| Voces de locura
Todo lo que él quería era que su esposa le fuera fiel.
Max Haines
 Louis Wolfe era un idealista. Mientras otros buscaban fama y fortuna, Louis vivía por una utopía. A los 27 años de edad, después de recibir su título en Ciencias y Agricultura de la Universidad de McGill, se embarcó hacia Palestina. Era 1932. Louis iba a ayudar a construir una nación. Quién sabe si algún día el diminuto Louis de un metro sesenta podría liderar a la gente. Ese era el sueño de Louis Wolfe.
Palestina era una tierra primitiva esperando que el sudor de inmigrantes que llegaban por centenares de diferentes países la forzaran a florecer. Louis lo intentó. Durante seis semanas trabajó en los campos. No tardó mucho tiempo el pequeño hombre idealista en cambiar de opinión. El sol era como fuego. ¿Realmente podría marcar él la diferencia?
Louis inició negocios con otro hombre vendiendo muebles. Con el tiempo se casó con la hermana de su compañero. El matrimonio produjo tres hijos, pero no era una unión feliz. El inteligente e idealista Louis encontraba a su mujer quejosa y materialista. El sabía que el tercer hijo no era suyo. Este había sido concebido cuando su mujer se encontraba en un viaje de placer. Cuando el matrimonio empeoró también lo hizo el negocio de los muebles. El divorcio de los Wolfe fue seguido de la bancarrota de la compañía.
Louis se convirtió en un personaje muy introvertido, dejando a un lado la compañía femenina. Se centró en los negocios y esta vez fue muy exitoso. Louis había corregido un aspecto de su vida. Ahora le tocaba a la parte doméstica.
Como por magia Louis conoció a Paula Miller, una refugiada vienesa. Desde el principio ella lo era todo para él. A sus 24 años de edad era atractiva, mundana y en la mente de Louis era diametralmente opuesta a su previa esposa infiel. Por su parte, Paula, que había pasado mucho en su corta vida, vio una oportunidad de obtener seguridad. Louis tenía los medios para proveer las comodidades materiales de la vida. ¿Qué importaba si era bajo, de ojos cruzados y hablaba como si pudiera rehacer el país? Paula se fue a vivir con Louis.
Según iban conociéndose mutuamente, Paula reveló su pasado. Cuando vivía en Austria había tenido un aborto y se sentía tan atraída hacia los hombres como los hombres hacia ella. Louis tenía que racionalizar: Paula había estado con muchos hombres, pero, después de todo, aún estaba soltera; una vez casados sería una esposa fiel y amorosa.
Louis idolatraba a su nuevo amor. El la llamaba “Mona”, por la obra maestra de Leonardo da Vinci. Le daba todo lo que ella quería. Paula disfrutaba de un nuevo guardarropa y de la independencia que le daba el dinero que llevaba en su bolsillo.
Louis y Paula se casaron. El día de la boda Paula sugirió que si alguno de los dos alguna vez era infiel, el otro le pegaría un tiro a su pareja. Louis estaba extasiado. ¡Qué muestra de honor y verdadero amor!
A menudo Paula expresó interés por una carrera en el escenario. Louis prometió ayudarla. El tiempo era el indicado, pero había un problema: los papeles de inmigración de Paula no le permitían ir y venir a su antojo. Louis era libre para navegar a América y preparar el camino para que Paula pudiera obtener la documentación adecuada y así seguir sus ambiciones dramáticas.
Reticentemente el 24 de marzo, 1943, Louis dejó a Paula en tierra y navegó desde Port Said en el SS Elme. Una vez en América Louis pasó todo su tiempo en oficinas de abogados y reuniones con autoridades de inmigración. Sólo vivía esperando el momento en que Paula llegaría a su lado. Era un trabajo fácil. Evidentemente Paula había entrado originalmente a Palestina de forma ilegal. Louis finalmente tuvo éxito. En diciembre de 1943 Paula navegó para América en el SS Jose Emery. Ella no informó a su marido.
En el camino a América, navegando por los mares, Paula tuvo un amorío con Chad McNatt, un oficial de marina. El día de Navidad de 1943 desembarcó en Staten Island, acompañada por McNatt y otro oficial, Tom Blodgett. Un oficial de inmigración informó a Louis que su esposa había llegado sana y salva. Louis se sintió como un tonto: ¡Su esposa estaba en Estados Unidos y él ni siquiera sabía que había abandonado Palestina!
Louis buscó a Paula. Habló con los oficiales de inmigración y los hospitales. En su desesperación visitó todos y cada uno los hoteles y encontró a Paula registrada en el Taft. Los dos oficiales del barco también estaban registrados en el hotel, pero no en la misma habitación que Paula.
Louis escuchaba a Paula explicar sus acciones. Los oficiales del barco nunca notificaron a sus familiares de su llegada. De esa manera podían celebrar durante unos pocos días, antes de unirse a sus esposas y familias. Era la forma moderna de hacer las cosas. Paula siguió. Mientras él no estaba Paula había vendido sus joyas y había gastado gran parte de sus ahorros, de $14.000, en chantajear a los oficiales que la amenazaban con retenerla en Palestina.
Cada momento que habían estado separados Louis sólo soñaba con su Paula. Ahora se daba cuenta que había sido una gastadora irresponsable. No cabía duda que le había sido infiel también. Louis sólo podía pensar en una cosa: la reconquistaría. Esa noche salió con Paula. Asistieron a un ballet en el Metropolitan Opera House. Al día siguiente le compró un vestido nuevo. Los dos volvieron a la habitación de Louis en el Hotel St. George en Brooklyn.
Louis reunió todo su coraje y sugirió que se volvieran a Palestina, la tierra que él amaba, a la vida idealista que perseguía y había deseado durante muchos años. Paula rió. Después tomó el teléfono e intentó hablar con Chad McNatt. Louis se sintió muy herido, pero consintió con sacar a cenar a Paula. Se dirigieron hacia el restaurante Candlelight, donde Paula comió hambrienta. Louis no tocó la comida.
De vuelta en su cuarto, Paula se tumbó en su cama totalmente vestida. Estaba agotada y sin voz. “Por favor, déjame en paz”, replicó. Al ratito estaba durmiendo pacíficamente. Louis Wolfe miró a su mujer. La había perdido. Ahora él lo sabía. Tomando la Biblia en sus manos, empezó a leer el Salmo 23: “Aunque anduve a través del valle de sombra de la muerte, no temeré al demonio porque estás conmigo”. Los pensamientos del pacto hecho con Paula, el día de su boda, corrían por su mente. La cosa fea que yacía en su cama no era la mujer en el cuadro de da Vinci. Las voces le gritaban a Louis: “Mata a la perra. Toma tu zapato y golpéala hasta que todos los demonios se hayan ido de ella”. Louis cogió un zapato del armario. Tenía puntas de metal en los tacos. Del rincón más apartado de su mente una voz callada dijo: “No tienes derecho a matar”. Pronto la débil voz se vio ahogada. Se inclinó hacia Paula y llevó su zapato hacia la cabeza dormida de la mujer. La voz le urgió: “Pégale una y otra vez”. Louis hizo según le era ordenado. La fuerza de los golpes empujó a Paula hacia el suelo. Ella no se movió. Estaba muerta.Las voces se detuvieron.
Louis tomó el teléfono y canceló una llamada para despertarle a la mañana siguiente. También le dijo al sorprendido empleado del hotel que llamara a la policía. Después se sentó en el suelo junto al cuerpo de su mujer y esperó a que llegaran. Esa misma noche confesó en detalle cómo había asesinado a su esposa.
Louis fue llevado a juicio por el asesinato de su esposa, fue declarado culpable y sentenciado a muerte. Más tarde su sentencia fue conmutada a cadena perpetua. Louis fue encarcelado en el Hospital Estatal de Matteawan para un tratamiento psiquiátrico. Tiempo después, en una audiencia para establecer su cordura, fue declarado cuerdo y en 1952 fue transferido a la prisión estatal de Dannemora. En 1962 Louis Wolfe fue puesto en libertad condicional. El 15 de enero 1978 se le concedió la libertad total
Ilustraciones: David Márquez |