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Pongámonos en el siguiente caso.
Es, digamos, viernes, ya de tarde, y su adolescente le dice, al
rompe y sin previo aviso, mañana tengo que ir a la Quinta
Anauco para una tarea de Historia, a las doce del mediodía,
con Fulanita y Zutanita, y te tienes que quedar en la visita
guiada porque ninguna otra mamá podía y yo dije que
tú sí. ¿Usted qué responde (internamente,
honestamente)? Que qué fastidio. Primero porque sí.
Segundo porque se le había ocurrido cualquier otro plan para
un sábado al mediodía menos ese. Tercero porque usted
ya ha tenido que acompañar a su adolescente en años
anteriores a otras visitas guiadas en otros museos y, por lo tanto,
sabe por experiencia que más que un placer suelen parecerse
a una suerte de rally enloquecido por un bojote de salas viendo
un bojote de cosas de las cuales es imposible acordarse de nada
de tan apurado que fue el recorrido. Pero no tiene opción,
ya la ensartaron y ni modo. Como es obvio deducir, esto que acabo
de relatar me acaba de ocurrir y ahí estaba yo en la Quinta
Anauco, mi sábado a las doce del mediodía, dispuesta
a aburrirme responsablemente. Y resulta que aquí me tiene,
domingo en la mañana, todavía entusiasmadísima,
escribiendo esta columna con el firme propósito de convencerlo
a usted de que agarre su cartera y su carro y salga volado a gozar
un puyero con la visita guiada que le brindan por la módica
suma de dos mil bolívares en la preciosa Quinta de Anauco,
que es como se llama en realidad. ¿Por qué? Porque
lo pasé buenísimo, porque está bellísima
y muy bien conservada, porque la visita guiada es divertida y generosamente
documentada y porque uno sale de ahí con un orgullo patrio
sabrosito y perdurable. Le cuento. A mí y a mis tres adolescentes
con su sempiterna expresión de qué fastidio todo,
típica de su edad, nos tocó como guía un joven
extraordinario, llamado Romel Daniel, quien logró en un segundo
introducirnos en la época colonial y quitarnos la cara de
fastidio de una. Incluso a las adolescentes, lo juro. Sin prisa
alguna, dueño de la escena y de miles de datos curiosos y
fascinantes, nos fue llevando sala por sala, durante la hora y cuarenta
minutos que dura la visita, haciéndonos reír, sorprendernos
y aprender una pila de cosas sobre la vida cotidiana de la Colonia
que todos deberíamos saber para entender mejor porqué
somos como somos, como hablamos, como actuamos, de dónde
venimos y para dónde podemos ir ahora que sabemos lo que
él nos cuenta. Que además lo va contando sin disimulo
alguno del orgullo inmenso que él tiene de trabajar en un
lugar como ese, de que exista un lugar repleto de maravillas curiosas
e interesantes y valiosísimas como la Quinta de Anauco. No
sé si los demás guías son como él pero
no tengo porqué dudarlo porque nada allí parece producto
de la suerte o la improvisación, al contrario. Yo de verdad
lo pasé buenísimo y lo que es más raro aún,
las tres adolescentes que llevé también. Por eso se
los cuento, porque vaya si vale la pena, así sea para que
la próxima vez que usted esté sentado en una butaca
de un cine o un teatro, aquí o en cualquier ciudad del planeta,
sienta el sabroso orgullo de saber que eso, la butaca, fue inventada
nada menos que en Venezuela, producto de nuestro riquísimo
mestizaje y en una época en que las modas se adaptaban y
no se adoptaban como ahora. De verdad mis más sinceras felicitaciones
al equipo de la Quinta de Anauco y gracias, mil gracias. l
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