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Cosas de niños
Mirtha Rivero
Ya casi se me había olvidado cómo
era la antesala de una consulta pediátrica. Ese recinto casi
sagrado en donde mamás de diferentes especies,
estilos y modos de vida opinan, discuten y compiten en torno a la
mejor manera de enfrentar el resfriado, el insomnio infantil o una
crisis de hipo.
Estaba allí por solidaridad con mi amiga Camila, quien a
esa misma hora se estaba enfrentando a un trámite bancario.
Mientras mi amiga hacía fila en un banco, yo le guardaba
"el puesto" en el consultorio médico acompañando
a su hijo pequeño, que ese día había amanecido
decaído y con dolor de garganta.
Apenas llegué, comencé a oír como en déjà
vu una conversación a la que a cada tanto, los presentes
instaban a incorporarme.
Si tiene fiebre -decía una señora como de unos treinta
y tantos años- lo mejor es que lo bañes durante quince
minutos con agua templada. Yo he probado de todo, y antes de correr
el riesgo de que la fiebre le llegue a 40 grados y convulsione,
mejor es meter al muchacho debajo de la regadera.
Es que la fiebre que no baja es desesperante -opinó otra
mujer que tenía un niño en brazos y otro, un poco
más grande, a su lado-, más cuando están pequeños
y no pueden decir lo que tienen. Como cuando de recién nacidos
lloran y lloran y uno cree que es por cólicos y resulta que
es porque tienen calor.
Es verdad -agregó el único hombre de la sala-, a nosotros
(imagino que habla también por su esposa) nos pasaba eso
con el primero: nos volvíamos un ocho tratando de descifrar
lo que le ocurría, pero ya con éste -señala
a una criatura de unos ocho meses- nos sentimos más seguros
y no andamos para arriba y para abajo con el cargamento de pañales
y teteros.
Porque lo que más incomoda de cuando están bebés
-habla ahora, con suficiencia, una mujer que exhibía a sus
hijos de 2, 4 y 6 años- es ese fastidio de la pañalera
y el esterilizador. No hay manera de evadirlo.
En este punto de la conversación, ya no pude resistir. Quise
figurar y eché mano a un método que había oído,
muy recientemente, al médico de la familia. Aseguré
sabihonda que la mejor manera para garantizar la asepsia de los
biberones era hervir conjuntamente agua, leche, teteros, mamilas.
Todo de una vez. Cuando el auditorio me miró entre sorprendido
y desaprobador, quise explicar las bondades de un procedimiento
que jamás en mi vida había practicado, pero fue tal
el pasticho que armé que me tuve callar y retirar a un rincón
a preguntarme por qué carrizo Camila no llegaba a rescatarme.
A mi alrededor, como era de esperar, aplicaron la ley del hielo,
y siguieron con la conversación.
Una mamá joven exclamó, inquieta, que su hijo de dos
años todavía usaba pañales, y otra mamá
no tan joven, pero sí primeriza, se lamentó porque
su nené de tres meses de edad aún se despertaba a
medianoche. No veo la hora -dijo una de ellas- de que se termine
esta esclavitud y vaya al colegio.
Para ambas mujeres, la audiencia tuvo mensajes de aliento. Todos
coincidieron en calmarlas con el argumento de que el tiempo vuela,
y como "los niños crecen rápido", los problemas
terminarían: no se preocupen -declararon indulgentes-dentro
de poco van a poder dormir tranquilas.
En ese preciso instante llegó (salvadora) mi amiga Camila.
Después de cortesías y comentarios de rigor, la abandoné.
Mientras huía del lugar seguí pensando en lo que acababa
de dejar. Fue entonces cuando recordé a Lucía, una
de mis hermanas. Según ella, sus vástagos (que son
varios, y ya crecidos) se alternan para robarle la atención
y cuando no tiene que preocuparse porque una está deprimida
porque peleó con el novio, debe atender a otro que se encuentra
estresado entre las obligaciones de la tesis, la pasantía
y la novia, o a otra que no sabe cómo rebajar los tres kilos
que le sobran, o a la más pequeña que quiere reformular
toda su vida y estudiar artes plásticas. Porque mis hijos
-dice Lucía- son como las farmacias de antes, que una siempre
estaba de turno.
A estas alturas de mi reflexión, me entraron ganas de devolverme
al consultorio y dirigirme -vengativa- al grupo de aprendices que
había dejado minutos antes para decirles, con propiedad,
que las preocupaciones nunca se acaban, que si lo sabré yo
que todavía me desvelo porque mi hija (que ya es una mujer
y trabaja) llega tarde de noche. Acto seguido contaría -esta
vez sin confusión- la experiencia de mi hermana. Y a manera
de cierre les dejaría caer, como para rematar, un refrán
que solía repetir mi abuela: niño pequeño,
problema pequeño...
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