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Boda de altura
Mirtha Rivero
Organizar una fiesta de matrimonio es una
tarea complicada. Requiere de organización y eficiencia para
no descuidar cualquier detalle que pudiera deslucir tan magno evento.
Exige también una buena dosis de serenidad, cosa que como
se sabe es difícil de conseguir porque toda boda que se precie
(hasta las obligadas) encierra emoción. Mucha emoción.
Celebrar un casamiento, entonces, no es
algo sencillo, sobre todo en la actual coyuntura nacional. Y es
mucho más difícil si quienes deciden matrimoniarse
rondan la edad mediana, como es el caso de mis amigos Coromoto y
Mario, quienes a sus 47 y 54 años -y después de una
relación de ocho años- dispusieron no sólo
presentarse ante un juez sino festejar el acto. Conmemorarlo.
Y es que contraer nupcias a los 47 es muy diferente a hacerlo cuando
se cuenta con 22 años.
En primer lugar, porque en un matrimonio entre jóvenes quienes
corren con los gastos de la fiesta son los padres de los novios
(o de la novia), pero cuando el enlace es entre viejos, son ellos
dos -los novios viejos o los viejos novios- quienes tienen que enfrentarse
con el saldo de la chequera. Y eso pega, pues por mucha emoción
que envuelva el acontecimiento, priva la reflexión y el razonamiento.
Ya no se tienen 20 años y toda una vida por delante para
aprender a ser juiciosos. A los 47 o a los 54, hay que tener juicio.
No es cuestión de contratar 20 mesoneros, una orquesta, un
Dj y una escuela de samba. Menos en medio de esta crisis.
En segundo lugar, cuando uno se casa a temprana edad, por más
que lo diga, por más que lo crea, por más enamorado
que esté, nunca sabe lo que le traerá la convivencia
y -de manera muy especial- la madurez. En cambio, cualquiera entiende
-es lógica elemental- que a los 50 años cuando alguien
dice "para toda la vida" (exceptuando a Elizabeth Taylor)
es para lo que queda. No hay vuelta de hoja.
Conscientes de todo eso -o a pesar de eso-, mis amigos decretaron
festejar su boda, dejando a un lado todo el enredo en el que están
viviendo por la construcción de una casa y por la delicada
situación política del país, que hace pensar
a más de uno que no es tiempo de saraos. Pasando por encima
de esas preocupaciones, Coromoto y Mario resolvieron fiesta, porque
como les dijo su amiga Judith "nadie nos puede quitar el derecho
a celebrar".
Por eso, para celebrar, quisieron reunirse con familiares y amigos.
Y fue en el preciso instante en que tomaron la decisión cuando
empezaron sus apuros. Por aquello de la emoción, la crisis
económica y por aquello de la sensatez de la edad adulta.
La angustia comenzó al definir el agasajo. ¿Será
algo íntimo, nada más con la familia? ¿Acaso
podría ampliarse a los amigos más cercanos? ¿Cómo
vamos a invitar a zutano y no a mengano? ¿Y dejar fuera a
perencejo? La ansiedad aumentó cuando escogieron los detalles
de la reunión. ¿Comida o sólo pasapalos? ¿Champaña
o vino espumante? ¿Whisky y vinos blanco y tinto o whisky
y vino blanco? ¿Sólo whisky? ¿Mesas y sillas
o nada más que sillas? Mesoneros, flores, ¿pastel
de bodas?.. ¡Uff! Las cuentas no daban, y aún faltaban
el pago al juez y la luna de miel -obligatoria-.
Para colmo, un abrupta estampida de precios amenazaba con paralizar
definitivamente las obras en la casa nueva (¿Cuánto
cemento se puede comprar con lo que cuesta una caja de whisky?).
La celebración parecía irse a pique hasta que un ángel
les abrió el entendimiento y Larissa les recomendó
a una estupenda chef.
Dispusieron un mesón con quesos, fiambres y bocadillos para
"picar" y no hicieron falta las mesas. Alquilaron unas
cuantas sillas y sólo contrataron a un mesonero para las
bebidas. Una hermana haría la torta y -como no hay lista
de regalos- los amigos llevarían cada uno una botella de
licor. Así fue como pudieron invitar a todos los que podían
-y un poquito más-, y hasta hubo viaje a una posada en la
playa. Una boda con todas las de la ley. De altura.
Al final, por cierto, cuando hacían la reservación
en el hospedaje, Mario, que buscaba una habitación especial
porque "somos dos viejos que se casan", casi se atragantó
con el comentario del gerente de la hostería: "¡Tenemos
descuentos para la tercera edad!".
A estas alturas, Coromoto se estará preguntando por los sacos
de cemento que hubiera podido comprar con la rebaja que le hubieran
dado en la posada. ¡Lástima, no tener unos añitos
más!
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