Saltar en paracaídas
La certeza de estar vivos

"pensé, entonces, que habíamos burlado
la Muerte"
Vivimos la electrizante experiencia de superar los límites humanos,
burlar la fuerza de gravedad saltando desde un avión a cuatro mil metros de altura, y todo
para contar lo indescriptible
Por Johan Ramírez. fotos: Daniel Angulo
Subimos a un avión con un destino ineludible. No descenderíamos de él de la manera tradicional, con una maleta en la mano y bajando una segura escalera. Al contrario, al cabo de unos quince minutos, cuando la aeronave alcanzara los catorce mil pies de altura (cuatro mil metros, aproximadamente), cometeríamos una locura inolvidable, tal vez lo más "descocado" que se pueda hacer en la vida, aunque también la experiencia más electrizante y asombrosa que se pueda vivir para contar. Atado a un perfecto desconocido, confiando en sus habilidades en el aire, me pararía en la puerta del avión, y sin pensarlo dos veces, retaría el destino: saltaríamos al vacío. Por primera vez en mi vida sentiría la emoción de la caída libre, la adrenalina de viajar a doscientos kilómetros por hora sin otra esperanza que el buen funcionamiento de aquel paracaídas que ni siquiera yo llevaba, sino que estaba sujeto a la espalda de Jerry, el eventual compañero de mis últimos segundos.
Así, tras una semana de emoción y nerviosismo, subí por fin al avión aquel sábado por la tarde. Junto a mí, también atado a un individuo, otro neófito saltaría, aunque notablemente más asustado que yo. El resto del grupo era una veintena de paracaidistas, acostumbrados todos a este deporte inigualable.
Despegamos. Subimos, subimos, subimos. Atravesamos las nubes, y se abrió ante nosotros el típico paisaje que se divisa desde los vuelos comerciales. Abajo, una espesura blanca, arriba, un sol radiante. Sólo que esta vez no iba abrochado a una cómoda poltrona ni degustaba un refrigerio ni un vino tinto. En cambio estaba sentado en el piso, contando los minutos para perder la cabeza. Por fin llegó la orden inclemente. Los altímetros marcaron los catorce mil pies y, uno a uno, los tripulantes fueron abandonando el avión. Yo era el último, para colmo de males.
Los vi despedirse, pararse al borde del abismo y desaparecer en un segundo. Ya no estaban a la vista. Saltaron todos, incluyendo al asustado neófito, y llegó mi turno. Jerry y yo caminamos hacia la puerta. No había vuelta atrás. Una emoción indescriptible me invadió. Yo mismo me alentaba a hacerlo, y ya comenzaba a sentirme más cómodo que antes. Llegamos al borde, miré hacia abajo, la vista se perdía. Respiré profundo, levanté la mirada… y lo hice.
Los próximos cinco segundos fueron de una confusión impresionante. Mis pies dejaron la solidez del avión y, de pronto, me hallé boca arriba en el aire, indetenible, mirando cómo nos alejábamos de la aeronave a una velocidad inverosímil. "Saltamos", pensé… nada era más evidente. Entonces nos volteamos para quedar de cara a la tierra, tan cerca y tan lejos de ella… abrí los brazos y tuve la impresión de que casi podía abarcar el mundo entero en ese momento. La ansiedad se había marchado, dando paso a la emoción, a la adrenalina en bruto y a una hermosa sensación de plenitud física. Parece mentira: tan cerca que estaba de morir, y tan vivo que me sentía.

"abrí los brazos y sentí que casi podía abarcar el mundo entero en ese instante" |
Los estímulos venían de todos lados. El frío viento casi penetraba por los poros. Abrir la boca era sentir el extraño sabor de las nubes. Olía a agua, aunque dicen que el agua es inodora. La vista no alcanzaba a contemplar tantas imágenes a la vez, todas tan vertiginosas, y el estruendo de un derrumbe estallaba en mis oídos: era mi cuerpo cortando el viento más rápido de lo que nunca antes me había movido en la vida.
Me sentía como un misil, con la certeza de aproximarme a la tierra más vulnerable que nunca. Vi a mi alrededor y allí apareció Giancarlo Trimarchi, fundador de Skydive Venezuela, volando junto a nosotros. Parecía estar jugando a ser Superman, desplazándose de un lado a otro, dominando su cuerpo en aquel entorno irreal. De pronto se puso de cabeza, y comenzó a girar a nuestro alrededor. Era alucinante. Increíble.
Seguimos descendiendo, y aquel minuto parecía una eternidad; y ojalá lo hubiera sido: la sensación de libertad que se experimenta en ese momento es pocas veces repetible en la vida.
Nos acercábamos al piso de nubes. Yo gritaba, drenando el estrés de la vida diaria, comprendiendo, por fin, el verdadero sentido de la fuerza de gravedad, y soñando desde ya con seguir saltando para siempre.
Dos metros más abajo de nosotros, Daniel Angulo se las ingeniaba para grabar el video del salto y hacer las fotos al mismo tiempo. Parecía reposar sobre una alfombra voladora, acostado de espaldas al suelo, siempre a la misma distancia aunque nos precipitábamos violentamente.
Tras aquellos sempiternos sesenta segundos, Jerry miró su altímetro e hizo unas señas a Daniel y a Giancarlo. Éstos se alejaron prudencialmente. Mi compañero se despidió de la cámara con una morisqueta y haló el cordón para liberar el paracaídas. La caída libre se detuvo de un soplo, nuestros cuerpos se frenaron y la prisa de los momentos anteriores dio lugar a un apacible descenso muy similar al que popularizó Mary Poppins.
Sin embargo, en medio de aquella paz repentina, la adrenalina seguía presente. Estábamos "acelerados". Desde lo alto divisamos la hermosa costa de Higuerote, sus edificios a orilla de la playa, y las diminutas personas que transitaban las calles ajenas a la gran aventura que acabábamos de vivir.
Nos fuimos acercando a la pista de aterrizaje del aeropuerto. Mis oídos estaban completamente tapados. Mis manos eran témpanos de hielo. Mi corazón latía como nunca. Y yo no quería llegar tan pronto, quería saltar mil veces más.
Por fin pisamos tierra. Y fue allí, de nuevo sobre la solidez del piso, cuando me percaté de que el paracaídas sí había abierto correctamente. Todos los temores habían desaparecido cuando me paré en la puerta del avión. Y ahora estaba allí, festejando el éxito de la travesía, y comprendí de pronto, como un relámpago, que acababa de vencer la naturaleza humana. Habíamos burlado la omnipresente gravedad, habíamos saltado desde un avión en vuelo, a una altura exorbitante (superior a trece veces la Torre Eiffel, diez veces las Torres Gemelas, nueve veces las Torres Petronas o cuatro veces el Salto Ángel). Habíamos, pues, saltado desde cuatro mil metros de altura, condenados a muerte, y ni siquiera sufrimos un rasguño. Todo lo contrario, estábamos completamente felices.
Entonces una certeza me invadió. Fue una conclusión casi mística, hasta atemorizante: me dio la impresión de que alguien invisible me miraba impotente con una guadaña sobre el hombro. Pensé, entonces, que al menos aquella tarde, o por tan solo un par de horas más, con toda seguridad habíamos burlado la muerte.
johan_ramirez3@hotmail.com
Coordenadas
Skydive Venezuela. Aeropuerto de Higuerote
Sector Aguasal, a 100 metros del Hotel Fiesta Inn,
estado Miranda. Telf.: 0414 108.9005
info@skydivevenezuela.com
www.skydivevenezuela.com
Ver también en Encuentros:
- Del gimnasio al Olimpo
- La cocina franca de Franco
|