Adrenalina cuesta abajo
Tras vivir sus años dorados en los sesenta y setenta —cuando Venezuela era otra y sus niños también— los carritos YMCA sobreviven en la memoria de los cientos de pequeños (hoy padres y abuelos) que entonces los tripulaban. Pero la tradición en el país no se ha extinguido del todo, en buena parte gracias a la persistencia de quienes han sabido valorar lo que verdaderamente hay detrás de estas pintorescas jaboneras rodantes. María Elisa Espinosa / Fotos Natalia Brand
Con sus cuatro ruedas, un volante, sistema de frenos, y hasta una suerte de chasis, no tendrían nada que envidiarle a los demás vehículos automotores. A no ser —precisamente— por el motor, que la verdad sea dicha: no tienen. Pero ni falta que les hace, pues gracias a la fuerza de gravedad, y a la maña de sus ávidos piloticos, los carros YMCA —llamados así por ser invención de la Young Men’s Christian Association en la época de la depresión estadounidense— pueden desarrollar ¡cuesta abaaajooooo! hasta 50 y 60 km/h. Sin hablar de la velocidad que llega a registrar la adrenalina que corre por las venas de quienes los conducen.
Desconocidos para la mayoría, pero parte fundamental en la vida de muchos niños y adolescentes venezolanos de finales de los años cincuenta, sesenta, y muy particularmente de la década de los setenta, los carritos YMCA han logrado sobrevivir a la vorágine tecnológica del nuevo milenio, particularmente en Estados Unidos, donde la actividad sigue siendo todo un issue nacional.
Aun cuando estos vehículos deben su nombre en inglés —soap box— a las características de la carrocería que tuvieron al principio (finales de los años treinta, cuando eran construidos con láminas de madera tomando la forma de una jabonera), hoy por hoy muchos de ellos tienen curvas aerodinámicas, gracias al uso de la fibra de vidrio y otros materiales moldeables descubiertos por ensayo y error por sus apasionados corredores y quienes les ayudan a llevar los diseños del sueño a la realidad.
Pues en eso está la base de todo: la construcción de un carro YMCA será siempre resultado de un equipo, nunca de una individualidad. Sea por los padres, los hermanos, los amigos o los asesores de la sede de la Asociación en cada comunidad, el muchacho estará muy bien acompañado a lo largo del proceso, en el que pondrá todo lo mejor de sí para conseguir montarse en el prototipo con el que tanto ha fantaseado.
| Nostalgia sobre ruedas |
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| l La confección de la nave era una responsabilidad de cada piloto en la que apoyaban familiares y amigos |
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| l En las décadas de los sesenta y setenta los patrocinantes solían ser empresas trasnacionales |
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| l El muy popular Musiú Lacavalerie llegó a animar las premiaciones |
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l Renny Ottolina nunca negó su pasión por la velocidad
y siempre apoyó la experiencia de los carros YMCA |
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l Hasta un concurso para elegir la madrina de la carrera
se celebraba entonces |
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| l Asesores de la YMCA de Estados Unidos solían visitar Caracas |
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| l Desde siempre en Venezuela, las rampas han servido para dar el impulso inicial en estas carreras |
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Perseverar para lograrlo
Nacida como una actividad local en Cleveland, pero calcada prácticamente en cada rincón de Estados Unidos y parte del mundo, contando además con una pista internacional (en Akron, Ohio) donde se celebra cada año el All-American Soap Box Derby al que asisten campeones de diferentes países, esta tradición de los carritos YMCA significa mucho más de lo que un espectador llega a ver el día de la carrera.
Detrás de la emoción del evento en sí hay todo un proceso de crecimiento personal y reforzamiento de valores y capacidades que experimentan los niños y jóvenes involucrados; aunque tampoco se escapan de sus efectos positivos aquellos familiares y amigos que los acompañan en el camino. Lo que preliminarmente busca el programa de la YMCA, en consonancia con el del Soap Box Derby, es incentivar el espíritu de competencia y perseverancia para completar con éxito un proyecto una vez que se haya iniciado. En esta caso, la construcción del vehículo y su posterior participación en alguna carrera, sea local, nacional o extramuros.
En Venezuela los objetivos coinciden, y aunque el desarrollo del programa ha corrido con menos suerte (o mejor decir, menos recursos) que en el caso norteamericano, no por ello ha dejado de ser una experiencia interesante.
Miguel Escorcha, subdirector general de la YMCA-Caracas y coordinador nacional de las carreras, junto al resto del equipo de la directiva de la Asociación, enfila sus mejores esfuerzos para mantener la tradición viva, cuando cada año brega por conseguir patrocinantes para la competencia metropolitana (realizada por primera vez en el año 1952), así como la que se celebra desde 1958 a nivel nacional con los campeones locales.
Con nostalgia, Escorcha desempolva las fotografías de aquellos “años dorados” de las carreras YMCA en Venezuela. Imágenes de finales de los sesenta y principios de los setenta, donde aparecen como animadores de las premiaciones los muy recordados Renny Ottolina, Musiú Lacavalerie y Henry Altuve; y un poco después el locutor Juan Manuel “Full Chola” La Guardia, a quien se le llegó a confeccionar un carrito a su justa medida de adulto.
Mención aparte, el joven corredor venezolano de la Fórmula 3000 italiana y World Series, Pastor Maldonado, quien asegura haberse inspirado en las fotos de su padre, también Pastor, y su tío, Jhonny Maldonado, cuando manejaban sus respectivas jaboneras sobre ruedas, por allá por los años setenta representando al Estado Bolívar. Todos pueden patrocinar
Originalmente, los Soap Boxes podían ser tripulados por niños entre 11 y 15 años. En la medida en que pasó el tiempo y el furor y los ánimos por participar se fueron transmitiendo de hermanos mayores a hermanitos y hermanitas, las regulaciones en este sentido fueron flexibilizándose a nivel mundial, hasta el punto de que hoy niños (y niñas también) intervienen. En el caso venezolano: desde los nueve a los 11 años (en las categorías junior A y B, con un peso que no supere los 100 kilogramos entre el carro y el piloto); y desde los 12 años hasta hacerse quinceañeros (en la categoría senior, con un peso no mayor a los 113,600 kilos).
Mientras en Akron y otras pocas localidades de Estados Unidos existen pistas expresamente diseñadas para este tipo de carreras, lo habitual es que en el resto de los países las competencias se realicen en alguna calle o avenida siempre que tenga una ligera pendiente, además de una rampa que permita tomar impulso para comenzar a rodar.
En territorio criollo, todo está condicionado a la existencia de centros YMCA en la ciudad. De allí que la tradición sólo sea practicada en Caracas, Barquisimeto, Valencia, Puerto Cabello, Maracaibo, Punto Fijo, Anaco, Puerto La Cruz y Vargas (aunque en esta región se sirven del apoyo capitalino al no contar actualmente con una sede).
Sobre los tiempos gloriosos de los carritos YMCA en Venezuela, Errol Yrausquín, integrante del comité organizador de las carreras hasta el año 1970, coincide con Escorcha al dar un crédito “determinante” al empresariado privado (hoy prácticamente ausente) que siempre acompañó a la Asociación Cristiana de Jóvenes durante esos años, entre otros, a General Motors Company, Corpa Publicidad, Viasa, Avensa, Sears, Fundación Eugenio Mendoza, La Electricidad de Caracas y la Pepsi Cola.
A su manera de ver, así como la de muchos corredores e involucrados de entonces, fue el apoyo de estas grandes compañías lo que marcó la pauta con los particulares carritos en predios venezolanos durante los 60 y 70. No obstante, como lo advierten los actuales directivos de la YMCA, igualmente han tenido especial significación aquellos patrocinantes de las propias comunidades. Léase, la carpintería, la bodega, la costurera, la farmacia o la tintorería de la cuadra donde viven los pequeños pilotos en ciernes, e incluso algunas instituciones públicas y pequeñas empresas de la ciudad. Pues, a través de ellos suelen los muchachos resolver el financiamiento para la construcción de sus respectivas naves, las cuales en estos tiempos pueden estar entre los 200 mil bolívares (confeccionadas con fibra de vidrio o chapilla de madera) y 100 mil bolívares (en el caso de utilizar simplemente cartón piedra), sin incluir en la cuenta el costo de los cauchos (35 mil bolívares cada uno) que provee la YMCA a todos los competidores.
A propósito de esto, Escorcha deja deslizar las dificultades que la fluctuación del dólar ha traído a la práctica de esta tradición en el país en las últimas dos décadas. Comenzando precisamente por los problemas para importar desde Estados Unidos las llantas certificadas para este tipo de carreras; de allí que las que se usan ahora sean de producción local, por lo cual las velocidades que se obtienen van de los 30 a 35 km/h.
Pero quizás el efecto más antipático que ha generado la imposibilidad de contar con tantos dólares como se requieren, es el hecho de no poder enviar a Akron a ninguno de los ganadores de la contienda nacional, tomando en cuenta que la mayoría de ellos son personas que provienen de sectores populares.
“Desde hace 20 años nadie ha viajado para allá”, admite Escorcha, para quien sin embargo la práctica de este programa ya de por sí representa un triunfo para aquel que lo sepa aprovechar. “De lo que se trata todo esto es de hacer ciudadanía. No se imaginan la cantidad de niños y jóvenes que tras haber sido pilotos YMCA terminan convirtiéndose en muy buenos ebanistas, carpinteros y profesionales, pero sobre todo en excelentes padres de familia”. mespinosa@eluniversal.com
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José Quevedo y David González |
Desde la rampa
Con escasos 10 y 9 años de edad, ya José Quevedo (El Pedregal de La Castellana) y David “Catire” González (San José del Avila) han saboreado las mieles del triunfo. El primero, campeón de la categoría Junior B de la carrera metropolitana de carros YMCA, estará hoy en Anaco piloteando el prototipo que lo montó en la cresta de la ola, o en este caso, en la rampa para medirse con los restantes campeones locales en la competencia nacional 2005. “El Catire”, subcampeón metropolitano en esa misma categoría, no descarta por su parte obtener el año que viene ese primer lugar que tanto añoró mientras bajaba por la avenida Universidad de Caracas,
el pasado 30 de octubre. Pero ésa
no fue la única vez en que los dos muchachos se batieron en la pista con miras a la contienda nacional.
Ya en 2004 se vieron las caras, y prometen seguírselas viendo hasta que la edad de 15 años les diga stop! |
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| A bordo de “El Torpedo”
Elides Rojas, jefe de redacción de El Universal, también tiene una historia que contar a bordo de su propia “caja de jabón”, aunque advierte que ya en sus tiempos (principios de los años setenta, cuando corría) la aerodinámica y otras “innovaciones” habían tocado las puertas del diseño de estos prototipos en su Barquisimeto natal, en buena medida gracias a la Juventud YMCA, “donde se tomaban las cosas muy en serio, y de allí que en aquellos años Lara lograra dar siete campeones nacionales que viajaron a Akron, entre los cuales Valmore Rodríguez llegó de puesto 14”, cuenta apelando a su “disco duro”.
Dentro de esa posición de liderazgo que tuvieron los larenses dentro del circuito criollo, Rojas no se quedó atrás, habiendo participado en una oportunidad a nivel nacional. Pero no estuvo sólo en esto. Su hermano Lino y sus primos Juan y Rafael López formaban con él una escudería (“con insignia y todo”) conformada por los carros que construían al salir de clases bajo la meticulosa asesoría del tío Guido. Al suyo lo bautizó “El Torpedo”.
“Cuando tenías 10 años ligabas cumplir 11 para poder estar en la pista, como originalmente las reglas lo establecían. Sin embargo, mientras tanto, no te perdías una carrera, estudiabas muy bien cómo iba a ser tu carro y quién te lo iba a patrocinar, pues el costo de cada uno estaba por el orden de los 300 bolívares, y para la época, eso era plata”.
Casi como si hubiera sido ayer, recuerda las madrugadas previas a la competencia. “Casi no dormías para ir a las seis de la mañana a una misa en el Colegio San Vicente de Paúl; luego desayunábamos juntos los competidores para seguir en caminata al Country Club, donde se guardaban los carros. Estando en el sitio de la carrera (primero fue una calle de la urbanización Santa Elena y luego la avenida Lara ) llegaba la hora del sorteo para el orden de la salida entre un promedio de 80 corredores, sobre quienes recaían las miradas del público, periodistas y narradores de radio que cubrían la carrera como si fuera el evento más importante de la semana. Y a veces lo era”.
Pero, en realidad, el momento “cumbre” que le producía cosquillas en el estómago al hoy periodista y abogado, era el día previo a la contienda, cuando tocaba la inspección a cada carro y cualquier cosa podía implicar la no certificación. “Allí era cuando surgían los arreglos de emergencia, y más de uno tenía que correr a buscar un esmeril para quitarle dos centímetros a la madera del carro para que pasara la prueba del peso”.
¡Y luego de eso, a impulsarse y triunfar! Pues, tal como lo advierte este otrora corredor, “más allá de la filosofía del YMCA que se nos transmitía, en el sentido de cumplir con una tarea y hacerla bien, aquello terminaba siendo una competencia bestial”. |
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PISTA INTERNACIONAL EN AKRON |
Derby-Anecdotario
Aunque la idea de los carritos “jaboneras” es originaria de la YMCA, pronto se propagó por el resto de Estados Unidos, incluyendo la comunidad de Dayton, Ohio, donde en 1933 el fotoperiodista Myron Scott —residente de esa localidad— tuvo la oportunidad de cubrir una carrera de estos vehículos construidos por sus pequeños moradores. Impresionado por el evento, y convencido del éxito que tendría la experiencia a escala nacional, patentó la idea y al año siguiente ya se estaba celebrando en ese mismo pueblo el primer Soap Box Derby de todos los tiempos.
La topografía montañosa de Akron, otra ciudad cercana a Dayton, fue determinante para mudar allá la carrera, donde desde 1936 se ha celebrado religiosamente cada agosto, exceptuando los años de la II Guerra Mundial, cuando fue suspendida.
Los infortunios no han faltado en el historial de Akron, pero quizás uno de los más legendarios se registró en 1935, cuando los comentaristas de televisión Graham McNamee y Tom Manning cubrían la carrera. Tras un accidente con uno de los carritos en la pista, ambos dejaron sus puestos para transmitir desde un mejor ángulo, sin percatarse de que detrás de McNamee venía un muy apurado pilotico de Oklahoma. ¿Las consecuencias? 1) El inmediato traslado al hospital de un hombre a quien —durante una dilatada trayectoria ejercida desde aviones y submarinos— nunca le había picado ni una mosca. Y 2) Una gran publicidad para el —entonces— aún desconocido Derby.
La pasión por esta carrera es insospechada en algunos casos, como el del actor Jimmy Stewart, quien al haber sido uno de los invitados especiales en la edición del año 1947 decidió suspender la presentación de una pieza teatral que protagonizaba en Broadway. ¿Las consecuencias esta vez? Tener que devolverle el dinero a los espectadores que ansiaban verlo sobre las tablas de la Gran Manzana.
1950 fue el primer año en que Akron se hizo de otra talla para permitir correr a adultos en carros especialmente diseñados para ellos. En las rampas de partida se pudieron ver, entre otros, a Wilbur Shaw, tres veces ganador de las 500 millas de Indianapolis, al propio Jimmy Stewart, y al aún actor en esos días, Ronald Reagan.
Cuando en 1995 falleció a la edad de 72 años el primer campeón mundial del Derby, Bob Turner, su carro fúnebre fue llevado a lo largo de la pista de Soap Boxes en su Muncie natal, Indiana, escoltado además por otros tres campeones y dos carritos Derby. Fuente consultada:
All-American Soap Box Derby
www.aasbd.org |
Coordenadas
Sede Central/YMCA-Caracas: Avenida Guaicaipuro, diagonal al Centro Médico
de San Bernardino. Telefax: (0212) 551.0674.
Fax: (0212) 552.0391.
e-mail: ymcaccs@telcel.net.ve.
Centro Los Castaños: Calle La Pica, entre Boyacá y Providencia, El Cementerio, Caracas. Teléfono: (0212) 631.5868.
Centro Juvenil Clair H. Jhonson: Avenida Cuartel y Circunvalación, Catia, Caracas. Teléfono: (0212) 870.2293.
Centro San Martín: Sivensa, Puente 9
de Diciembre, San Martín, Caracas.
Teléfono: (0212) 461.6085 / 462.5874.
Centro Lope Mendoza: Calle Eucalipto,
paralelo a la avenida Boyacá, San José
del Avila, Caracas. No cuenta con
servicio telefónico.
Centro El Pedregal de La Castellana
(sede provisional): Calle Farfán de El Pedregal, detrás del Colegio Juan de Dios Guánchez. Teléfono: 0414-150.5967.
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