- Cancionero de amor
- Brasil a ritmo de reggae
- Hannibal rejuvenece
 CRONICA
- Cosas de niños
- Enrique Iglesias: por derecho propio
- Air Orlando
- Las aventuras de Isabel Allende
SALUD
- Senos de lujo
PSICOLOGIA
- Un final más feliz
 SALUD
- La piel en emergencia
 BELLEZA
- Ocho hábitos para un cabello saludable
MODA
- Biquinis
COCINA
- La buena pasta
 CRIMENES
 GUIA ASTRAL
 HUMOR
 MAYTTE
 CRUCIGRAMA
 Archivo
 Contáctenos
 
 

Cosas de niños
Mirtha Rivero
Ya casi se me había olvidado cómo era la antesala de una consulta pediátrica. Ese recinto casi sagrado en donde mamás de diferentes especies, estilos y modos de vida opinan, discuten y compiten en torno a la mejor manera de enfrentar el resfriado, el insomnio infantil o una crisis de hipo.
Estaba allí por solidaridad con mi amiga Camila, quien a esa misma hora se estaba enfrentando a un trámite bancario. Mientras mi amiga hacía fila en un banco, yo le guardaba "el puesto" en el consultorio médico acompañando a su hijo pequeño, que ese día había amanecido decaído y con dolor de garganta.
Apenas llegué, comencé a oír como en déjà vu una conversación a la que a cada tanto, los presentes instaban a incorporarme.
Si tiene fiebre -decía una señora como de unos treinta y tantos años- lo mejor es que lo bañes durante quince minutos con agua templada. Yo he probado de todo, y antes de correr el riesgo de que la fiebre le llegue a 40 grados y convulsione, mejor es meter al muchacho debajo de la regadera.
Es que la fiebre que no baja es desesperante -opinó otra mujer que tenía un niño en brazos y otro, un poco más grande, a su lado-, más cuando están pequeños y no pueden decir lo que tienen. Como cuando de recién nacidos lloran y lloran y uno cree que es por cólicos y resulta que es porque tienen calor.
Es verdad -agregó el único hombre de la sala-, a nosotros (imagino que habla también por su esposa) nos pasaba eso con el primero: nos volvíamos un ocho tratando de descifrar lo que le ocurría, pero ya con éste -señala a una criatura de unos ocho meses- nos sentimos más seguros y no andamos para arriba y para abajo con el cargamento de pañales y teteros.
Porque lo que más incomoda de cuando están bebés -habla ahora, con suficiencia, una mujer que exhibía a sus hijos de 2, 4 y 6 años- es ese fastidio de la pañalera y el esterilizador. No hay manera de evadirlo.
En este punto de la conversación, ya no pude resistir. Quise figurar y eché mano a un método que había oído, muy recientemente, al médico de la familia. Aseguré sabihonda que la mejor manera para garantizar la asepsia de los biberones era hervir conjuntamente agua, leche, teteros, mamilas. Todo de una vez. Cuando el auditorio me miró entre sorprendido y desaprobador, quise explicar las bondades de un procedimiento que jamás en mi vida había practicado, pero fue tal el pasticho que armé que me tuve callar y retirar a un rincón a preguntarme por qué carrizo Camila no llegaba a rescatarme.
A mi alrededor, como era de esperar, aplicaron la ley del hielo, y siguieron con la conversación.
Una mamá joven exclamó, inquieta, que su hijo de dos años todavía usaba pañales, y otra mamá no tan joven, pero sí primeriza, se lamentó porque su nené de tres meses de edad aún se despertaba a medianoche. No veo la hora -dijo una de ellas- de que se termine esta esclavitud y vaya al colegio.
Para ambas mujeres, la audiencia tuvo mensajes de aliento. Todos coincidieron en calmarlas con el argumento de que el tiempo vuela, y como "los niños crecen rápido", los problemas terminarían: no se preocupen -declararon indulgentes-dentro de poco van a poder dormir tranquilas.
En ese preciso instante llegó (salvadora) mi amiga Camila. Después de cortesías y comentarios de rigor, la abandoné.
Mientras huía del lugar seguí pensando en lo que acababa de dejar. Fue entonces cuando recordé a Lucía, una de mis hermanas. Según ella, sus vástagos (que son varios, y ya crecidos) se alternan para robarle la atención y cuando no tiene que preocuparse porque una está deprimida porque peleó con el novio, debe atender a otro que se encuentra estresado entre las obligaciones de la tesis, la pasantía y la novia, o a otra que no sabe cómo rebajar los tres kilos que le sobran, o a la más pequeña que quiere reformular toda su vida y estudiar artes plásticas. Porque mis hijos -dice Lucía- son como las farmacias de antes, que una siempre estaba de turno.
A estas alturas de mi reflexión, me entraron ganas de devolverme al consultorio y dirigirme -vengativa- al grupo de aprendices que había dejado minutos antes para decirles, con propiedad, que las preocupaciones nunca se acaban, que si lo sabré yo que todavía me desvelo porque mi hija (que ya es una mujer y trabaja) llega tarde de noche. Acto seguido contaría -esta vez sin confusión- la experiencia de mi hermana. Y a manera de cierre les dejaría caer, como para rematar, un refrán que solía repetir mi abuela: niño pequeño, problema pequeño...

 
volver a eluniversal.com | ir arriba
 
Contáctenos | Tarifario | Publicidad en línea | Política de privacidad
Términos Legales | Condiciones de uso