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Murmullos asesinos

El doctor no podía resistirse a las voces
internas que lo impulsaban a matar

Max Haines

¡En retrospectiva, es inconcebible que nadie
se encargara de que el doctor John Kappler recibierala atención médica que necesitaba tan urgentemente. John fue un estudiante sobresaliente con un coeficiente intelectual excepcionalmente
alto. Después de pasar un año en la universidad, abandonó los estudios para alistarse en el ejército. Sirvió en Corea, ascendió de soldado raso a sargento y obtuvo una honrosa Estrella de Bronce.

Al regresar a EE.UU conoció a Tommie, una enfermera especializada en pacientes con enfermedades mentales. John dejó el Ejército, se inscribió en la escuela de medicina de una universidad de Carolina del Norte y se graduó como médico general en 1960. Para 1963, los Kappler tenían cuatro niños. El estrés de su ejercicio profesional y su joven familia dejó su huella en John; comenzó a deprimirse, dijo que sufría muchas enfermedades y juró que escuchaba voces. Tommie, gracias a su entrenamiento como enfermera en el área psiquiátrica, reconoció los síntomas de su esposo. Ingresó a su esposo en el Neuropsychiatric Center, donde le diagnosticaron esquizofrenia paranoide.

Fue necesario que John dejara su ejercicio como médico. Sin embargo, reaccionó bien a los medicamentos y fue dado de alta del hospital seis semanas después.

Después de un largo período de comportamiento relativamente normal, tanto Tommie como John pensaron que era tiempo que él continuara con su vida, por lo que él decidió convertirse en anestesiólogo; solicitó una residencia en anestesiología en la University of Southern California y fue aceptado.

En 1968, John completó su especialización y aceptó un cargo en el St. Joseph's Medical Center, ubicado en Burbank, California. De vez en cuando, particularmente cuando dejaba de tomar su medicamento, se comportaba de manera extraña. En esas ocasiones, Tommie lo mantenía en casa, en su habitación. Ella le ocultaba a los niños los problemas mentales de su esposo.

El doctor Kappler era una persona enferma. Un día en 1973, mientras estaba en el quirófano, regresaron las atormentadoras voces. Le dijeron que le dieran a una mujer una serie de medicinas innecesarias. La mujer, que estaba dando a luz por cesárea, enfermó de gravedad, pero tanto ella como su bebé sobrevivieron. Sin desanimarse, John salió de la sala de partos para asistir en otras dos operaciones. Las voces le daban órdenes una y otra vez. John obedeció.

Durante la segunda operación, John señaló que había un paro cardíaco, aunque esto no había ocurrido. En esta ocasión, sus acciones causaron tanto alboroto que se escapó, entró por la fuerza en un auto que estaba en el estacionamiento del hospital e intentó huir. Chocó con otro vehículo, pero salió ileso. Las voces le indicaron que saltara frente a un autobús, cosa que hizo, pero el colectivo, que se desplazaba lentamente, no lo lesionó gravemente.

John fue arrestado y encarcelado, donde continuó su extraño comportamiento. Pudo establecer contacto con Tommie, quien, con ayuda de amigos médicos, reunió dinero para la fianza y consiguió su libertad. Mientras estuvo detenido, John fue observado mientras bebía del retrete de la celda. Pese a todo esto, nadie, ni su esposa ni sus colegas en el hospital,  dieron noticia de algún proceder impropio por parte de John Kappler.

Tommie se ocupaba de que su esposo visitara a un psiquiatra periódicamente. Para 1976, se determinó que estaba suficientemente apto para reanudar su práctica profesional. Pasó a ser empleado a tiempo completo del Hollywood Presbyterian Hospital de Los Angeles. A nadie en la institución le informaron que el había recibido atención psiquiátrica. Y así continuó la vida para John Kappler.

Cada tanto escuchaba voces y reaccionaba a ellas. Su esposa estaba convencida de que podría detectar cualquier cambio en su conducta y anticipar cuándo sufriría un episodio psicótico. Protegía a su marido lo más que le era posible. Tommie llamaba al hospital varias veces al día para asegurarse de que John estaba actuando de manera adecuada.

El 29 de abril de 1985, un paciente cuadraplégico, Ben Wytewa, estaba en la unidad de cuidados intensivos del Hollywood Presbyterian, conectado a un respirador artificial, cuando alguien apagó la máquina. Una enfermera en la sala identificó al culpable como un hombre que usaba anteojos y vestía el uniforme del hospital. No pudo dar más datos sobre el hombre.

John había estado en la sala justo antes de que ocurriera el incidente e inmediatamente después del mismo. Esa mañana fue arrestado en un quirófano.

Horas más tarde de ese mismo día fue liberado bajo una fianza de 10.000 dólares.
El cargo presentado en su contra era intento de asesinato.

Luego de su audiencia, que tuvo lugar unos meses después, nadie pudo identificar positivamente a John y el cargo en su contra fue retirado. El caso, que recibió mucha publicidad, marcó el fin de su vida profesional: se retiró.

El 14 de abril de 1990, John, entonces de 60 años, y Tommie estaban visitando a su hija Elsie, en Boston. Había atravesado el país manejando desde su hogar en California. El plan era que Tommie volara a casa al día siguiente. John conduciría el Hyundai Sonata, modelo 1989, de regreso a casa. Lo que no sabía su esposa era que John no había tomado desde hacía semanas la medicina que prevenía que sufriera episodios psicóticos.

El doctor Paul Mendelsohn, del New England Medical Center, estaba disponible para emergencias psiquiátricas. Tenía su busca personas en la cintura. El galeno de 32 años estaba por terminar su residencia; pronto regresaría a California con su esposa Camille.

Como todos los días, estaba trotando por uno de los caminos de la Universidad de Cambridge. No tenía forma de saber que otro médico estaba detrás del volante de un auto, escuchando voces que le daban órdenes. John pasó un semáforo en rojo, saltó un borde de acera de 15 centímetros y se acercó al camino. Dirigió su vehículo hacia Paul Mendelsohn, quien trotaba por el camino. El Hyundai lo arrolló, produciendo un ruido sordo, sin frenar.

Paul fue lanzado varios cientos de metros por encima del capó del auto, pero John Kappler no había terminado. Hundió el acelerador, buscando una segunda víctima. Momentos después atropelló a Deborah Brunet-Tuttle, una madre de 32 años.


John abandonó el auto a kilómetro y medio de distancia y regresó a pie a la escena de su matanza. Disfrutó de las patrullas de la policía, con sus luces centellantes, y de las sirenas de las ambulancias. Luego pidió un aventón para salir de la zona y tomó un autobús hacia la ciudad de Nueva York. Alquiló una habitación
en un hotel barato y llamó a Tommie, quien
le suplicó que se dirigiera directamente a un hospital. Fue allí donde uno de sus hijos, quien vivía en Nueva York, lo encontró. Lo habían puesto en el pabellón de hospitalización
de la Payne Whitney Clinic.

En Boston, Paul y Deborah fueron llevados de urgencia al Massachusetts General Hospital. Paúl murió a la mañana siguiente después que fue arrollado. Deborah sobrevivió al ataque. Después de pasar varios meses en el hospital, asistió al juicio del doctor Kappler en una silla de ruedas.

El 6 de diciembre de 1990, John fue enjuiciado por varios cargos, entre ellos el asesinato del doctor Mendelsohn. Se declaró no culpable por motivo de locura.
Los expertos de la fiscalía declararon que John sabía bien las consecuencias de sus acciones. El jurado creyó que John estaba consciente de lo que hizo y por lo tanto no estaba legalmente loco. Fue encontrado culpable de homicidio en segundo grado, ataque armado con intento de asesinato y ataque y agresión mediante arma peligrosa, por lo que fue sentenciado a cadena perpetua. l

Traducción: José Peralta. Ilustraciones: David Márquez

davidmarquez@cantv.net

 
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