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Lolas
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El
empeño por lucir un busto perfecto no es nuevo, pero
lo que sí han cambiado son los caminos para obtenerlo...
En 1966, cuando aún no existían las famosas
prótesis de silicón, las féminas disponían
de varias opciones en el mercado:

Roto Star era un aparato que tenía 20 pequeños
surtidores de agua para un masaje rotatorio por toda la superficie
del seno que "fortifica el busto a toda prueba".
Costaba 105 bolívares.

Sex era el nombre de un tratamiento hecho de extractos
orgánicos de placenta que, según rezaba en el
texto publicitario, "la hará pertenecer a las
mujeres más admiradas"...
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Glamour a crédito
Carla Tofano
Compro y luego existo. A decir verdad, y
le duela a quien le duela, este es el parámetro moral más
sincero de la dinámica existencial moderna.
Como soy una consumista autoproclamada, quienes me conocen sospecharán
que se trata de otra de mis arbitrariedades seudofilosóficas.
Sin embargo, para nadie es un secreto que la gente que vive en Occidente
-en este siglo- reafirma su condición de ser humano real,
integrándose al esquema colectivo a través de la adquisición
de bienes materiales y placeres sensuales. Todos los gustos de la
vida, todas las funciones dinámicas del ciudadano promedio,
todas las operaciones comunes en pro de la supervivencia urbana,
todo lo que hacemos, cada día y en cualquier momento, tiene
que ver con la sencilla operación de sacar dinero del bolsillo
para pagar. El conocimiento, el bienestar, la seguridad y nuestro
derecho a pertenecer al mundo de los demás tiene un peso
específico y un precio concreto.
¿Alguna vez te has dado un masaje ayurvédico sin cancelar
antes de irte a casa el costo de la terapia? ¿No? Yo tampoco.
Obviamente las cosas no empiezan ni terminan en el intercambio comercial:
un buen masaje es ideal para combatir la falta de salud física
y mental de cualquier ser humano interesado en fortalecer su mesura
energética, pero este terapéutico servicio humanitario
se paga con tarjeta, efectivo o cheque. El intercambio simbólico
del caos mundano está mediado por el trueque monetario de
la economía organizada. Desde las franelas del Ché,
hasta los libros de anarquismo tienen un valor en dinero.
En mi opinión el dinero es el quinto elemento, la pócima
mágica, el túnel hacia el ideal, por ello, no cuento
con el don de saber atesorarlo gracias a la ejecución cotidiana
de estrategias administrativas. Si el dinero sólo es el medio
para el fin, ¿para qué conservarlo? Todo lo que me
gusta tiene etiqueta de precio: la música, la literatura,
la ropa, el teatro, la información, la comida... todo tiene
un valor simbólico (que no tiene precio), y un valor pragmático
que puede cancelarse con una tarjeta Master Card sin límite
de crédito. Por eso, aunque aprecio los beneficios de tener
liquidez económica real, creo que mucho mejor que el dinero
termina siendo el crédito: un horroroso invento que nos hace
sentir consumidores todopoderosos.
Cualquier ser humano consciente odia caer en la trampa de adquirir
satisfacción inmediata a cambio de deudas por pagar. Yo,
que no me jacto de ser demasiado consciente, adoro pagar con dinero
de plástico. Las tarjetas de crédito te hacen sentir
superior a tu restrictiva y circunstancial falta de liquidez. Pagar
con plástico es vivir engañosamente una realidad económica
virtual e intangible, una realidad consecuente con tus aspiraciones
y perfectamente diseñada para hacerte padecer el virus de
la prosperidad, ilimitada y sin restricciones. Lástima que
al cabo de los días, los intereses de tus impulsos de consumo
te hagan esclavo de tu falta de juicio.
Un par de veces me he visto ahogada por mis deudas. Sin embargo,
aunque a veces creo haber aprendido la lección, mi vida es
una descarada oda al sistema de crédito. Mi estilo de gastos
me revela como una mujer absolutamente sumisa a la vorágine
capitalista y como una chica muy débil frente a la tentación
de rodearme de símbolos materiales. Comprar es rico, es perfecto,
es justo y es necesario. Después de encajar a cabalidad con
el modelo de civilizada y estructurada rectitud ciudadana de una
mujer monógama, profesional y madre de familia, irme de tiendas
y demostrar que aún tengo sentido de riesgo, que mis gustos
no son tan esquemáticos como le he hecho creer a los mortales
que me rodean es un desahogo exquisitamente liberador.
No se trata de adquirir bienes a ciegas, no señor. Lo importante
es que si quiero una franela de camuflaje transparente pueda tenerla
y pueda lucirla sin recato, aunque luego en el supermercado me vea
divinamente fuera de contexto. Si me muero por descubrir el nuevo
sonido punk de The Libertines y no me consuela saber que en casa
tengo la antología de los Sex Pistols, es importante que
pueda gozarlo sin tener que esperar el momento financieramente perfecto
para realizar la adquisición. Gracias a la economía
a crédito, puedo desear y adquirir un brassier de
encajes rojo escarlata para admirar mi propia imagen frente al espejo
una noche cualquiera de aburrimiento. Una joya, un pantalón
de segunda mano, un viaje a Nueva York o al fin del mundo, un fabuloso
acondicionador para la hidratación de mi cabello, un libro
extravagante, todo puede ser mío o parte de mi vida, con
sólo decidirlo, aunque luego tenga que pagar con intereses
el desatino de mis impulsos de amor y deseo. Compro y luego existo
porque el glamour -rebelde y chic- también puede ser un privilegio
a crédito. l
tofano@hotmail.com
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