| Una copita
de escocés
Un plan tramado durante largo tiempo resultó ser el fin de la anciana señora Barnaby. Max Haines
Charles Gervais Durante toda su vida, la anciana Josephine Barnaby tuvo la desgracia de no tener nunca el sentido de la oportunidad. Tomemos, por ejemplo, la ocasión de su separación de su acaudalado esposo. ¿Cómo iba a saber la pobre Josephine que el apreciado caballero exhalaría su último suspiro poco después de que acordaron estar en desacuerdo?
Resultó sumamente frustrante el hecho de que el adinerado fabricante de prendas de vestir oriundo de Providence, Rhode Island, dejó a su esposa con apenas un ingreso de 2.500 dólares al año. El resto de su extenso patrimonio se dividió entre las dos hijas adultas del matrimonio.
Una mujer que carezca de experiencia en las retorcidas maquinaciones del mundo de las finanzas necesita el brazo fuerte de un hombre para guiarla durante tiempos tan angustiantes. Por casualidad, un caballero con estas características estaba presente en la escena. El doctor Thatcher Graves, médico de la familia Barnaby, ofreció voluntariamente sus vastos conocimientos sobre finanzas para ayudar a la viuda a obtener su justa parte de la fortuna de la familia.
Bajo la tutela del doctor, Josephine impugnó los términos del testamento de su difunto esposo. La corte apoyó su posición. Recibió una gran porción de la herencia, la cual se dedujo de las partes que recibieron sus dos hijas. Como se podría esperar, sus dos hijas casadas no saltaron de alegría ante la decisión. A partir de entonces, las relaciones entre madre e hijas desmejoraron considerablemente.
Me entristece relatar que las intenciones del buen doctor Graves no eran exactamente honorables. De hecho, el bribón quería poner sus codiciosas manos en la fortuna de la señora Barnaby. Graves, quien estaba casado, nunca se había tropezado con una oportunidad tan magnífica. Después de todo, él había sido clave para que la señora Barnaby recibiera una fortuna. Ahora todo lo que quería era su merecida tajada de aquel dinero. Era 1889, época de tiempos duros. La señora Barnaby confió totalmente en el doctor.
El doctor Graves obtuvo un poder de manos de Josephine e inmediatamente comenzó a realizar complicados tratos comerciales, los cuales tuvieron el efecto deseado de pasar los bienes de la viuda a su propio nombre. A fin de facilitar sus planes, el doctor encontró muy conveniente enviar a Josephine a varios viajes, aparentemente por su salud. Finalmente los viajes se convirtieron en un fastidio para la viuda. Apenas regresaba a Providence, el doctor le tenía listos los boletos de tren para otro viaje.
Ahora bien, Josephine quizás no era la mujer más inteligente del mundo, pero no se necesita tener un exceso de materia gris para descubrir que algo huele mal. Al principio, cuando la presión del doctor fue clave para modificar el testamento de su esposo, ella lo había convertido en su albacea y único beneficiario de su patrimonio.
Josephine ahora tenía sus dudas. Mientras se encontraba en uno de sus interminables viajes a California, le escribió al doctor Graves para informarle que tenía la intención de cambiar su testamento. Josephine recibió una respuesta del afable doctor, quien le recomendaba, en términos nada ambiguos, que mejor se dejara de estupideces o, como el doctor le dejó entrever, ella no estaría en capacidad de firmar cheques, vender propiedades o hacer cualquiera de esas buenas cosas que están al alcance de una viuda rica en plena posesión de sus facultades mentales.
Josephine decidió que era tiempo de partir de California y regresar a Providence. Realizó una visita que tenía planificada a Denver para pasar algún tiempo con una vieja amiga, la señora Worrell.
Un día, el hijo de la señora Worrell trajo a casa una botella de whisky que le habían enviado como presente. No tenía idea de quién había sido tan generoso. Una nota no firmada acompañaba la botella. Rezaba: “Le deseo un feliz Año Nuevo. Por favor, acepte este excelente whisky añejo de su amigo en el bosque”.
Dado que la botella se recibió en abril de 1891, las señoras pensaron que el remitente estaba un poco retrasado para Año Nuevo. Rieron tontamente mientras bebían un par de tragos. Al día siguiente, ninguna de las mujeres pudo levantarse de la cama.
Josephine agonizó durante seis días antes de fallecer. La señora Worrell, quien aparentemente bebió menos que su compañera, sobrevivió.
El cuerpo de Josephine presentaba trazas de arsénico, al igual que los restos de la botella de whisky. Una de sus hijas siempre se había mostrado recelosa de los tratos financieros de su madre con el doctor. Ahora estaba segura de que alguien la había asesinado, y quería saber quién y por qué. Fue por su insistencia que la muerte de Josephine se consideró un asesinato. Se investigaron los asuntos del doctor Graves y se reveló que había saqueado los bienes de la viuda. Fue acusado de la muerte de Josephine Barnaby.
En su juicio, Graves pasó varios días en el banquillo de los acusados, negando cualquier vínculo con la muerte de Josephine. Los inmisericordes fiscales presentaron cartas embarazosas que el doctor le había escrito a Josephine, en las cuales la amenazaba con hacer que la declararan mentalmente incompetente. Todo lo que le quedó al doctor fue aseverar que lo que hizo fue por el bien de la anciana señora.
El doctor Graves casi se desmaya cuando la fiscalía presentó a Joe Breslyn como testigo. Joe tenía una historia muy interesante que relatar. En noviembre de 1890 se encontraba de paso en Boston cuando un caballero de 50 años, bien vestido, se le acercó en la estación ferroviaria. El caballero le dijo que no podía escribir y le agradecería si pudiese escribir una nota por él. Joe estuvo de acuerdo. El hombre dictó: “Le deseo un feliz Año Nuevo. Por favor, acepte este excelente whisky añejo de su amigo en el bosque”.
Joe Breslyn juró que el hombre que le dictó la nota no era otro que el doctor Thatcher Graves. Varios expertos en letra manuscrita confirmaron que la nota incriminatoria había sido escrita por Joe.
Debemos hacer una pausa para señalar que la nota fue dictada en noviembre, pero no fue enviada sino hasta abril, por lo que habían transcurrido poco más de cuatro meses. Sin duda, el doctor hizo que la nota la escribiera un desconocido, a fin de protegerse de la posibilidad de que su escritura se comparara con la de la nota. Por supuesto, nunca soñó que Joe Breslyn terminaría en la corte, señalándolo con su dedo acusador.
¿Por qué la larga espera antes de enviar el whisky envenenado? Los fiscales concluyeron que la señora Barnaby, sin duda, le mencionó al doctor que visitaría a la señora Worrell. Ya que no deseaba enviar la bebida directamente a su víctima, el doctor Graves esperó hasta que ella hubiera llegado a la residencia de los Worrell. Muy bien ha podido estar enterado de que el hijo de la señora Worrell no era muy aficionado a la bebida y llevaría a casa la fatídica botella.
El doctor Graves fue encontrado culpable de asesinato en primer grado y sentenciado a morir en la horca. Apeló la sentencia, alegando motivos técnicos, y le concedieron un nuevo juicio. Mientras estaba en la cárcel, esperando la fecha del nuevo proceso, fue encontrado muerto en la cama. Se las ingenió para envenenarse con morfina. l
ILUSTRACIONES: DAVID MARQUEZ. DAVIDMARQUEZ@CANTV.NET
TRADUCCION: JOSE PERALTA |