Nueces para adelgazar
BELLEZA
- Buenos pasos
COCINA
- Ricos gratenes
MASCOTAS
- Salir de paseo
 CRIMENES
 HOROSCOPO
 HUMOR
 MAYTTE
 CRUCIGRAMA
 ARCHIVO
 CONTACTENOS
 
  El baño de mi oficina
Carla Tofano

Aun considerándome una persona adaptable y liberal, nunca ha sido una de mis fortalezas compartir placeres privados en lugares públicos. De hecho, aunque el aseo personal y todos los aspectos relacionados con la evacuación de toxinas -como a todo mortal- me producen cierto inexplicable halo de gratificación y éxito biológico, soy del tipo de personas que necesita negociar en silencio con el propio pudor para no quedarme petrificada cuando me dispongo a orinar, y sorpresivamente, otra persona irrumpe en el baño que ocupo. Los baños colectivos, como el de la oficina que habito a diario, me incomodan un poco y al mismo tiempo me despiertan algunas evocadoras sensaciones de complicidad femenina y desahogo mancomunado.

Cuando estas allí, sentada, vulnerable, y parcialmente desvestida y se abre la puerta para anunciarte que llega otra mujer para compartir contigo ese inconfundible olor a desodorante de ambientes que suelen tener los baños colectivos, y ocupar sigilosa, el baño contiguo al tuyo, en seguida pierdes la concentración y lo que debía ser un ritual natural se vuelve un absoluto estrés: ¿Me estará oyendo?, ¿se verá algo?, ¿sabrá quién soy? ¡Ojalá no crea que ese olor es mío! Alguien irrumpe el espacio para alterar el biorritmo de tu cuerpo. Y, sin embargo, el lugar en el que te encuentras irremediablemente a solas con el water, tus reflujos, y tus pensamientos, termina siendo absolutamente íntimo, intrínseco y entrañable, aunque a todas luces, los baños públicos parezcan obscenamente impersonales.

Siempre que ocupo el estrecho perímetro de uno de los tres cubículos que conviven alineados en el baño de la oficina que habito a diario, codo a codo, con otras chicas, me siento dueña -momentáneamente- de un trozo de la geografía empresarial y desde mi trono, momentáneamente inviolable, inclino la cabeza para mirar por debajo de la pared que separa un water del otro, con la intención de reconocer los pies de quien ocupa el baño contiguo, y de este modo adivinar con quién comparto el momento más íntimo de mi cotidianidad.

Cuando te sientes vulnerable al reproche silente de quien se lavaba los dientes o las manos mientras tu cuerpo sucumbía a los estragos de alguna indeseada intoxicación gástrica, la vergüenza se apodera de ti, impidiéndote abandonar el área de encierro hasta que no se retire del baño la persona que fue testigo de tu brutal humanidad. Sin embargo, es posible que horas más tarde, después de haber estado en la desventajosa situación de sentirte espiada contra tus más primitivos derechos de privacidad orgánica, seas tú, quien se mira ingenuamente al espejo, mientras otra de las muy ejecutivas mujeres de la compañía en la que trabajas ejecuta en tu presencia las faenas propias de una sala de baño.

El tránsito no se detiene: las mujeres que salen dan paso a las que entran, y mientras tú te lavas las manos, o los dientes, o limpias los cristales de tus lentes Chanel, tu vecina de escritorio y cómplice vocacional se mira la cara en el espejo y luego se voltea para constatar si los resultados de la dieta que está haciendo han sido óptimos, analizando cómo luce su figura por detrás en el espejo de cuerpo entero. Confesionario, hervidero de intrigas, vertedero de desilusiones, drenaje de humillaciones, los baños públicos son espacios cargados de lágrimas, alegrías y muchos secretos.

Mientras las llaves de agua de los lavamanos y las pocetas drenan transparencia y arrastran la contaminación que se condensa en las baldosas del mobiliario de rigor, el verbo femenino se entrelaza por las paredes como si se tratara de un jardín de enredaderas invisibles: "no se lo digas a nadie", "te juro que no sé lo que me pasó", "me gustaría decirle las cuatro verdades", "no es justo", "¿por qué a mí?", "me encanta el color de tu labial, ¿es nuevo?"... frases que surgen de la sensación de resguardo e intimidad que sólo puede tener un baño colectivo, resuenan en eco y al unísono, gracias a la multiplicada y descontrolada convivencia de hormonas y de estrógeno que celebran las cuatro paredes del baño de mi oficina.l

 
volver a eluniversal.com | ir arriba
 
Contáctenos | Tarifario | Publicidad en línea | Política de privacidad
Términos Legales | Condiciones de uso