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Conspiración
Max Haines
¿Qué es lo que lleva a una mujer a matar a un marido que la maltrata? ¿Cuándo llega la gota que colma el vaso?

En esa situación se encontró Judy Benkowski en 1988, cuando ya no pudo aguantarlo más. Su marido, Clarence, un hombre gordo y pesado, se había pasado los 20 años de su vida de casados mandándole.
Los Benkowski vivían en el número 508 en la avenida South, en Addison, un barrio residencial de Chicago. Desde afuera las apariencias engañan. La vivienda, típica de la clase media, estaba bien cuidada, como la mayoría de las situadas a lo largo de la avenida. Dentro, las cosas eran muy distintas. Clarence trataba a su mujer como a una esclava. Le daba órdenes que ella obedecía inmediatamente. Todos sus deseos eran satisfechos por Judy, totalmente sumisa. En cuanto a las exigencias sexuales de Clarence, tenían que ser satisfechas instantáneamente, sin preguntas. Judy era violada periódicamente por su marido.
Judy tenía pocos amigos y ninguna vida social. No parecía tener escapatoria: no tenía familia, ni medios para ganarse la vida, ni ningún sitio adonde ir. Cuando la madre de Clarence se fue a vivir con ellos, para Judy eso significó tener dos personas dándole órdenes. Cada noche, caía en la cama completamente exhausta.
Judy se lo contó a su única amiga, Debra Santana, una vecina que hacía poco se había divorciado de su marido. Debra se interesó mucho por el problema de su amiga. El divorcio no era posible, porque Clarence, quien era un católico convencido, no quería ni oír hablar del tema. Para él, Judy era su mujer y su esclava para toda la vida.
Debra, quien llevaba una vida social activa, le propuso algo a su amiga. Tenía un joven compañero, Eddie Brown, un hombre negro con un físico estupendo. Eddie medía aproximadamente un metro cincuenta, pero lo que le faltaba en estatura lo suplía en otras medidas anatómicas. Eddie le hacía favores a Debra periódicamente, pero la sugerencia de ésta no tenía nada que ver con el sexo.
A Debra se le ocurrió que Eddie estaría de acuerdo en matar a Clarence si se le pagaba un precio justo. A Judy le pareció la mejor idea que había oído en mucho tiempo. Las dos mujeres tuvieron una reunión con Eddie, quien tenía experiencia en esos menesteres, por haberse "graduado" en varios correccionales de Illinois. Convino en que, por 5.000 dólares, se haría cargo de Clarence, con las mínimas molestias para todos los implicados.
En octubre de 1988, se ultimó el plan. En la noche de Halloween, Eddie, vestido con un disfraz, llamaría a la puerta de Clarence. Cuando éste abriera, Eddie diría: "Trick or treat" (frase que utilizan los niños en Noche de brujas mientras llaman a la puerta de los vecinos en busca de dulces) y mandaría a Clarence a la eternidad de un tiro. Como Eddie medía tan poco, cualquiera que presenciara la escena pensaría que el asesino había sido un niño. Las chicas rieron entusiasmadas ante lo irónico de la situación. Menuda jugarreta que le iban a hacer a Clarence.
Eddie sudaba bajo su máscara de látex y su disfraz de esqueleto blanco. No estaba convencido del plan. Por una parte, no le parecía bien matar a alguien en frente de un montón de niños, que seguro que andaban por ahí intentado conseguir golosinas en la noche de Halloween. Y, por otra, seguro que la policía se iba a dar cuenta inmediatamente de que el asesinato había sido perpetrado por un asesino a sueldo. No iban a engañar a nadie. Era una locura. Eddie se plantó. No lo haría. Rápidamente explicó que no tenía ningún problema en liquidar a Clarence. Lo que pasaba es que esa estratagema de Halloween no era para él.
Judy se sintió furiosa, Debra apurada y Eddie aliviado. Concibieron un nuevo plan. Unos días después, Clarence se levantó vivaracho y cascarrabias. Con sus modales habituales, pidió el desayuno. Judy iba de un lado a otro de la cocina, cumpliendo con todos sus deseos pero esa mañana sería distinta. Puso una determinada cantidad de somníferos en el café de su esposo, justo como Eddie le había sugerido. Clarence se tragó el café de manera torpe. Luego, como solía hacer, pidió otra taza. Judy estaba encantada. Le puso más somníferos en la segunda taza.
Clarence bostezó mientras exclamaba: "No me siento muy bien. Creo que me voy a recostar un rato". Eddie le había dicho a Judy cuál era la cantidad adecuada de somníferos que debía poner en el café. Quería que Clarence entrara en un sueño profundo y no que quedara inconsciente. De esa manera, no quedarían trazas del fármaco en su organismo.
Mientras Clarence roncaba en su habitación, Debra llegó a casa de su amiga. Las dos mujeres se abrazaron. Era una situación excitante y a la vez satisfactoria. No tardarían en darle su merecido a ese canalla de Clarence. Unos minutos después de la llegada de Debra, se presentó Eddie. Judy le dio la pistola Luger de la Segunda Guerra Mundial de Clarence y le indicó con el dedo el camino al dormitorio principal. Las dos mujeres se sentaron en el comedor mientras Eddie se fue a la habitación. Puso una almohada en la cabeza de Clarence y le disparó tres veces. En el comedor, las mujeres oyeron los tres tiros. Por fin, el cruel Clarence había pasado a mejor vida.
Los tres conspiradores se pusieron a saquear la casa para simular un robo. A Judy no le importaba que su marido yaciera muerto en la otra habitación pero sí le preocupaba su vajilla de porcelana. Le suplicó a Eddie, quien estaba explayándose en destrozar el lugar, que tuviera cuidado con su porcelana fina.
Cuando ya parecía que en la casa se había perpetrado un robo, Judy le pagó a Eddie 1.000 dólares, su adelanto por el asesinato. Prometió cancelarle los 4.000 dólares restantes al cabo de una semana.
Eddie se fue de la casa por la puerta de atrás. El asesinato, saqueo y pago se efectuaron en menos de una hora. Todavía era media mañana. Las dos amigas decidieron celebrar la recién conseguida libertad de Judy. Se precipitaron a un restaurante italiano y se bebieron entre las dos una botella cara de vino blanco.
De camino a su casa, Judy no cabía en sí de la alegría. Acababa de librarse de un marido odioso, que la maltrataba, e iba a conseguir unos 100.000 dólares del seguro, así como una casa libre de cualquier deuda. Por fin libre. La vida era maravillosa.
Una vez en su casa, Judy llamó a la policía, que inmediatamente mandó al sargento Tom Gorniak. Judy contó, con la histeria apropiada, que ella y su amiga Debra acababan de volver de hacer unas compras y se habían encontrado a su marido muerto. El sargento Gorniak consoló a las dos mujeres antes de examinar el lugar del crimen. La situación era muy sospechosa. Clarence, quien yacía en la cama, parecía haber estado tomando una siesta. De ser así, ¿por qué no se había despertado mientras estaban robando en su casa? Además, ¿cuántos ladrones disparan tres veces a una víctima que está durmiendo? La verdad es que la mayoría de los ladrones no lleva pistolas. Por lo general, los ladrones se van de las casas rápidamente si oyen un ruido de algún tipo.
Gorniak supuso, acertadamente, que Clarence estaba durmiendo y que alguien se puso encima de él y le disparó tres balas en la cabeza. Arrojaron el contenido de los cajones encima del cadáver. Esto quería decir que a Clarence le habían disparado antes de haber saqueado la casa, una actuación improbable para un ladrón.
El detective decidió ver a solas a la atribulada viuda. Mientras se desarrollaba el delicado interrogatorio, a Judy le pareció que tenía que contribuir de alguna manera con la investigación. Dijo que había visto a alguien fuera de la casa esa mañana. Tras unas discretas preguntas más, Judy añadió que había visto a un hombre bajito y negro, y acabó confesando que creía que se trataba del novio de su amiga Debra, Eddie Brown.
La cosa estaba que ardía. Los tres conspiradores fueron detenidos y declarados culpables de asesinato. A Debra la condenaron a muchos años de cárcel; a Eddie a cadena perpetua. Aunque el fiscal pidió la pena de muerte para Judy, fue sentenciada a 100 años de cárcel y podrá disfrutar de libertad condicional a los 97 años.
El 31 de agosto de 1991, Judy Benkowski, quien obviamente tenía debilidad por el nombre Clarence en lo que a maridos se refería, se casó con Clarence Jeske en el Instituto Correcional Dwight, de Illinois.

 
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