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Premonición sobrecogedora

Una astróloga encontró su futuro en las estrellas de un adinerado caballero.
Max Haines

Uno tendria que decir que la llegada de Mei Ling a este mundo fue cualquier cosa menos bienvenida por sus empobrecidos padres. En Singapur, a principios del siglo pasado, una niña era considerada más bien una carga. Cuatro seguidas era ya una maldición.

El padre de Mei Ling se sintió inclinado a romper con el ciclo de mala suerte. Tras cuidar de su cuarta niña durante un año, él y su buena esposa abandonaron a la bebé a la entrada de un templo cercano.

No sean muy duros con los padres. La práctica de abandonar a las hijas no deseadas estaba más o menos de moda en aquella época.

Además, los sacerdotes, conscientes de ello, se esforzaban por encontrar un buen hogar para los diversos vástagos abandonados en la entrada del templo.

En el caso de Mei Ling, evidentemente no hicieron un buen trabajo comprobando las referencias. La pequeña fue acogida por una mujer que regentaba una casa de mala reputación. Cuando Mei Ling cumplió los seis años, cosía, cocinaba, limpiaba y, en general, era un ama de casa eficiente. Cuando alcanzó la pubertad, la mujer no pudo dejar de observar que la delgaducha niña que había elegido en el templo había crecido hasta el punto que sus talentos podían ponerse al servicio de algo más productivo que el cuidado de la casa.

Mei Ling fue presentada como virgen, una y otra vez, a clientes acaudalados e influyentes. Su conocimiento en asuntos sexuales avanzaba vertiginosamente con la práctica.

Como algunas veces sucede en los prostíbulos, Mei Ling se enamoró de uno de los clientes cuando tan sólo tenía 18 años. El jovencito era marinero y también quedó subyugado por la chica. Finalmente, se casaron. El matrimonio, a pesar de su duro principio, fue sólido y duró 20 años, justo hasta que el marido de Mei Ling se cayó en el puerto de Swatow. Murió por golpes severos, dejando a su mujer y a su hijo, Arthur, desamparados.

Mei Ling, ahora una viuda de 38 años, se dio cuenta de que volver a la profesión de su juventud no era posible. ¿Qué podía hacer una viuda respetable? Mei Ling buscó algo con lo que ganarse la vida. Cuando era una adolescente en el prostíbulo, solía entretener a los hombres dedicándose a la adivinación. ¿Por qué no darle una oportunidad a la honorable vocación? Decidió, entonces, mezclar su arte con un toque de astrología. Además, decidió cobrar precios altos para así atraer a una clientela influyente.

Mei Ling absorbió todo lo que caía en sus manos con respecto a la astrología. Transformó un cuarto de su casa en el lugar donde elaboraría los horóscopos. Gradualmente, acumuló el suficiente dinero para mantenerse a sí misma y a su hijo adolescente.
En aquella época, en Singapur, raramente los hombres de negocios tomaban una decisión sin consultar a sus astrólogos. Los eventos deportivos, e incluso las intervenciones quirúrgicas, eran programados sólo durante los días favorables. Naturalmente, tal fe en los astrólogos condujo a muchas profecías cumplidas. Con el tiempo, a Mei Ling le fue muy bien. Hubiera continuado ininterrumpidamente de no haberse enamorado su hijo Arthur.

La niña de los ojos de Arthur era una compañera de estudios, que no resultó ser una jovencita típica. Era la hija de un industrial muy influyente, Swee Hong, quien se decía poseía una enorme fortuna. Cuando la joven pareja le dijo que tenía intenciones de casarse, se puso furioso y no podía tolerar tal sugerencia. De hecho, dijo a los amantes que si su hija insistía en tal tontería, la encerraría en su habitación con llave y candado.

Un día, entró en el establecimiento de Mei Ling el mismo Swee Hong en persona. El hombre no tenía idea alguna de la relación de la astróloga con el chico que había intentado convertirse en su yerno y heredero. Sin embargo, Mei Ling reconoció al paisano más rico de Singapur.

Mei Ling decidió actuar fríamente. También decidió preparar el asesinato del hombre que se interponía en la felicidad de su hijo.

El precio por la carta astral de Swee Hong fue de 300 dólares, lo que impresionó adecuadamente al hombre de negocios. Mei Ling le hizo las preguntas pertinentes, tales como la hora y la fecha del nacimiento. Y así siguió. Más tarde, preguntó cosas de tipo personal.

Poco a poco, Mei Ling consiguió bastante información de su nuevo cliente. Le prometió que tendría el horóscopo listo en diez días.

Mei Ling se puso a trabajar en la falsa carta astral de Swee Hong. A los diez días Swee Hong recibió la primera entrega de muchos horóscopos.

Mei Ling le explicó el horóscopo. Le llevaba a la octava casa, la de la muerte. Parecía ser que el cáncer se cobraría la vida del industrial. Naturalmente, Swee Hong se puso furioso. El hombre creía en la astrología y en Mei Ling. El le rogó que le diera detalles de su inminente final.

Mei Ling jugó perfectamente el juego. Gradualmente, informó a Swee Hong de la fecha de su enfermedad. Finalmente, después de múltiples peticiones, reveló la fecha de su muerte.

Swee Hong estaba extremadamente preocupado. Según se aproximaba la fecha de su propia muerte, consultó a varios doctores. No podía comer. No podía dormir. Se puso letárgico. Los doctores le anunciaron lo peor. Si no tomaba alimento alguno, se relajaba y volvía a hacer su vida normal, no se harían responsables de su salud.
Swee Hong se preparó para morir. En la misma semana que Mei Ling había predicho su muerte, falleció.

La muerte de Swee Hong fue investigada detalladamente por la policía. Existía la posibilidad de que la astróloga hubiera envenenado al industrial para allanar el camino de su primogénito para contraer matrimonio con su hija. Se llevó a cabo una autopsia, pero no se encontraron rastros de veneno en su cuerpo.

Mucha gente creyó que Mei Ling había asustado exitosamente a Swee Hong, hasta lograr matarle.

Si ella cometió el asesinato perfecto, también se las arregló para cosechar los frutos de su labor. Arthur Ling se casó con la hija de Swee Hong. Con el tiempo se hizo cargo del imperio financiero de su fallecido suegro. Mei Ling fue la receptora de la generosidad de su hijo. Se convirtió en una dama acaudalada por derecho propio y vivió hasta una avanzada edad.

Hoy, los nietos de Mei Ling son personas influyentes, adinerados ciudadanos de Singapur. Muchos de sus hijos han sido educados en Estados Unidos y Canadá. Mei Ling se sentiría muy orgullosa. l

Ilustraciones: David Márquez

 
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